No Sabes Todo Lo Que Te Dije En Silencio

El miedo de David

David nunca había sido una persona celosa.

Al menos eso era lo que siempre había creído.

Era de esos hombres que preferían observar antes que actuar.

Escuchar antes que hablar.

Pensar antes que reaccionar.

Por eso mismo, lo que estaba sintiendo comenzaba a asustarlo.

Porque no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.

Y porque no le gustaba la persona en la que se estaba convirtiendo.

Todo había comenzado aquella tarde.

La tarde en que vio a Alejandra y Santiago hablando en aquel salón vacío.

No escuchó toda la conversación.

Ni siquiera escuchó la mitad.

Pero vio suficiente.

Vio la forma en que Alejandra lloraba.

Vio la forma en que Santiago la observaba.

Vio algo que no había visto antes.

Una conexión.

Una comprensión.

Una vulnerabilidad compartida.

Y aquello se había quedado clavado en algún lugar de su pecho.

Como una espina.

Pequeña.

Pero imposible de ignorar.

Durante los días siguientes intentó convencerse de que estaba exagerando.

Intentó actuar normal.

Intentó seguir siendo el mismo.

Pero cada vez que veía a Santiago cerca de Alejandra sentía algo desagradable.

Una presión incómoda.

Una especie de alarma silenciosa.

Y eso lo enfurecía.

Porque no tenía derecho a sentirse así.

Alejandra no era su novia.

No le pertenecía.

No le había prometido nada.

Ni siquiera sabía exactamente qué sentía por él.

Entonces...

¿Por qué le dolía?

La pregunta lo perseguía constantemente.

Y cuanto más intentaba ignorarla, más fuerte se hacía.

Una tarde, durante una actividad grupal, la academia estaba particularmente llena.

Había estudiantes entrando y saliendo de distintos salones.

Risas.

Conversaciones.

Movimiento por todas partes.

Alejandra estaba ayudando a organizar unos materiales cuando una caja pesada resbaló de una mesa.

Todo ocurrió muy rápido.

Ella intentó sostenerla.

Pero perdió el equilibrio.

Y antes de que pudiera caer, una mano sujetó firmemente su brazo.

Santiago.

El movimiento fue instintivo.

Natural.

Ni siquiera pareció pensarlo.

Simplemente reaccionó.

Alejandra sintió el tirón.

La cercanía inesperada.

Su corazón se aceleró por el susto.

Durante un segundo quedaron demasiado cerca.

Lo suficiente para que ambos se quedaran inmóviles.

Lo suficiente para que el mundo pareciera ralentizarse.

—¿Estás bien?

preguntó Santiago.

La voz sonó baja.

Preocupada.

Real.

—Sí.

Creo que sí.

respondió ella.

Pero su respiración todavía estaba alterada.

Santiago tardó un instante más de lo necesario en soltarle el brazo.

Un instante apenas perceptible.

Excepto para alguien que los observaba.

David.

Desde el otro extremo del salón.

Sintió cómo algo se tensaba violentamente dentro de él.

No por el contacto.

No por la cercanía.

Sino por la expresión que había visto en el rostro de Santiago.

Porque era una expresión que reconocía perfectamente.

Preocupación.

Miedo.

Cariño.

Y aquello era mucho más peligroso.

El resto de la tarde transcurrió como si nada hubiera pasado.

Pero para David sí había pasado algo.

Y mucho.

Aquella noche no logró concentrarse en absolutamente nada.

Intentó editar fotografías.

No funcionó.

Intentó ver una película.

Tampoco.

Intentó dormir.

Peor.

Su mente seguía regresando a la misma escena.

Una y otra vez.

Y cuanto más pensaba, más comprendía algo que no quería admitir.

Tenía miedo.

Miedo de perder a Alejandra.

Miedo de llegar tarde.

Miedo de descubrir que otra persona ya ocupaba un lugar que él apenas estaba comenzando a construir.

Y por primera vez desde que la conocía decidió dejar de esperar.

A la mañana siguiente llegó temprano.

Más temprano de lo habitual.

Llevaba algo en las manos.

Una pequeña caja envuelta en papel café.

Nada lujoso.

Nada exagerado.

Simple.

Muy él.

Alejandra llegó unos minutos después.

Todavía llevaba el cabello ligeramente húmedo por la lluvia de la mañana.

Y cuando lo vio sentado esperándola, sonrió.

Esa sonrisa.

La misma que llevaba semanas desarmándolo.

—¿Y eso?

preguntó señalando la caja.

David se levantó.

Parecía nervioso.

Extrañamente nervioso.

—Es para ti.

Alejandra parpadeó.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería hacerlo.

Ella tomó la caja con cuidado.

Y al abrirla sintió que el corazón se ablandaba.

Dentro había un cuaderno.

Pero no cualquier cuaderno.

La portada estaba decorada con una fotografía de un amanecer.

Tomada por él.

Debajo había una pequeña frase.

"Para las historias que todavía no existen."

Alejandra se quedó inmóvil.

Aquello era absurdamente hermoso.

Y personal.

Demasiado personal.

—David...

La emoción se reflejó inmediatamente en sus ojos.

—No tenías que hacerlo.

—Lo sé.

Pero quería.

Por primera vez fue él quien desvió la mirada.

Como si le costara sostener aquel momento.

Y aquello hizo que Alejandra sonriera todavía más.

—Gracias.

De verdad.

David sintió que podía respirar otra vez.

Hasta que una voz interrumpió la escena.

—Buenos días.

Santiago acababa de entrar.

Y aunque el saludo iba dirigido a todos, los tres sintieron inmediatamente la tensión.

Una tensión nueva.

Incómoda.

Invisible.

Pero muy real.

Alejandra fue la única que no pareció notarlo del todo.

Porque estaba observando el cuaderno.

Pasando los dedos sobre la portada.



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En el texto hay: amor, miradas, emociones

Editado: 24.06.2026

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