CAPÍTULO 16
La noche de la lluvia
La tormenta comenzó poco después del mediodía.
Al principio fueron apenas unas gotas golpeando las ventanas de la academia.
Nada fuera de lo normal.
Nadie les prestó demasiada atención.
Pero conforme avanzaron las horas, el cielo comenzó a oscurecerse de una forma inquietante.
Las nubes parecían tragarse la ciudad.
El viento aumentó.
Los relámpagos comenzaron a iluminar el horizonte.
Y para cuando terminó la última clase, la lluvia caía con una fuerza brutal.
Las calles empezaban a inundarse.
Los estudiantes se agrupaban cerca de las ventanas observando el espectáculo.
Algunos reían.
Otros grababan videos.
Otros llamaban a sus familias.
Pero para Alejandra, aquella tormenta parecía un reflejo perfecto de lo que llevaba meses sintiendo por dentro.
Caos.
Ruido.
Oscuridad.
Laura intentaba actuar con normalidad.
Pero desde la discusión de días atrás, algo había cambiado entre ellas.
Seguían siendo amigas.
Seguían hablándose.
Seguían intentando reparar la grieta.
Sin embargo, ambas sabían que algunas heridas tardaban en sanar.
David también parecía más callado.
Había notado la tensión.
Y aunque quería ayudar, no sabía cómo hacerlo sin empeorar las cosas.
Santiago, por su parte, permanecía distante.
Observando la lluvia desde uno de los corredores.
Con la mente atrapada en problemas que nadie conocía.
Las horas pasaron.
La tormenta empeoró.
Varios estudiantes comenzaron a marcharse.
Otros decidieron esperar.
La academia fue quedando cada vez más vacía.
Más silenciosa.
Más extraña.
Como si el edificio entero estuviera conteniendo la respiración.
Alejandra se alejó.
Nadie lo notó al principio.
Porque parecía algo normal.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Necesitaba escapar unos minutos del ruido.
Así que simplemente caminó.
Pasillo tras pasillo.
Escalera tras escalera.
Sin rumbo.
Sin destino.
Hasta llegar a la terraza superior del edificio.
El viento golpeó su rostro inmediatamente.
La lluvia empapó su ropa en cuestión de segundos.
Pero no le importó.
Nada le importaba en ese momento.
Se acercó al borde protegido por una baranda metálica.
Y observó la ciudad.
Las luces.
Los carros.
La lluvia.
Todo parecía tan lejano.
Tan pequeño.
Tan ajeno.
Y entonces algo dentro de ella terminó de romperse.
Primero fue una lágrima.
Después otra.
Y otra.
Hasta que ya no pudo contener nada.
Meses de dolor.
Meses de agotamiento.
Meses fingiendo estar bien.
Meses intentando ser fuerte.
Todo salió de golpe.
Se dejó caer al suelo.
Empapada.
Temblando.
Llorando como no lloraba desde hacía mucho tiempo.
Porque estaba cansada.
Tan cansada.
Cansada de extrañar.
Cansada de perder.
Cansada de decepcionarse.
Cansada de fingir.
Cansada de luchar.
Mientras tanto, abajo, Laura fue la primera en darse cuenta.
—¿Dónde está Alejandra?
David levantó la cabeza.
—¿No estaba contigo?
—No.
Ambos intercambiaron una mirada.
Y algo dentro de ellos se tensó.
Porque ya habían visto ese patrón antes.
El aislamiento.
La desaparición.
El silencio.
—Tal vez fue al baño.
dijo alguien.
Pero Laura negó inmediatamente.
—No.
Algo no está bien.
David sintió un escalofrío.
Y sin pensarlo comenzó a buscar.
Salón por salón.
Pasillo por pasillo.
Escalera por escalera.
Nada.
Absolutamente nada.
Los minutos comenzaron a pasar.
Cinco.
Diez.
Quince.
Y la preocupación empezó a transformarse en miedo.
Laura ya estaba llorando.
David intentaba mantener la calma.
Pero el pánico comenzaba a aparecer.
Incluso Santiago terminó involucrándose cuando escuchó la situación.
—¿Qué pasó?
—No encontramos a Alejandra.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Desde cuándo?
—Hace rato.
Y por primera vez una sensación horrible atravesó su pecho.
La búsqueda continuó.
Hasta que David recordó algo.
La terraza.
A veces había visto a Alejandra subir allí cuando necesitaba estar sola.
Sin decir una palabra salió corriendo.
Laura detrás.
Y después Santiago.
La lluvia seguía cayendo con violencia.
El viento golpeaba las puertas metálicas.
Las escaleras estaban resbalosas.
Todo parecía sacado de una pesadilla.
Cuando finalmente llegaron arriba...
La encontraron.
Alejandra estaba sentada en el suelo.
Empapada.
Abrazando sus propias piernas.
Llorando.
Completamente destruida.
Laura soltó un sollozo.
—Alejandra...
Aquella voz hizo que ella levantara la cabeza.
Y al verlos allí, algo terminó de derrumbarse.
Porque llevaba demasiado tiempo intentando sostenerse sola.
Demasiado tiempo fingiendo.
Demasiado tiempo ocultando el dolor.
—Estoy cansada...
susurró.
Laura corrió hacia ella inmediatamente.
La abrazó con fuerza.
Tan fuerte como pudo.
Y entonces Alejandra comenzó a llorar todavía más.
—Estoy cansada...
repitió.
—Lo sé.
—No...
No lo sabes...
Laura sintió que el corazón se rompía.
—Estoy cansada de perder personas.
Estoy cansada de sentir que nunca soy suficiente.
Estoy cansada de que todo duela.
Estoy cansada de intentar ser fuerte.
Estoy cansada...
Estoy muy cansada...
La lluvia ocultaba algunas lágrimas.
Pero no todas.