No mires el espejo

Capitulo 32: La noche de Michael

Michael Sutter se había instalado en el pequeño cuarto de huéspedes de la casa parroquial, por sugerencia del padre Coleman, quien argumentó que estar bajo el mismo techo que la iglesia le ofrecería algo más de protección que cualquier motel de carretera fuera del pueblo. Durante los dos días siguientes a su llegada, Michael había ayudado en todo lo que había podido —revisando junto a Emily y Noah los fragmentos de la Biblia de los Corwin, escuchando con atención creciente cada detalle que el padre Coleman podía ofrecerle sobre el ritual—, aunque cualquiera podía notar el peso de la decisión que había tomado reflejado en las ojeras que se le acumulaban bajo los ojos cada mañana.
La noche antes del último día de preparativos, con solo dos jornadas restantes hasta la luna nueva, Michael despertó de golpe, empapado en sudor, con la certeza inmediata de que algo en la habitación no estaba bien.
Un espejo de mano, pequeño, con marco de plata deslucida, descansaba sobre la mesita de noche junto a su cama.
Él no lo había puesto ahí.
—¿Hola? —dijo, con la voz todavía pastosa por el sueño, sentándose despacio en la cama, sin apartar la vista del objeto.
Michael, respondió una voz que parecía brotar del espejo mismo, suave, casi maternal. Llevo generaciones esperando a que un Sutter regrese a este pueblo. Tu bisabuela nunca dejó de pensar en ti, ¿sabes? Incluso después de todo lo que pasó, incluso después de que la separaran de su verdadera familia.
Michael sintió un frío que le recorrió toda la columna, pero, recordando cada palabra de advertencia que Daniel y Marion le habían repetido durante el viaje de vuelta desde Millbrook, se obligó a mantener la calma.
—No eres mi bisabuela —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro—. Sé exactamente qué eres.
¿Lo sabes?, respondió la voz, con un tono que Michael no supo interpretar del todo, entre la burla y una tristeza fingida. Entonces sabes también que no tienes que participar en ese ritual absurdo que están planeando. Seis familias incompletas, un plan improvisado basado en fragmentos de un documento que ni siquiera pueden leer del todo. Van a fracasar, Michael. Y cuando fracasen, la única persona que realmente va a pagar el precio completo eres tú, el más nuevo, el más prescindible de todo este grupo.
—Entonces por qué te molestas en intentar convencerme de que me vaya —respondió Michael, sorprendiéndose a sí mismo con la claridad de su propio razonamiento en medio del miedo—. Si de verdad no importo, si de verdad van a fracasar sin mí, no necesitarías estar aquí, hablándome en medio de la noche.
Un silencio pesado siguió a esas palabras, y por un instante, Michael creyó haber ganado algo, haber encontrado una grieta en el discurso cuidadosamente construido de la entidad.
Entonces la voz cambió, perdiendo toda la calidez fingida, volviéndose fría, directa, casi impaciente.
Está bien, dijo. Si no quieres irte por las buenas, entonces vas a quedarte, Michael. Pero no como tú.
El espejo de mano se movió solo sobre la mesita de noche, girando lentamente hasta enfrentar directamente el rostro de Michael, y este sintió, con una claridad aterradora, que algo lo empujaba a mirar directamente hacia el cristal, una fuerza invisible presionándole la nuca hacia adelante.
—¡PADRE COLEMAN! —gritó, con toda la fuerza que le quedaba, cerrando los ojos con fuerza en el último instante antes de que su rostro pudiera reflejarse por completo en la superficie.
La puerta se abrió de golpe segundos después. El padre Coleman entró corriendo, seguido de cerca por Daniel, que había insistido en quedarse esa noche en la casa parroquial "por si acaso", una decisión que en ese momento resultó providencial. El sacerdote no dudó ni un segundo: tomó una manta doblada que descansaba sobre una silla cercana y la arrojó directamente sobre el espejo de mano, cubriéndolo por completo, mientras Daniel sujetaba a Michael por los hombros, apartándolo físicamente de la mesita de noche.
El cuarto quedó en un silencio absoluto, roto solo por la respiración agitada de los tres hombres.
—Estoy bien —dijo Michael, temblando visiblemente, con la voz quebrada—. Creo que estoy bien. No llegué a mirarlo directamente.
—¿Cómo llegó ese espejo a tu habitación? —preguntó el padre Coleman, con una urgencia que no lograba ocultar del todo el propio miedo que sentía.
Ninguno de los tres tenía una respuesta clara, y esa falta de respuesta, esa prueba innegable de que la entidad había encontrado la forma de introducir un objeto físico dentro de los muros de la propia casa parroquial —el lugar que se suponía debía ser el más seguro de todo el pueblo—, resultó, para los tres, mucho más aterradora que cualquier otro ataque que hubieran enfrentado hasta ese momento.
Quedaban dos días para la luna nueva. Y por primera vez desde que habían empezado a planear el ritual, ninguno de ellos estaba completamente seguro de que llegarían con vida, todos ellos, hasta esa fecha.




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