Familia Disfuncional
AINE
—Buenos días, Aine. Levántate, tu padre pregunta por ti —dice la mujer que me ha cuidado desde que tengo memoria.
Me cubro el rostro cuando la luz se cuela por las cortinas.
—Nana, por favor dile que me siento mal —murmuro, intentando evitar el desayuno familiar. Sé que insistirá.
—Sé que no estás enferma. Toma una ducha y ven a desayunar conmigo.
Asomo el rostro al escuchar la voz del hombre que me engendró… al menos eso creo, porque si realmente lo fuera no me obligaría a hacer cosas que no quiero.
—Tengo una migraña terrible, padre —me excuso.
—Apresúrate. Tus hermanas ya nos esperan —responde con tono autoritario.
Ruedo los ojos.
—Uy sí, la estilizada Angie y la linda Angelé.
—Aine, por favor, no empecemos —advierte—. Tengo un tema muy importante que tratar con ustedes.
—Ya me imagino cuál, así que no cuentes conmigo. Desayunaré aquí.
—Te quiero en veinte minutos en el comedor.
Papá sale enfurecido de la habitación. Miro a la nana, quien solo niega con la cabeza.
—Hazle caso, mi niña. Tu padre solo quiere lo mejor para ti.
—Si quisiera lo mejor para mí, no me impondría nada —refunfuño—. Curioso cómo solo se ensaña conmigo.
—Con lo mucho que te aman tus hermanas, seguro ya están alabándote —dice con una sonrisa irónica.
Entro al baño. Tengo veinte años recién cumplidos y mi padre aún decide qué debo hacer con mi vida. Para que no se sorprendan: quiere obligarme a casarme con el hijo de su socio, Pool Bazil.
El chico no es un monstruo… pero tampoco es alguien que soporte. No podemos coexistir en el mismo espacio sin discutir. Casados, uno de los dos terminaría muerto. Aunque, pensándolo bien, yo sería capaz de castrarlo mientras duerme. Eso es lo que mi padre no entiende.
Me visto de manera casual, me peino, brillo mis labios, me perfumo y salgo lista para enfrentar a mi padre y a mis carroñeras hermanas. Lo único que compartimos es el apellido; la sangre… lo dudo.
Voy directo al jardín, donde ya están reunidos, y tomo asiento.
—Buenos días, Aine —dice Angie con una sonrisa falsa—. ¿No te enseñaron modales?
—Sí, pero parece que se me olvidaron —respondo sin mirarla—. ¿Cuáles son las noticias?
—Desayunamos primero.
—Mejor así no me caerá pesado.
—Aine, respeta a nuestro padre —interviene Angelé.
—Ya basta. Vamos a desayunar en familia —sentencia papá, rojo de enojo.
Comemos en silencio. Bueno, casi. Mis hermanas no tardan en hablar sobre diseñadores, vestidos y cosas que no me interesan. Yo solo pienso en la universidad, en el semestre que comenzará en pocos días… y en cómo huir.
Terminamos el desayuno y todos guardan silencio, atentos a mi padre.
—Aine, eres mi hija más pequeña, pero siento que te has desviado de tu camino. Antes eras una niña juiciosa, ahora dejas mucho que desear.
—Tal vez porque ya pasé la niñez y la adolescencia —respondo—. Ahora soy una joven adulta.
—Aine, por favor…
—No te hagas el sorprendido. Sabes por qué he cambiado —las lágrimas amenazan con salir—. Y no soy culpable de nada.
—Nadie te culpa.
—No mientas. Solo con mirarme lo sé.
—No es así…
—Papá, di lo que tengas que decir. Tengo que empacar.
—¿Te irás? —pregunta Angie fingiendo sorpresa.
—No puedes —responde papá—. Tu boda con Pool se celebrará en unos días.
Río con incredulidad.
—Dije que no me casaré con él. Si tanto lo quieres de yerno, cásalo con una de ellas.
Me levanto y salgo antes de provocarle un infarto. Tomo las llaves de mi auto y conduzco sin rumbo fijo.
Cuando regreso, ya es de noche. Debo salir del yugo de mi padre cuanto antes.
—¡Eres una malagradecida! —grita Angie—. Después de que papá no te dejó morir con esa desvergonzada, así le pagas.
La rabia me invade.
—Respétala. Tiene nombre —le respondo—. No la llames así.
—No le debo respeto.
Me acerco, con ganas de estrangularla.
—¿Qué está pasando aquí? —interviene papá.
—Aine mancha tu honor y tu palabra —dice Angie.
—Aine, ve a mi despacho. Angie, a tu habitación.
Angie sonríe triunfadora antes de irse.
Entro al despacho. Papá me sigue.
—¿Qué sucede contigo, Aine?
—¿De verdad no lo sabes? Odio que me impongas cosas que no quiero. Tengo veinte años, estamos en otra época. No quiero casarme con Pool.
—No te obligo —dice—, pero Pool quiere casarse contigo y esa unión nos beneficiaría a todos.
Niego y me dejo caer en el sillón.
—¿Soy negociable, papá? —pregunto con tristeza.
—No, amor. Eres lo que más amo.
—No lo parece. Haría lo que fuera por ti, pero casarme con alguien que no amo… eso no.
Papá toma mis manos y besa mis nudillos.
—Así somos, Aine. Una familia disfuncional… pero te amo más de lo que imaginas. Hagamos un trato.
Frunzo el ceño.
—¿No es una trampa?
—No.
—¿En qué consiste?
—Mañana vendrá la familia de Pool para formalizar el compromiso —dice con voz firme—. Te doy doce horas para decidir si te casas… o no.