No Sabes Todo Lo Que Te Dije En Silencio

Lo que escuchó detrás de la puerta

David sostuvo el cuaderno durante varios minutos antes de encontrar a Alejandra.

La encontró sentada en las escaleras exteriores de la academia, observando el cielo gris que amenazaba lluvia.

Parecía tranquila.

Pero David ya había aprendido que la tranquilidad de Alejandra muchas veces era solo una máscara.

—¿Buscabas esto?

Alejandra levantó la mirada.

Al ver el cuaderno entre sus manos, abrió los ojos de golpe.

—¡Dios mío!

Se puso de pie inmediatamente.

—Pensé que lo había guardado.

—Lo olvidaste en el salón.

Alejandra tomó el cuaderno con rapidez.

Demasiada rapidez.

Como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo.

—Gracias.

David asintió.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Ella evitaba mirarlo directamente.

Él evitaba preguntar.

Hasta que finalmente habló.

—No lo abrí.

Alejandra levantó la cabeza.

David sonrió apenas.

—Solo vi la frase de la portada.

Por un instante ella sintió calor subirle al rostro.

No por vergüenza.

Por vulnerabilidad.

Porque aquella frase no era una frase bonita.

Era una verdad.

Una de muchas.

—A veces escribo cosas cuando no puedo dormir.

—Eso está bien.

—No siempre son cosas bonitas.

—Las cosas más importantes rara vez lo son.

Alejandra lo observó.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió ganas de contarle algo.

No todo.

Solo un poco.

Pero el miedo apareció primero.

Como siempre.

—Deberíamos entrar.

David entendió la señal.

No insistió.

Nunca insistía.

Y quizás era precisamente por eso que ella comenzaba a sentirse cómoda a su lado.

Los días siguientes trajeron consigo una calma extraña.

Una calma incómoda.

Como la que aparece antes de una tormenta.

Alejandra seguía intentando mantenerse ocupada.

Clases.

Trabajos.

Exámenes.

Cualquier cosa que mantuviera su mente lejos de ciertos pensamientos.

Pero Santiago seguía apareciendo.

No físicamente.

Mentalmente.

Como un fantasma.

A veces bastaba escuchar una canción.

O ver una chaqueta parecida.

O recordar una frase.

Y todo regresaba.

La tristeza.

La nostalgia.

La rabia.

La sensación de haber sido insignificante.

Aquella mañana intentó concentrarse en una actividad grupal.

Pero fue imposible.

Porque escuchó algo.

Algo que llamó su atención.

Dos voces.

Una de ellas le resultó familiar.

Demasiado familiar.

Santiago.

Las voces provenían del corredor administrativo.

Una zona donde rara vez pasaban estudiantes.

No estaba intentando escuchar.

De verdad no.

Pero cuando reconoció aquella voz, sus pasos se detuvieron.

Sin querer.

Sin pensar.

Simplemente ocurrió.

—Ya no sé cuánto más pueda seguir así.

El corazón de Alejandra dio un salto.

Era Santiago.

No cabía duda.

Otra voz respondió.

Era un profesor.

—Entonces debes tomar una decisión.

Hubo silencio.

Un silencio pesado.

Incómodo.

Después Santiago volvió a hablar.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es.

—He intentado hacer lo correcto.

—Lo sé.

—Pero cada vez es más complicado.

Alejandra sintió cómo la respiración se le aceleraba.

Su mente comenzó a construir escenarios por sí sola.

Pensó en la novia de Santiago.

Pensó en discusiones.

Pensó en rupturas.

Pensó en sentimientos.

Pensó demasiado.

Porque cuando el corazón está herido, suele completar las historias con aquello que desea escuchar.

Intentó acercarse un poco más.

Pero en ese momento una puerta se abrió.

Las voces se detuvieron.

Alejandra reaccionó rápido y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, las palabras ya habían quedado atrapadas dentro de ella.

"Cada vez es más complicado."

¿Qué significaba eso?

¿De quién estaban hablando?

¿Por qué sonaba tan agotado?

Durante el resto del día no pudo dejar de pensar en ello.

Mientras tanto, Santiago tampoco estaba teniendo un buen día.

Se sentía cansado.

Demasiado cansado.

Había noches en las que apenas dormía.

Noches en las que el peso de ciertas responsabilidades parecía aplastarlo.

Y aunque intentaba mantener la misma imagen tranquila de siempre, cada vez le costaba más.

Entró al salón con expresión seria.

Comenzó la clase.

Explicó ejercicios.

Respondió preguntas.

Hizo todo lo que debía hacer.

Pero algo llamó su atención.

Alejandra.

Estaba distraída.

Más de lo habitual.

La sorprendió varias veces observándolo.

Y cada vez que él levantaba la vista, ella apartaba la mirada rápidamente.

Una reacción que conocía demasiado bien.

Y que ahora, extrañamente, comenzaba a desaparecer.

Porque ya no lo miraba con admiración.

Lo miraba con preguntas.

Con dudas.

Con distancia.

Y aquello le provocó una sensación incómoda.

Como si algo estuviera cambiando.

Como si una puerta estuviera cerrándose lentamente.

Laura también comenzó a notar cambios.

No en Alejandra.

En David.

Cada vez parecía más pendiente de ella.

Más atento.

Más presente.

Y aunque intentaba convencerse de que estaba exagerando, una parte de ella sabía que no era así.

Lo veía en los pequeños detalles.

La forma en que David buscaba a Alejandra al llegar.

Cómo le guardaba puesto cuando el salón estaba lleno.

Cómo recordaba cosas que ella decía casualmente.

Cómo parecía notar su tristeza incluso cuando nadie más lo hacía.

Y eso dolía.

Dolía más de lo que quería admitir.

Esa tarde, mientras organizaban unas actividades, Laura observó a David acercarse a Alejandra con una botella de agua.



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En el texto hay: amor, miradas, emociones

Editado: 18.06.2026

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