Amor a primera vista
Aine
No pude dormir en toda la noche.
Las palabras de mi padre no dejaban de resonar en mi cabeza.
—Mañana viene la familia de Pool para formalizar el compromiso. Te doy doce horas para decidir si te casas o no.
Me levanté de la cama incapaz de seguir ahí. Caminé hasta el clóset, lo abrí y tomé una valija. Sin pensarlo demasiado, comencé a empacar algunas de mis pertenencias.
Horas después, la maleta estaba llena. Alisé mi cabello, tomé mi bolso y salí de la habitación.
—Si no te casas con Pool, será mejor que no estés aquí cuando amanezca.
Bien, señor Vaughan. Hasta hoy estaré bajo su techo.
Salí de la casa con la valija a cuestas. Tal vez debí llamar un taxi.
—Señorita Aine, ¿la ayudo? —preguntó uno de los chóferes.
—Sí, por favor.
Tomó mi maleta y la guardó en la cajuela. Antes de subir al auto, miré hacia la ventana del dormitorio de mi padre. Se abrió, dejándome ver su silueta. Entré al vehículo sin despedirme.
—¿A dónde la llevo, señorita?
—Al aeropuerto, por favor, Donald.
El auto se puso en marcha y dejamos atrás la propiedad de mi padre… y una vida que ya no quería.
En el aeropuerto tomé asiento frente al tablero electrónico. No sabía cuántas horas llevaba ahí. Los destinos cambiaban, las personas iban y venían, y yo seguía sin decidir hacia dónde ir.
En una semana comenzaba el semestre en la universidad… pero ahora todo era incertidumbre.
Suspiré. Eran las diez de la mañana cuando un destino captó mi atención. Me levanté, caminé hasta la ventanilla, entregué mi pasaporte y compré el boleto.
Si ya no estaría bajo la protección de Theodore Vaughan, lo mejor era irme lejos.
Subí al avión, tomé asiento, apagué el móvil y cerré los ojos.
Días después…
Llevaba tres días en aquella gran ciudad. Aspiré el aire fresco que entraba por la ventana. Ese día debía presentar la prueba de admisión en la universidad. También había entregado solicitudes de empleo; no pensaba depender del dinero de mi padre.
Me vestí, tomé un taxi y me dirigí a la universidad. Tras terminar la prueba, salí directo a una cafetería; mi estómago exigía atención.
Pedí un frappé mocca, un sándwich y fruta picada. Saqué el móvil, esperando algún mensaje de trabajo… nada.
Suspiré con pesadez.
Al levantar la mirada, mis ojos chocaron con unos ojos azules que me observaban fijamente. Sonreí nerviosa. Él devolvió el gesto.
Mi corazón comenzó a latir desbocado y las piernas me temblaron.
Era la mirada más intensa y hermosa que había recibido en mi vida.
—Aine, tal vez no te mira a ti —me recriminó mi conciencia.
—Tal vez… pero no puedo dejar de verlo —me respondí—. Creo que me he enamorado.
—No seas tonta.
—Cállate.
Agaché la mirada y luego la levanté de nuevo.
Seguía mirándome.
—Frappe mocca —anunció la chica del mostrador.
Me levanté de inmediato… y choqué con alguien.
—Frappe mocca —repitió una voz masculina a mi lado.
Era él.
—Este es suyo, señor. El de usted aún no sale —dijo la empleada.
Sentí que mi rostro ardía.
—¡Dios mío! Trágame tierra… si es en Corea, mejor —solté sin pensar.
—¿Por qué Corea? —preguntó divertido—. ¿Y por qué un coreano?
Quise morir.
—Digo… me gustan los americanos —balbuceé—. Fue el momento incómodo, lo siento.
Él sonrió.
—No pasa nada. Podemos compartirlo —extendió su mano—. Soy Lionel Humé.
—Aine Pussett —respondí estrechándola, intentando no parecer una idiota.
—¿Te gustaría sentarte conmigo?
—Claro.
Podría ser un secuestrador, gritó mi conciencia.
No seas paranoica, le respondí.
Nos sentamos y compartimos el desayuno entre risas y una conversación sorprendentemente fácil.
—No te había visto antes por aquí —comentó.
—Me mudé hace unos días.
—Un nuevo comienzo.
—Algo así.
—Creo que ahora tengo un motivo para venir más seguido —me miró fijamente.
—¿Ah, sí?
—Sí. He conocido a la chica más linda del universo.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Hablas de mí?
—Sí, Aine. Me enamoré de ti a primera vista.
Su mano acarició mi mejilla.
—¿Crees en el amor a primera vista?
Negué.
—Yo tampoco creía… hasta hoy. Tú eres mi amor a primera vista.
—Lionel… —susurré, hipnotizada.
—Conozcámonos —pidió—. No me pidas que no te vuelva a ver.
—Yo tampoco quiero dejar de verte.
—¿Te invito a cenar hoy?
—Sí.
Intercambiamos números y nos despedimos. Volví a mi apartamento flotando.
Horas después, recibí su mensaje:
Lionel:
Hola, hermosa. Cuento las horas para verte esta noche.
Sonreí como una tonta.
Aine:
Yo también muero por verte, Lion.
Esa noche, cuando bajé al lobby, me quedé sin aliento.
Lionel estaba allí.
Más atractivo que en la mañana.
—Buenas noches, hermosa —dijo—. Quiero presumirte ante el universo entero.
—Hola, Lion.
—¿Nos vamos? —me ofreció su mano—. La noche es joven… y quiero vivirla contigo.
La tomé sin dudar.
Y así comenzó todo.