La tormenta había terminado.
Pero nadie salió ileso de aquella noche.
Había cosas que permanecían incluso cuando la lluvia desaparecía.
Miradas.
Palabras.
Recuerdos.
Verdades.
Y la imagen de Alejandra llorando bajo la lluvia seguía persiguiendo a todos.
Especialmente a David.
Durante los días siguientes, Alejandra pareció más tranquila.
No feliz.
No completamente recuperada.
Pero distinta.
Como si aquella noche hubiera abierto una grieta en el muro que llevaba meses construyendo alrededor de sí misma.
Ya no fingía tanto.
Ya no respondía automáticamente que estaba bien.
Ya no intentaba cargarlo todo sola.
Laura permanecía cerca.
Más cerca que nunca.
Las dos estaban intentando sanar la herida que se había abierto entre ellas.
No era fácil.
Todavía existían momentos incómodos.
Todavía existían silencios.
Pero había algo más fuerte que todo eso.
El cariño.
Los años compartidos.
La decisión de no perderse mutuamente.
David también estaba más presente.
Sin embargo, algo había cambiado dentro de él.
Porque aquella noche había visto algo que no podía olvidar.
Había visto el verdadero nivel de sufrimiento de Alejandra.
Y desde entonces comenzó a observar otras cosas.
Detalles.
Pequeños detalles.
Como la forma en que Santiago la miraba.
Al principio pensó que estaba imaginándolo.
Quizás estaba exagerando.
Quizás estaba buscando patrones donde no existían.
Pero los días pasaban.
Y seguía ocurriendo.
Santiago observaba a Alejandra.
A veces apenas unos segundos.
A veces más tiempo del que debería.
No era una mirada romántica.
Ni siquiera parecía consciente de que lo hacía.
Pero estaba allí.
Y David comenzó a preguntarse por qué.
Aquella pregunta se hizo más fuerte una tarde.
La academia estaba casi vacía.
Algunos estudiantes habían terminado actividades adicionales.
Otros ya se habían marchado.
Alejandra y Laura estaban organizando unos materiales en otro salón.
David salió a buscar unas copias.
Y al regresar vio algo.
Santiago estaba observando a través de una ventana.
Mirando exactamente hacia donde estaba Alejandra.
La observó durante varios segundos.
Con una expresión extraña.
Difícil de descifrar.
Una mezcla de preocupación.
Confusión.
Y algo más.
Algo que David no lograba identificar.
Pero que le desagradó inmediatamente.
Santiago finalmente desvió la mirada.
Y fue entonces cuando notó que David estaba allí.
Los dos se quedaron inmóviles.
Durante unos segundos.
Ninguno habló.
—¿Necesitas algo?
preguntó Santiago finalmente.
—No.
—Entonces deberías volver a clase.
David no se movió.
—Tengo una pregunta.
Santiago frunció ligeramente el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre Alejandra.
Aquello lo tomó por sorpresa.
Y se notó.
Solo un instante.
Pero David lo vio.
—¿Qué pasa con ella?
preguntó Santiago.
—Eso mismo quisiera saber.
El silencio se volvió incómodo.
Muy incómodo.
David jamás había sido una persona impulsiva.
Pero aquella conversación llevaba días creciendo dentro de él.
Días.
Quizás semanas.
Y después de la noche de la lluvia ya no podía ignorarla.
Porque había visto demasiado.
Había escuchado demasiado.
Y algo no encajaba.
—La observas mucho.
La frase cayó como una piedra.
Directa.
Sin rodeos.
Sin filtros.
Santiago lo miró fijamente.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
La mandíbula de Santiago se tensó.
—Creo que estás cruzando un límite.
dijo finalmente.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Porque estoy diciendo la verdad?
—Porque estás interpretando cosas que no entiendes.
—Entonces explícamelas.
Silencio.
Aquello comenzó a molestar a Santiago.
No porque David estuviera siendo irrespetuoso.
Sino porque estaba haciendo preguntas para las que él mismo no tenía respuestas.
Y eso era peor.
Mucho peor.
—Alejandra es importante para muchos aquí.
dijo finalmente.
—No respondas algo que no pregunté.
—David.
—No.
Ahora me toca a mí.
La firmeza de su voz sorprendió incluso a Santiago.
Porque ya no hablaba como un estudiante.
Hablaba como alguien protegiendo a una persona que le importaba.
—La viste destruirse bajo la lluvia.
La has visto apagarse durante meses.
La ves todos los días.
Y aun así sigues observándola como si hubiera algo que quisieras decir.
Los ojos de Santiago se endurecieron.
—No sabes nada de mí.
—Tal vez.
Pero sí sé algo de ella.
Aquello golpeó más fuerte de lo esperado.
David dio un paso adelante.
—Sé cuánto sufrió.
Sé cuánto le costó levantarse.
Sé lo que escondía detrás de cada sonrisa.
Sé cuánto tiempo pasó creyendo que no era suficiente.
Y también sé que muchas de esas heridas tienen que ver contigo.
El silencio fue brutal.
Absoluto.
Pesado.
Por primera vez, Santiago no encontró una respuesta inmediata.
Porque una parte de él sabía que había algo de verdad en aquellas palabras.
Aunque jamás hubiera querido lastimarla.
Aunque nunca hubiera sido su intención.
El dolor existía.
Y eso era imposible de negar.
—Nunca quise hacerle daño.
dijo finalmente.
David sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Y por primera vez en toda la conversación no hubo hostilidad en su voz.
Solo honestidad.
—Eso es lo peor.
Porque ella tampoco quiso sentirse así.
Aquellas palabras golpearon directamente donde más dolía.