Daniel, Marion y Michael Sutter llegaron a Ashford Hollow al atardecer del día siguiente, cruzando el límite del pueblo sin ningún obstáculo esta vez, aunque Daniel no pudo evitar sostener la respiración durante los últimos minutos del trayecto, esperando en cualquier momento que el camino volviera a repetirse en un bucle interminable.
Encontró a Claire esperándolo en la puerta de la casa, y en cuanto lo abrazó, Daniel supo, por la forma en que ella se aferró a él más tiempo del habitual, que algo había pasado durante su ausencia.
—Cuéntame —dijo, en cuanto entraron, presentándole rápidamente a Michael, que observaba todo con una mezcla de curiosidad y nerviosismo evidente ante el peso creciente de la situación en la que se había metido.
Claire les contó lo del sueño, la voz que se había hecho pasar por Elias, el intento de aislarla para convencerla de repetir, en soledad, exactamente el mismo error que casi le cuesta la vida a Sam. Michael escuchó todo con los ojos cada vez más abiertos, cualquier resto de escepticismo que aún le quedara disolviéndose por completo ante el relato directo de una experiencia tan reciente.
—Entonces no tenemos mucho tiempo que perder —dijo el padre Coleman, que se había unido a la reunión apenas se enteró del regreso de Daniel—. Si ya está intentando tácticas nuevas, cada día que pasa sin actuar es un día más de ventaja para él.
Se reunieron todos esa misma noche en la casa de los Hale: Daniel, Claire, Emily, Noah, Margaret Bennett, Marion Marsh, el padre Coleman, y Michael Sutter, todavía adaptándose a la velocidad vertiginosa con la que su vida había cambiado en apenas dos días.
—Seis líneas —dijo el padre Coleman, contando en voz alta a cada uno de los presentes—. Hale, Corwin, Whitlock, Marsh, Bennett y Sutter. Nos falta solo la línea Ashford, y hasta donde hemos podido determinar, no queda ningún descendiente vivo.
—Entonces trabajamos con lo que tenemos —dijo Marion, con una determinación que sorprendió incluso a quienes ya la conocían—. Seis de siete no es perfecto, pero es mucho más de lo que este pueblo ha tenido disponible en generaciones. Si esperamos a la línea perfecta, vamos a esperar para siempre.
El padre Coleman sacó entonces un cuaderno propio, donde había estado recopilando, durante los últimos días, cada detalle que había logrado reconstruir del ritual original a partir de la copia que había hecho del fragmento de la Biblia de los Corwin antes de devolverla.
—El texto original habla de siete espejos, dispuestos en círculo, en el lugar exacto donde la entidad fue vista por primera vez: el arroyo que menciona el documento —explicó, señalando un mapa dibujado a mano del pueblo—. Ese arroyo todavía existe. Está a las afueras, cerca del límite del bosque, en terrenos que hoy pertenecen, curiosamente, a la propia familia Hale.
—¿Nuestra propiedad llega hasta ahí? —preguntó Daniel, sorprendido.
—Los terrenos de Elias se extendían mucho más de lo que la casa por sí sola sugiere —confirmó el padre Coleman—. No creo que sea casualidad que la última línea Hale en regresar al pueblo también sea dueña, sin saberlo hasta ahora, del lugar exacto donde todo empezó.
—Necesitamos siete espejos, entonces —dijo Emily—. Uno por cada familia, aunque solo tengamos seis representantes con vida.
—El séptimo puede ser simbólico —sugirió el padre Coleman—. Un espejo dispuesto en el lugar de los Ashford, sin nadie presente para sostenerlo con su propia sangre. No sé si eso debilitará el ritual, o si será suficiente para completar el círculo de todos modos. Es, lamentablemente, un territorio que nadie ha probado antes.
Se quedaron en silencio un momento, considerando el peso real de lo que estaban a punto de planear: un ritual antiguo, incompleto, basado en fragmentos de un documento centenario, contra una entidad que ya había demostrado ser capaz de adaptarse, de aprender, de atacar exactamente donde más dolía.
—¿Cuándo? —preguntó Claire, finalmente, rompiendo el silencio con la pregunta que todos, de una forma u otra, estaban evitando hacer en voz alta.
El padre Coleman consultó un pequeño calendario lunar que llevaba consigo, pasando el dedo por una serie de fechas marcadas con anotaciones en los márgenes.
—La luna nueva de este mes cae en cuatro días —dijo—. Según el documento, la entidad es más débil, más contenida, en la oscuridad total de la luna nueva, la misma condición bajo la que fue sellada por primera vez. Si vamos a intentarlo, ese sería el momento más favorable que tendremos en varias semanas.
—Cuatro días —repitió Daniel, sintiendo el peso completo de esa cifra asentarse sobre él—. Entonces tenemos cuatro días para prepararnos, para asegurarnos de que cada uno de nosotros sepa exactamente qué hacer, y para proteger a Sam de cualquier otro intento antes de esa fecha.
Nadie en la sala necesitó decir en voz alta lo que todos ya sabían: que esos cuatro días, lejos de ser un simple periodo de preparación tranquila, serían probablemente los más peligrosos que la familia Hale habría enfrentado desde su llegada a Ashford Hollow.
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Editado: 31.08.2026