Aine, una mujer de veinticinco años, era decidida, temperamental y luchadora. Poseía una voluntad de hierro, pero también un corazón capaz de amar con una intensidad desbordante.
Un día, su mirada se cruzó con la de Lionel.
Él era un hombre de aspecto imponente, educado, varonil y caballeroso. Bastó ese instante para que ambos supieran que algo especial había nacido entre ellos. Desde entonces, descubrieron que estaban hechos el uno para el otro.
Su noviazgo era la envidia de muchos. Lionel era atento y romántico, jamás la descuidaba, siempre encontraba la forma de sorprenderla y hacerla sentir única. Tras varios meses de amor, decidieron mudarse juntos. Aine aceptó sin dudarlo; lo amaba y su corazón le aseguraba que él era el indicado.
Cinco años de relación los unían.
Cinco años de felicidad… o eso creía ella.
Como era habitual, Lionel partió a uno de sus viajes de negocios. Al día siguiente, una amiga de Aine llegó suplicándole que la acompañara a un evento de la empresa donde ambas trabajaban. Después de tanta insistencia, terminó aceptando.
Antes de salir, llamó al hombre que la hacía suspirar, al amor de su vida. Al enterarse de la salida de su novia, Lionel no objetó; solo le dedicó un dulce:
—Diviértete, amor.
Lo que Aine jamás imaginó fue encontrarlo en aquel evento.
Mucho menos estaba preparada para lo que estaba a punto de descubrir.
Lionel guardaba un secreto.
Uno capaz de separarlos para siempre y de transformar a esa dulce mujer en una leona herida y despiadada.
Desde joven, Lionel había contraído matrimonio con una mujer a la que nunca amó. Llevaba quince años compartiendo su vida con ella y, aunque intentó enamorarse, jamás lo logró.
Fue durante uno de sus viajes cuando conoció a Aine. No necesitó palabras; una sola mirada y un gesto bastaron para que su corazón quedara cautivado. Así comenzó un romance del que no pudo escapar.
Al cumplir un año juntos, pensó confesar la verdad, pero el miedo a perderla lo paralizó. El tiempo pasó y su amor por ella no hizo más que crecer.
Cinco años habían transcurrido.
Años de los que no se arrepentía.
Soñaba con obtener su libertad y vivir plenamente con la mujer que amaba.
Pero su esposa no estaba dispuesta a perderlo… y haría todo lo necesario para retenerlo.
—Aine, espera… déjame explicarte —la voz de Lionel la obligó a detenerse. Ella se giró lentamente.
—¿Y qué vas a explicarme? —preguntó con la voz rota—. ¿Que me mantuviste viviendo una mentira? ¿Que jugaste con mis sentimientos? ¿O vienes a decirme que soy la otra?
Lo miró a los ojos mientras su corazón se rompía en mil pedazos.
—Pues no, Lionel Corney —sentenció con firmeza—. NO SERÉ LA OTRA.