Hay conversaciones que cambian una vida.
No porque contengan grandes declaraciones.
Ni porque ocurran momentos extraordinarios.
Sino porque son honestas.
Brutalmente honestas.
Y la honestidad tiene una forma extraña de derribar muros que parecían imposibles de atravesar.
Después de aquella tarde en la banca, algo quedó suspendido entre Alejandra y Santiago.
No era cercanía.
No era amistad.
Ni siquiera confianza.
Era una especie de reconocimiento silencioso.
Como si ambos hubieran descubierto que detrás de todas las etiquetas existía algo más simple.
Dos personas cansadas.
Dos personas heridas.
Dos personas intentando seguir adelante.
Pasaron varios días sin que ocurriera nada.
Hasta una tarde gris de miércoles.
La academia estaba casi vacía.
Las clases habían terminado temprano.
Y una lluvia suave golpeaba las ventanas.
No una tormenta como aquella noche.
Solo una lluvia tranquila.
Melancólica.
Alejandra estaba sentada sola en uno de los salones vacíos.
Su lugar favorito.
El lugar donde tantas veces había visto series en silencio.
Donde había llorado.
Donde había escrito.
Donde había intentado reconstruirse.
Tenía su cuaderno abierto sobre las piernas.
Pero no estaba escribiendo.
Solo observaba la lluvia.
Pensando.
Como siempre.
La puerta se abrió.
Y al levantar la vista lo vio.
Santiago.
Por un segundo ambos parecieron sorprendidos.
Como si ninguno hubiera esperado encontrar al otro allí.
—Perdón.
dijo él.
—No sabía que había alguien.
—No pasa nada.
respondió Alejandra.
Santiago asintió.
Parecía dispuesto a marcharse.
Pero entonces observó la lluvia.
Miró el salón vacío.
Y después volvió a mirarla.
—¿Te molesta si me quedo un momento?
preguntó.
Alejandra sintió un pequeño sobresalto.
Pero negó con la cabeza.
—No.
Y así fue como comenzó.
Santiago se sentó cerca de la ventana.
No demasiado cerca de ella.
Pero tampoco demasiado lejos.
Durante varios minutos ninguno habló.
Solo escucharon la lluvia.
El sonido de las gotas golpeando el vidrio.
El murmullo distante de la ciudad.
Y curiosamente no fue incómodo.
—Siempre vienes aquí.
dijo Santiago finalmente.
Alejandra sonrió levemente.
—¿Lo había notado?
—Más de lo que debería.
La respuesta escapó antes de que pudiera detenerla.
Y ambos se quedaron en silencio unos segundos.
—Me gusta este lugar.
terminó explicando ella.
—Aquí puedo pensar.
—Eso puede ser peligroso.
—¿Pensar?
—Pensar demasiado.
La corrección hizo que Alejandra soltara una pequeña risa.
—Sí.
Creo que tengo experiencia en eso.
—Yo también.
Aquella fue la primera vez que sintió que estaban teniendo una conversación real.
No una conversación superficial.
No una conversación obligada.
Una conversación de verdad.
La lluvia continuó cayendo.
Y poco a poco las palabras comenzaron a aparecer.
Hablaron de cosas simples al principio.
De la academia.
De películas.
De música.
De la vida.
Pero entonces llegó el silencio.
Ese tipo de silencio que anuncia algo importante.
Fue Santiago quien habló primero.
—Mi papá está enfermo.
La frase salió tan de repente que Alejandra tardó unos segundos en reaccionar.
—Lo sé.
susurró.
Y al darse cuenta de lo que había dicho abrió los ojos.
—Perdón.
Yo...
Escuché una llamada.
No fue intencional.
Santiago bajó la mirada.
Sorprendentemente no parecía molesto.
Solo cansado.
—Está bien.
Durante unos segundos observó la lluvia.
Como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Hace casi un año tuvo un accidente cerebrovascular.
Alejandra sintió que el corazón se encogía.
—Desde entonces nada ha sido igual.
La voz le tembló.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
—Hay días buenos.
Días donde parece mejorar.
Y después...
Hay días donde vuelve a empeorar.
Hizo una pausa.
—Los médicos ya no prometen nada.
El silencio se volvió pesado.
—Y lo peor...
continuó.
—Es ver a mi mamá intentando ser fuerte todo el tiempo.
Porque sé que también está rota.
Pero sigue adelante.
Por él.
Por nosotros.
Alejandra sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.
Porque reconocía ese tipo de dolor.
El dolor de ver sufrir a alguien que amas.
Y no poder hacer nada.
—Debe ser muy difícil.
susurró.
Santiago soltó una risa amarga.
—Hay días donde siento que estoy fallando en todo.
Como hijo.
Como profesional.
Como persona.
Aquella confesión pareció arrancada directamente de su pecho.
—Y después llego aquí.
Y tengo que actuar como si todo estuviera bien.
Por primera vez desde que lo conocía, Santiago parecía completamente vulnerable.
Sin máscaras.
Sin distancia.
Sin barreras.
Y aquello resultaba dolorosamente humano.
—Lo siento mucho.
dijo Alejandra.
Santiago asintió.
Pero entonces la observó.
Directamente.
—¿Y tú?
preguntó.
Alejandra se quedó inmóvil.
—¿Yo qué?
—¿Qué era lo que te estaba destruyendo?
El corazón le dio un vuelco.
Porque aquella pregunta llegó exactamente al lugar correcto.
O al lugar equivocado.
Dependiendo de cómo se mirara.
Durante unos segundos consideró esquivarla.
Cambiar de tema.
Sonreír.
Mentir.
Como siempre.
Pero estaba cansada.
Muy cansada.
Y por alguna razón sentía que podía decir la verdad.