No Sabes Todo Lo Que Te Dije En Silencio

Demasiado tarde

Hay pérdidas que ocurren antes de que alguien se vaya.

Pérdidas silenciosas.

Imperceptibles.

Tan lentas que nadie las nota hasta que ya han sucedido.

Santiago comenzó a entender eso una mañana cualquiera.

Y lo odiaba.

Porque no sabía exactamente cuándo había empezado.

Ni por qué le afectaba tanto.

Solo sabía que algo era diferente.

Muy diferente.

La clase había comenzado como cualquier otra.

Los estudiantes conversaban.

Algunos revisaban sus apuntes.

Otros intentaban terminar tareas de última hora.

El ruido habitual.

La rutina habitual.

La vida habitual.

Pero Santiago notó algo.

O mejor dicho...

Notó una ausencia.

Alejandra estaba allí.

Sentada en su lugar.

Tomando notas.

Participando cuando era necesario.

Haciendo todo lo que se suponía que debía hacer.

Y sin embargo...

Parecía estar en otro mundo.

Antes era diferente.

Antes siempre encontraba alguna excusa para quedarse unos segundos más después de clase.

Antes levantaba la mirada cuando él hablaba.

Antes parecía escuchar cada palabra.

Antes...

Antes.

Aquella palabra comenzó a perseguirlo.

Porque ahora ella apenas lo miraba.

Y cuando lo hacía, era por educación.

No por interés.

No por admiración.

No por nada especial.

Solo educación.

Y por alguna razón eso le provocó una sensación extraña.

Una sensación difícil de ignorar.

Intentó convencerse de que no importaba.

Porque no debía importar.

Era ridículo.

Absolutamente ridículo.

Tenía asuntos mucho más importantes de los cuales preocuparse.

Mucho más importantes.

Sin embargo...

Durante toda la mañana terminó buscándola con la mirada.

Una vez.

Dos veces.

Cinco veces.

Demasiadas.

Y cada vez ocurría lo mismo.

Alejandra estaba hablando con Laura.

O con David.

O revisando algo en su celular.

Pero nunca parecía prestarle atención a él.

Y aquello comenzó a irritarlo.

Aunque no entendía por qué.

Más tarde, durante un descanso, observó algo que terminó de incomodarlo.

David y Alejandra estaban sentados juntos.

Otra vez.

Hablaban en voz baja.

Compartían alguna broma privada.

Y ella sonreía.

Una sonrisa tranquila.

Natural.

Una sonrisa que Santiago no veía desde hacía meses.

La escena apenas duró unos segundos.

Pero bastó.

Porque una pregunta apareció en su mente.

Una pregunta que intentó expulsar inmediatamente.

¿Por qué con él sí?

Apretó la mandíbula.

Molesto consigo mismo.

Aquello no tenía sentido.

Ninguno.

Esa misma tarde recibió una llamada.

Y toda aquella incomodidad quedó relegada a un segundo plano.

Porque había problemas más importantes.

Mucho más importantes.

Al otro lado de la línea, la voz de su madre sonaba agotada.

Más agotada que de costumbre.

Santiago cerró los ojos.

Escuchó.

Respondió.

Intentó tranquilizarla.

Pero cuando la llamada terminó, el peso regresó.

Más fuerte.

Más pesado.

Más cruel.

Se quedó varios minutos mirando la pantalla apagada del teléfono.

Sintiendo cómo el mundo parecía estrecharse a su alrededor.

Había días en los que sentía que apenas podía respirar.

Días en los que las responsabilidades parecían multiplicarse.

Días en los que fingir normalidad se volvía casi imposible.

Y aquel era uno de ellos.

Cuando regresó a la academia, el edificio estaba casi vacío.

Las clases habían terminado.

La mayoría ya se había marchado.

Santiago caminó por uno de los pasillos intentando despejar la mente.

Y entonces la vio.

Alejandra.

Estaba sentada en una banca exterior.

Sola.

Escribiendo en su cuaderno.

El mismo cuaderno que siempre parecía acompañarla.

Por un instante consideró acercarse.

Preguntarle cómo estaba.

Hablar.

Decir algo.

Lo que fuera.

Pero se detuvo.

Porque no sabía qué decir.

Y porque una parte de él tenía miedo.

Miedo de descubrir que ya no había nada que decir.

Desde donde estaba podía verla claramente.

La forma en que movía el bolígrafo.

La concentración en su rostro.

La pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando pensaba demasiado.

Detalles insignificantes.

Detalles que no debería conocer.

Y aun así conocía.

Porque había pasado meses observándola sin darse cuenta.

Meses acostumbrándose a su presencia.

Meses encontrando cierto consuelo en verla allí.

Y solo ahora comenzaba a comprenderlo.

—¿Qué haces aquí solo?

La voz de otro profesor lo sacó de sus pensamientos.

Santiago se sobresaltó.

—Nada.

—Tienes cara de estar resolviendo los misterios del universo.

—Ojalá fuera eso.

El hombre soltó una risa.

—Necesitas descansar.

—Lo sé.

—En serio.

Te ves agotado.

Santiago sonrió débilmente.

Porque tenía razón.

Estaba agotado.

Y no solo físicamente.

Aquella noche la lluvia golpeó las ventanas de su apartamento durante horas.

Santiago permaneció despierto.

Sentado junto a la ventana.

Observando las luces lejanas de la ciudad.

Pensando.

Demasiado.

Siempre demasiado.

Pensó en los problemas que lo perseguían.

Pensó en las decisiones que debía tomar.

Pensó en el futuro.

Pensó en su familia.

Pensó en tantas cosas que terminó sintiendo dolor de cabeza.

Y entre todos aquellos pensamientos apareció un rostro inesperado.

Alejandra.

Otra vez.

Santiago soltó una exhalación frustrada.

¿Por qué?

¿Por qué seguía apareciendo?

¿Por qué seguía importándole?



#5958 en Otros
#1437 en Relatos cortos
#11910 en Novela romántica

En el texto hay: amor, miradas, emociones

Editado: 24.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.