Al día siguiente, con solo tres días restantes antes de la luna nueva, Daniel y el padre Coleman caminaron hasta el colmado para hablar con Walter Whitlock. De las seis líneas activas, era el único al que todavía no le habían pedido formalmente que participara en el ritual, y aunque Daniel no había logrado despejar del todo la desconfianza sembrada semanas atrás, no podían permitirse el lujo de excluir a nadie con la fecha límite tan cerca.
El colmado, por primera vez desde que habían llegado al pueblo, estaba cerrado en pleno día, con el cartel de "Abierto" volteado hacia el lado equivocado del cristal de la puerta, y las luces interiores apagadas.
—Es extraño —dijo el padre Coleman, probando la manija sin éxito—. Walter nunca cierra en horario comercial. Ni siquiera el día del funeral de su antiguo ayudante cerró más de una hora.
Rodearon el edificio hasta la entrada trasera, que usualmente Walter mantenía para recibir mercancía, y la encontraron entreabierta, meciéndose levemente con el viento. Daniel entró primero, llamando en voz alta, sin recibir respuesta.
El interior de la trastienda estaba oscuro, iluminado apenas por la luz que se filtraba desde la calle a través de las ventanas delanteras. Encontraron a Walter sentado en el suelo, en un rincón, con la espalda apoyada contra unas cajas de conservas, la mirada perdida en un punto indefinido de la pared frente a él.
—¿Walter? —dijo Daniel, acercándose con cautela—. ¿Está bien?
Walter levantó la vista despacio, y por un instante, antes de que su expresión se recompusiera en algo más parecido a la normalidad, Daniel creyó ver en sus ojos una especie de agotamiento tan profundo que resultaba casi doloroso de presenciar.
—Llevo sesenta y tres años en este pueblo, señor Hale —dijo, con la voz ronca, como si no hubiera hablado en horas—. Sesenta y tres años vigilando, esperando, guardando un secreto que nunca pedí cargar. Y anoche, por primera vez en mucho tiempo, soñé con ella. Con mi esposa. Antes de que todo esto pasara.
El padre Coleman se acercó despacio, arrodillándose junto a él con una cautela que sugería que ya había visto antes ese estado, o algo parecido.
—¿Qué te dijo, Walter?
—Me dijo que ya era suficiente —respondió Walter, con los ojos llenándose de lágrimas—. Que había cumplido con mi parte, que ya podía descansar. Que si destapaba el espejo de mi casa, solo esta vez, podría volver a verla de verdad, no solo en sueños. Que ella me estaba esperando del otro lado, no la entidad, sino ella, la verdadera Eleanor.
Daniel sintió que el estómago se le encogía, reconociendo de inmediato el mismo patrón que había estado a punto de destruir a Sam y, después, a Claire.
—Walter, eso no era su esposa —dijo, con firmeza, pero también con una compasión genuina que no pudo evitar sentir ante el dolor evidente del hombre frente a él—. Es la misma cosa que casi se lleva a mi hijo. Que casi convence a mi esposa de cometer el mismo error.
—Lo sé —dijo Walter, con un sollozo contenido que sonaba extraño viniendo de un hombre que Daniel siempre había conocido como una figura estoica, casi impenetrable—. Lo sé, y aun así, durante un momento esta mañana, estuve a punto de subir a esa habitación y hacerlo de todas formas. Sesenta y tres años de resistencia, y bastó una sola noche de debilidad para que casi todo se derrumbara.
El padre Coleman ayudó a Walter a ponerse de pie, sosteniéndolo del brazo con una firmeza fraternal.
—Por eso necesitamos que participes en el ritual —dijo Daniel—. No solo porque tu línea es una de las siete. Porque si logramos terminar con esto de una vez, tú también puedes finalmente dejar de cargar solo con este peso.
Walter se quedó en silencio un largo momento, secándose las lágrimas con el dorso de una mano temblorosa, antes de asentir despacio.
—Cuatro días, dijeron —murmuró—. No sé si voy a resistir cuatro noches más de sueños como el de anoche. Pero voy a intentarlo. Se lo debo a Eleanor. A la verdadera Eleanor, no a lo que sea que me habló anoche con su voz.
Salieron del colmado con Walter comprometido a participar, pero con una certeza nueva y aterradora instalándose en el pecho de Daniel durante todo el camino de vuelta: si un hombre que llevaba más de sesenta años resistiendo, con toda la experiencia y toda la disciplina acumulada, había estado a punto de ceder en una sola noche, ¿qué posibilidades reales tenían el resto de ellos, mucho más nuevos en esta guerra silenciosa, de resistir los tres días que todavía les quedaban por delante?
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Editado: 31.08.2026