Los rumores eran extraños.
Alejandra siempre había pensado que se parecían al humo.
Nadie sabía exactamente dónde comenzaban.
Pero una vez aparecían, terminaban colándose por todas partes.
Aquella semana la academia parecía vivir de rumores.
En los pasillos.
En las escaleras.
En la cafetería.
En los descansos.
En cada rincón.
Y todos tenían el mismo protagonista.
Santiago.
—Dicen que terminó con la novia.
—No, todavía siguen juntos.
—Yo escuché que ella lo dejó.
—Pues yo escuché que él se va de la academia.
—¿Y si las dos cosas son verdad?
Las versiones cambiaban cada hora.
Pero siempre terminaban llegando a los mismos oídos.
Los de Alejandra.
Ella fingía no prestar atención.
Seguía caminando.
Seguía estudiando.
Seguía participando.
O al menos intentaba hacerlo.
Pero era mentira.
Las palabras se quedaban atrapadas dentro de su cabeza.
Como pequeñas piedras.
Y cada nueva versión agregaba una más.
Laura comenzó a notarlo.
Una tarde estaban sentadas juntas revisando apuntes cuando Alejandra se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Con la mirada perdida.
—¿Ale?
No respondió.
—Alejandra.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Te estoy hablando hace dos minutos.
—Perdón.
Laura cerró el cuaderno.
—Estás pensando en él otra vez.
El silencio fue suficiente respuesta.
Alejandra bajó la mirada.
—No quiero hacerlo.
—Pero lo haces.
—Sí.
—¿Por los rumores?
Alejandra tardó unos segundos en responder.
—No sé.
Laura sí lo sabía.
Era por los rumores.
Por la conversación detrás de la puerta.
Por los recuerdos.
Por las heridas.
Por todo.
Y también sabía algo más.
Aquello podía convertirse en una recaída.
Una emocional.
Una de las peores.
Porque Alejandra había avanzado.
Poco.
Pero había avanzado.
Y ahora parecía estar caminando hacia atrás.
David también comenzó a notarlo.
La diferencia era que él observaba detalles distintos.
Alejandra volvió a llegar tarde dos veces esa semana.
Volvió a saltarse el almuerzo.
Volvió a quedarse mirando el vacío.
Volvió a escribir compulsivamente en su cuaderno.
Y volvió a desaparecer durante los descansos.
Eso le preocupó.
Mucho.
Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Aquella tarde la encontró sola en una de las terrazas.
Sentada en el suelo.
Con las piernas recogidas.
Mirando la ciudad.
Se acercó sin hacer ruido.
—¿Puedo sentarme?
Ella asintió.
David tomó asiento junto a ella.
Durante varios minutos ninguno habló.
La ciudad parecía moverse muy lejos de ellos.
Como si perteneciera a otro mundo.
—Te estás aislando otra vez.
Alejandra soltó una pequeña risa.
Sin humor.
—¿Tan evidente es?
—Para mí sí.
Ella suspiró.
—A veces siento que doy dos pasos adelante y tres atrás.
David guardó silencio.
Porque entendía esa sensación.
Quizás no por las mismas razones.
Pero la entendía.
—No tienes que cargar todo sola.
—Es más fácil así.
—No lo parece.
La respuesta la golpeó más de lo que esperaba.
Porque tenía razón.
No era más fácil.
Solo era lo que estaba acostumbrada a hacer.
Mientras tanto, Santiago intentaba ignorar el caos que se estaba formando.
Los rumores habían llegado incluso a él.
Escuchaba fragmentos.
Comentarios.
Susurros.
Miradas.
Y cada vez sentía más cansancio.
Porque ninguna de esas historias era verdad.
Ni una sola.
Pero tampoco podía aclararlas.
No todavía.
No sin explicar cosas que prefería mantener en privado.
Aquella tarde terminó una llamada telefónica y cerró los ojos.
El agotamiento era visible.
Se masajeó el puente de la nariz.
Intentando recuperar la calma.
Entonces escuchó unos pasos.
Levantó la vista.
Alejandra acababa de doblar el pasillo.
Sus miradas se encontraron apenas un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Porque Santiago notó algo.
Algo que no había visto antes.
Distancia.
Ya no era tristeza.
Ya no era ilusión.
Era distancia.
Y por alguna razón aquello le provocó una sensación desagradable.
Como si estuviera perdiendo algo.
Aunque no tenía derecho a reclamarlo.
Esa misma noche ocurrió algo inesperado.
Algo pequeño.
Pero suficiente para cambiar el rumbo de los siguientes días.
Alejandra había olvidado unos documentos en el salón principal.
Regresó sola a buscarlos.
La academia estaba casi vacía.
Las luces de algunos corredores ya estaban apagadas.
El edificio parecía diferente cuando no estaba lleno de estudiantes.
Más silencioso.
Más frío.
Más extraño.
Encontró sus documentos rápidamente.
Estaba a punto de marcharse cuando escuchó una voz.
Una voz conocida.
Santiago.
Instintivamente se detuvo.
No podía verlo.
La puerta de una oficina estaba cerrada.
Pero podía escucharlo.
—Los resultados no fueron buenos.
Alejandra sintió un escalofrío.
Hubo una pausa.
Después la misma voz continuó.
Más baja.
Más cansada.
—Lo sé.
—Lo entiendo.
—Solo necesito un poco más de tiempo.
Silencio.
Un silencio largo.
Demasiado largo.
Después escuchó algo que hizo que el corazón se le acelerara.
—No quiero perderlo.
La llamada terminó.
Alejandra se quedó inmóvil.
Confundida.
¿Por quién estaba preocupado?
¿De quién hablaba?
¿Su novia?
¿Su trabajo?
¿Alguien de su familia?