No Sabes Todo Lo Que Te Dije En Silencio

Las fotografías

Hay personas que hablan mucho y dicen poco.

Y hay otras que hablan poco, pero dejan rastros de sí mismas en todas partes.

David pertenecía al segundo grupo.

Alejandra lo descubrió una tarde cualquiera.

O al menos eso creyó al principio.

Porque algunas tardes parecen normales hasta que algo sucede y terminan cambiándolo todo.

Aquella había comenzado como cualquier otra.

Clases.

Ejercicios.

Correcciones.

Conversaciones cortas.

Nada fuera de lo común.

El cielo amenazaba lluvia otra vez.

Bogotá parecía empeñada en vivir bajo nubes eternas.

Durante el descanso, Alejandra encontró a David revisando algo en su teléfono.

Se veía frustrado.

—¿Qué pasó?

David levantó la vista.

—Creo que perdí una carpeta.

—¿Importante?

—Mucho.

—¿Trabajo?

—Peor.

—¿Peor que trabajo?

—Fotos.

Alejandra sonrió.

—Dramático.

—No entiendes.

—Explícame.

David guardó el celular.

—Las fotografías son recuerdos que no se repiten.

La respuesta sorprendió a Alejandra.

—Eso sonó profundo.

—Porque lo es.

—O porque eres raro.

—También.

Ella soltó una carcajada.

Y David sintió una pequeña victoria personal.

Últimamente cualquier sonrisa suya parecía un tesoro.

Los días siguientes transcurrieron con relativa normalidad.

Hasta que ocurrió algo inesperado.

Una tarde, mientras la mayoría de estudiantes ya se había marchado, David recibió una llamada urgente.

Tuvo que salir apresuradamente.

Tan rápido que olvidó una memoria USB conectada en uno de los computadores de la academia.

Alejandra fue quien la encontró.

La reconoció porque tenía una pequeña etiqueta con su nombre.

"David".

Nada más.

Estuvo a punto de guardarla para devolvérsela después.

Pero entonces recordó algo.

David le había dicho que estaba buscando fotografías perdidas.

Quizás aquello tenía relación.

Quizás podría ayudarlo.

Sin pensarlo demasiado, conectó la memoria al computador.

Solo quería verificar que funcionara.

Nada más.

Pero cuando la carpeta principal apareció en pantalla, se quedó inmóvil.

Había cientos.

Literalmente cientos de fotografías.

Ordenadas por fechas.

Por lugares.

Por categorías.

Paisajes.

Calles.

Atardeceres.

Perros.

Personas.

Momentos cotidianos.

Todo cuidadosamente organizado.

Alejandra abrió una carpeta al azar.

Y se quedó sin palabras.

Las imágenes eran hermosas.

No porque mostraran lugares extraordinarios.

Sino porque parecían capturar emociones.

Pequeños instantes que normalmente pasaban desapercibidos.

Una señora alimentando palomas.

Un niño riéndose mientras corría bajo la lluvia.

Un anciano leyendo en un parque.

Una pareja bailando durante una fiesta de barrio.

Era como si David tuviera una habilidad especial para encontrar belleza donde los demás no miraban.

Alejandra siguió explorando.

Cada fotografía parecía contar una historia.

Y entonces encontró una carpeta diferente.

Una que no tenía nombre.

Solo una fecha.

Por curiosidad la abrió.

Y sintió que el corazón se detenía.

Porque allí estaba ella.

No era una fotografía reciente.

Ni tampoco una fotografía planeada.

Era una imagen tomada desde lejos.

Alejandra estaba sentada sola en un corredor de la academia.

Mirando su celular.

Completamente ajena a la cámara.

Abrió otra.

Y volvió a verla.

En la biblioteca.

Leyendo.

Abrió otra.

Y otra.

Y otra.

Su respiración comenzó a acelerarse.

No eran muchas.

Quizás diez.

Quizás doce.

Entre cientos de otras fotografías.

Pero estaban allí.

Ella estaba allí.

Y de pronto una pregunta apareció en su mente.

¿Desde cuándo?

El sonido de una puerta abriéndose la sobresaltó.

David había regresado.

—¡Por fin te encuentro!

Alejandra cerró la carpeta de golpe.

Demasiado tarde.

Porque David ya había visto la pantalla.

Y también había visto la expresión en su rostro.

El silencio cayó entre ambos.

Pesado.

Incómodo.

Difícil.

David comprendió inmediatamente lo que había ocurrido.

Y por primera vez desde que ella lo conocía, pareció nervioso.

Realmente nervioso.

—Puedo explicarlo.

Alejandra no respondió.

No estaba molesta.

Estaba confundida.

Muy confundida.

David tomó aire.

—No es lo que parece.

—¿Y qué parece?

La pregunta salió más dura de lo que pretendía.

David bajó la mirada unos segundos.

Como si estuviera buscando las palabras correctas.

—Parece que te estaba observando.

—¿Y no lo estabas haciendo?

—No de la forma que estás pensando.

Alejandra permaneció en silencio.

Esperando.

David suspiró.

—Tú no eres la única persona que aparece en esas carpetas.

—Lo sé.

—Hay cientos de fotografías.

—Lo sé.

—Muchas personas ni siquiera saben que existen.

—David...

—Déjame terminar.

Algo en su voz hizo que ella se quedara callada.

—Empecé a tomar fotografías hace años.

Cuando las cosas estaban mal en mi casa.

Me ayudaba a concentrarme en algo diferente.

En encontrar cosas bonitas.

Momentos bonitos.

Personas reales.

Historias reales.

Alejandra lo escuchó atentamente.

—No tomo fotografías porque alguien me guste.

Las tomo porque algo me llama la atención.

Una emoción.

Una expresión.

Un momento.

Hizo una pausa.

—Y tú aparecías mucho.

Alejandra sintió un pequeño vuelco en el pecho.

—¿Por qué?

David tardó unos segundos en responder.



#5958 en Otros
#1437 en Relatos cortos
#11910 en Novela romántica

En el texto hay: amor, miradas, emociones

Editado: 24.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.