No seré la Otra

CAPÍTULO 3

Un te amo del corazón

Aine

No esperamos más y salimos del edificio rumbo al restaurante. Desde el primer instante todo fue perfecto: el ambiente, la conversación, cada gesto. Me sentía dentro de una película romántica, de esas que parecen irreales… pero que estaba viviendo.

Los días fueron pasando y yo me enamoraba cada vez más de aquel hombre. Mi León, como empecé a llamarlo. Lionel era un sueño hecho realidad: atento, dulce, siempre pendiente de mí.

Cuando me pidió que fuera su novia, fue algo mágico.

Aquella noche había comenzado con un paseo tranquilo, hasta que la lluvia cayó sin previo aviso. Nos quedamos bajo ella, empapados y riendo, cuando de pronto él se detuvo.

—¡Aine! —me llamó.

Me giré hacia él. La lluvia caía con fuerza sobre nosotros.

—Tomo esta lluvia como testigo de lo que siento por ti —dijo—. Así como las gotas que caen sobre nosotros no se pueden contar, así es mi amor por ti: inmenso e incontable. Te amo, Aine, y quiero pedirte esta noche que seas mi novia.

Llevé mis manos a la boca, sin poder creer lo que escuchaba. Antes de que pudiera responder, me tomó de las manos.

—No me…

No lo dejé terminar. Me lancé a sus brazos, lo abracé y lo besé con toda el alma. Él tomó mi rostro y profundizó el beso.

—Sí, mi León —susurré entre lágrimas—. Quiero ser tu novia. Te amo… te amo.

—Casi muero de miedo —confesó—. Pensé que no sentías lo mismo.

Sonreí y volví a besarlo.

Nos quedamos bajo la lluvia durante largos minutos, besándonos como si el mundo no existiera. Como si nuestra vida dependiera de ello.

—Te amo, Lion.

—Te amo, Aine. Jamás pensé amar con esta intensidad.

Los meses pasaron y todo seguía pareciéndome irreal. Estaba profundamente enamorada de Lion, y él de mí. A veces viajaba por trabajo y pasaba una semana fuera del país, pero me llamaba tres veces al día, asegurando que no quería parecer tóxico.

Nuestra relación era envidiable. A los ocho meses nos mudamos juntos. Vivir a su lado era tan natural como respirar. Nunca me limitó, siempre me apoyó en todo. Cuando dudaba, él era mi impulso.

Los años siguieron pasando. Cuatro años juntos.

—Amor, ¿por qué nunca hablas de tu familia? —preguntó una noche, besando mi cuello.

Nunca sentí la necesidad de hablar de ellos. No había nada que decir.

—No tengo nada que contar —respondí—. Tampoco hablas mucho de la tuya.

—Ya te dije que tengo una relación complicada con mi padre —dijo—. No lo odio, pero odio haber hecho cosas por él que nunca debí.

Me giré en sus brazos y lo miré a los ojos.

—¿Qué cosas, amor?

—Cosas que prefiero no recordar —respondió—. Ya no son importantes. Tú eres lo único que importa en mi vida.

Tomó mi rostro y besó mis labios con ternura.

—Te amo, Aine. Nunca dudes de mi amor. Eres la mujer más importante de mi vida.

—Lo dices como si hubiera alguien más.

—No lo hay —afirmó—. Solo quiero que lo sepas.

—Y lo sé, Lion.

Nos besamos con intensidad.

Sus besos descendieron por mi cuello, provocándome suspiros y estremecimientos. Me levantó con facilidad y me sentó sobre la encimera. Sus manos recorrían mi piel con lentitud, despertando cada uno de mis sentidos.

—Te deseo, Aine —murmuró con voz ronca.

—Entonces no me hagas esperar —susurré, temblando.

—Quiero disfrutar cada instante.

Y así lo hicimos.

Nos entregamos en cuerpo y alma, como siempre, hasta quedar exhaustos. Permanecimos abrazados, recuperando el aliento.

—Esta noche no dormiremos —dijo con una sonrisa.

—No quiero dormir —respondí, riendo.

Terminamos de recoger la cocina entre besos y caricias, como si incluso las tareas más simples se volvieran especiales a su lado.

No fue hasta la madrugada cuando finalmente nos rendimos al cansancio.

En sus brazos, convencida de que aquel amor sería eterno.




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