Había lugares que parecían pertenecerle a ciertas personas.
No porque nadie más pudiera ocuparlos.
Sino porque, de alguna manera, terminaban impregnados de su presencia.
Para Alejandra, aquel salón vacío del tercer piso era uno de esos lugares.
Llegaba temprano casi todos los días.
Mucho antes que la mayoría de los estudiantes.
Le gustaba el silencio de la mañana.
Le gustaba sentarse en el suelo junto a la ventana.
Ponerse los audífonos.
Ver alguna serie.
Escuchar música.
O simplemente observar cómo la ciudad despertaba poco a poco.
Era uno de los pocos momentos en los que podía respirar.
Sin expectativas.
Sin preguntas.
Sin recuerdos persiguiéndola.
O al menos eso intentaba.
Aquella mañana llegó incluso más temprano que de costumbre.
Había dormido poco.
Otra vez.
Las sombras bajo sus ojos comenzaban a ser difíciles de ocultar.
Subió las escaleras lentamente.
Giró por el pasillo.
Y entonces se detuvo.
Alguien ya estaba allí.
Sentado exactamente en el lugar donde ella siempre se sentaba.
David.
Alejandra parpadeó varias veces.
Confundida.
David levantó la vista de un libro.
—Oh.
—Oh.
Los dos soltaron una pequeña risa.
—Creo que te robé el puesto.
—Creo que sí.
David cerró el libro.
—Puedo moverme.
—No, está bien.
—¿Segura?
—Sí.
Ella terminó sentándose a su lado.
No demasiado cerca.
Pero tampoco demasiado lejos.
Y durante unos segundos volvieron a quedarse en silencio.
Un silencio cómodo.
Curiosamente cómodo.
La luz de la mañana entraba por las ventanas.
El edificio seguía casi vacío.
Y por primera vez en mucho tiempo, Alejandra sintió que no necesitaba fingir nada.
—¿Siempre llegas tan temprano?
preguntó David.
—Casi siempre.
—¿Por qué?
Alejandra miró por la ventana.
Pensó la respuesta.
—Porque aquí nadie espera nada de mí.
David permaneció en silencio.
Aquella frase parecía más pesada de lo que ella había pretendido.
—¿Y tú?
preguntó ella.
—¿Por qué llegaste tan temprano?
David sonrió.
—No podía dormir.
—¿Problemas existenciales?
—Problemas con una serie.
—¿Una serie?
—Terminé una temporada y ahora no sé qué hacer con mi vida.
Alejandra soltó una carcajada.
Una de verdad.
David sonrió al escucharla.
Y algo dentro de él se relajó.
Porque llevaba días intentando verla reír así.
Sin éxito.
La conversación continuó.
Lentamente.
Sin presiones.
Sin grandes revelaciones.
Al principio hablaron de cosas simples.
Series.
Películas.
Música.
Profesores extraños.
Compañeros peculiares.
Anécdotas absurdas.
Pero después, casi sin darse cuenta, comenzaron a hablar de ellos.
De verdad.
—¿Qué querías ser cuando eras niña?
preguntó David.
Alejandra sonrió.
—Como siete cosas diferentes.
—Eso no cuenta.
—Veterinaria.
—¿Te gustan mucho los animales?
—Demasiado.
—¿Y qué pasó?
Ella se encogió de hombros.
—La vida.
—Respuesta muy deprimente.
—Es una respuesta realista.
—Sigo prefiriendo culpar a la vida.
Volvió a reír.
Y David descubrió que le gustaba escucharla reír.
Mucho.
Más de lo normal.
Mucho más.
Después fue el turno de David.
Y allí ocurrió algo que sorprendió a Alejandra.
Porque por primera vez comenzó a conocer al verdadero David.
No al chico tranquilo.
No al compañero amable.
No al observador silencioso.
Al verdadero.
Le contó sobre algunos sueños que había abandonado.
Sobre decisiones que había tomado por necesidad.
Sobre momentos difíciles de su familia.
Sobre inseguridades que nadie imaginaba que tuviera.
Y cuanto más hablaba, más se derrumbaba la imagen perfecta que Alejandra había construido de él.
Porque descubrió algo importante.
David también estaba roto.
Solo que había aprendido a esconderlo mejor.
Las semanas anteriores habían estado llenas de preguntas.
Preguntas sobre Santiago.
Preguntas sobre los rumores.
Preguntas sobre el pasado.
Pero aquella mañana ocurrió algo extraño.
Por primera vez en mucho tiempo, Alejandra dejó de pensar en Santiago durante varias horas seguidas.
Y ni siquiera se dio cuenta.
Hasta que David mencionó algo.
—Te ves más tranquila hoy.
Ella parpadeó.
—¿Sí?
—Sí.
—No me había dado cuenta.
—Yo sí.
Aquellas palabras provocaron una sensación extraña dentro de ella.
Porque significaban que alguien estaba prestando atención.
Demasiada atención.
Y eso daba miedo.
Mucho miedo.
Porque cuando alguien comienza a conocerte de verdad...
También puede lastimarte de verdad.
Laura llegó unos minutos después.
Y se encontró con una escena que le hizo sentir un nudo en el estómago.
Alejandra y David estaban riéndose.
No de algo extraordinario.
No de algo romántico.
Simplemente estaban riéndose.
Cómodos.
Cercanos.
Naturales.
Como si llevaran años haciéndolo.
Laura sintió que algo se encogía dentro de ella.
Una parte de sí misma que llevaba tiempo intentando ignorar.
Sonrió.
Porque era lo correcto.
Pero la sonrisa no alcanzó sus ojos.
—Buenos días.
—¡Laura!
Alejandra se levantó inmediatamente para abrazarla.
Y durante unos segundos Laura se sintió culpable.
Porque Alejandra no tenía idea.
No tenía idea del conflicto que se estaba librando dentro de ella.
Ni de las lágrimas que había derramado.
Ni de las veces que había deseado que fuera ella quien estuviera sentada junto a David.