El frío de aquella mañana parecía haberse colado directamente en los huesos de Alejandra.
No era un frío real.
Era esa sensación extraña que aparecía cuando despertaba y recordaba que debía enfrentarse a otro día.
Otro día de sonrisas fingidas.
Otro día de conversaciones vacías.
Otro día intentando convencerse de que ya estaba mejor.
Se levantó de la cama sin entusiasmo.
El despertador había sonado tres veces antes de que encontrara fuerzas para apagarlo.
La luz gris que entraba por la ventana hacía que su habitación pareciera más pequeña de lo normal.
Observó el techo durante unos segundos.
Después otros más.
Y otros.
Hasta que finalmente se obligó a levantarse.
Llegó a la academia veinte minutos más tarde de lo habitual.
Nadie pareció notarlo.
O al menos eso creyó ella.
Laura sí lo notó.
David también.
Incluso Santiago.
Aunque ninguno dijo nada.
Las clases comenzaron con normalidad.
Alejandra tomó apuntes mecánicamente.
Las palabras de los profesores entraban por un oído y salían por el otro.
Su mente estaba lejos.
Muy lejos.
Desde hacía semanas sentía que caminaba dentro de una niebla.
Como si estuviera presente físicamente, pero ausente en todo lo demás.
Durante el descanso, Laura se acercó.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Mentira.
—Te ves cansada.
—Estoy bien.
Otra mentira.
Laura la observó unos segundos.
Demasiados segundos.
Alejandra conocía esa mirada.
Era la misma que usan las personas cuando saben que algo anda mal pero no saben cómo ayudar.
—Si necesitas hablar...
—Lo sé.
Laura sonrió.
Pero no parecía convencida.
Cuando se alejó, Alejandra sintió una punzada de culpa.
Estaba cansada de preocupar a las personas que quería.
Cansada de convertirse en un problema.
Cansada de sí misma.
David la observó desde el otro extremo del pasillo.
No era la primera vez.
Ni la segunda.
Ni siquiera la décima.
Había empezado a notar pequeños detalles.
Detalles que otros ignoraban.
La forma en que se quedaba mirando la nada.
La manera en que jugaba con las mangas de su saco cuando estaba nerviosa.
Cómo empujaba la comida de un lado a otro sin realmente comer.
Cómo sus sonrisas duraban menos que antes.
Y eso le preocupaba.
Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Tomó aire.
Luego caminó hasta ella.
—¿Hoy sí desayunaste?
Alejandra soltó una risa suave.
—¿Ahora eres inspector nutricional?
—Alguien tiene que serlo.
—Qué sacrificio tan noble.
—Lo sé.
Ella sonrió.
Y durante un segundo volvió a parecer la Alejandra de antes.
Pero solo durante un segundo.
Porque después la tristeza regresó.
Como una sombra.
David la vio regresar.
Y algo dentro de él se tensó.
Desde el salón contiguo, Santiago levantó la vista.
No pretendía mirar.
Se lo repetía constantemente.
No debía hacerlo.
No tenía sentido.
Pero aun así sus ojos terminaban buscándola.
Y allí estaba otra vez.
Sentada junto a David.
Escuchándolo.
Sonriendo.
No era una gran sonrisa.
Pero era una sonrisa.
Una que hacía mucho tiempo no le dedicaba a él.
Una sensación incómoda atravesó su pecho.
Algo parecido al arrepentimiento.
Algo parecido a los celos.
Algo parecido al miedo.
Sacudió la cabeza.
No.
No era ninguna de esas cosas.
Tenía novia.
Tenía una vida.
Tenía responsabilidades.
Alejandra era simplemente una estudiante.
Nada más.
Nada menos.
Entonces...
¿Por qué no podía dejar de observar?
Los días comenzaron a repetirse.
Y con cada semana que pasaba, Alejandra parecía apagarse un poco más.
Llegaba tarde.
Participaba menos.
Hablaba menos.
Reía menos.
Existía menos.
Era como si poco a poco estuviera desapareciendo delante de todos.
Y nadie supiera cómo detenerlo.
Una tarde especialmente agotadora, decidió quedarse sola en un salón vacío antes de regresar a casa.
Sacó su cuaderno.
Aquel cuaderno que nadie conocía.
El lugar donde guardaba todo aquello que no podía decir.
Pasó las páginas lentamente.
Pensamientos.
Miedos.
Recuerdos.
Palabras rotas.
Y comenzó a escribir.
"No sé cuándo empezó.
No sé en qué momento me cansé tanto.
A veces siento que estoy caminando mientras una parte de mí se quedó atrás.
Como si algo hubiera muerto y nadie se hubiera dado cuenta.
Ni siquiera yo."
Escribió durante varios minutos.
Hasta que escuchó voces acercándose.
Guardó rápidamente sus cosas.
Tomó su bolso.
Y salió apresurada.
Tan apresurada que no notó lo que había quedado sobre la silla.
El cuaderno.
David entró al salón unos minutos después.
Buscaba un cargador que había olvidado.
El lugar estaba vacío.
Silencioso.
Hasta que algo llamó su atención.
Un cuaderno.
Frunció el ceño.
Lo reconoció inmediatamente.
Era de Alejandra.
Lo tomó entre sus manos.
No tenía intención de abrirlo.
Jamás haría algo así.
Sabía respetar los límites.
Miró la portada.
Simple.
Gastada.
Pero había algo escrito con tinta negra.
Una frase.
Pequeña.
Casi invisible.
David se acercó a la ventana para leer mejor.
Y entonces la vio.
"Hay dolores que no hacen ruido."
El aire pareció quedarse inmóvil.
Por alguna razón, aquella frase le provocó un escalofrío.
Uno difícil de explicar.
Porque no sonaba como una reflexión.
Sonaba como una confesión.
Una confesión desesperada.