No seré la Otra

CAPÍTULO 4

Una situación dolorosa

Aine

Vivía un cuento de hadas, de eso no había duda. A veces el miedo se colaba entre mis pensamientos, susurrándome que todo podía terminar, pero yo lo acallaba una y otra vez.

Cinco años.

Cinco años de conocernos y amarnos.

Cinco años de felicidad plena.

—¿Aine, y Lionel dónde está? —preguntó Hedelis desde su escritorio.

—En su trabajo. De hecho, vamos a almorzar juntos.

—¡Ay! —suspiró—. Yo envidio tu relación con él.

Fruncí el ceño.

—Envidia de la buena, amiga —se apresuró a aclarar—. No me mires así.

—Lo siento —sonreí—. Es que estoy tan enamorada de ese hombre.

—Te entiendo. Con un hombre como él, ¿quién no se enamoraría como loca empedernida?

Sonreí, orgullosa.

—Lo sé.

—Hablamos luego, voy a dejar estos archivos.

Asentí.

Durante toda la mañana no dejé de pensar en ese hombre que me tenía de cabeza.

A la hora del almuerzo salí del edificio para encontrarme con él en el estacionamiento.

—Hola, mi amor. Contaba las horas para verte —dijo, envolviéndome en sus brazos antes de besarme.

—Y yo igual —respondí, buscándole los labios.

—Vamos, un delicioso almuerzo nos espera.

Así eran nuestros días cuando estaba en casa. Comer juntos, pasear, reír, compartir… vivirnos.

—Amor, debo salir de viaje mañana —dijo de pronto.

Lo miré.

—¿Otra vez? —bromeé—. No tendrás a otra por ahí.

—No te cambiaría ni por todo el oro del mundo —respondió sin dudar.

—¿Cuántos días esta vez?

—Solo tres, amor.

Hice un puchero.

—Te recompensaré esta noche… y cuando regrese.

—Eso me encanta —sonreí—. Pero cuando vuelvas, quiero algo extremo.

Lion arqueó una ceja, divertido.

—¿Algo extremo como qué, mi leona?

—Te lo diré cuando regreses.

—De acuerdo. Haré lo que quieras.

Después de volver al apartamento nos entregamos en cuerpo y alma, como siempre.

Al día siguiente nos despedimos entre besos y caricias.

—Te amo, mi leona preciosa.

—Yo te amo más, mi león salvaje.

—Te llamaré en cuanto aterrice.

—Cuídate mucho.

—Nunca olvides que te amo, Aine.

—Lo sé… yo también te amo.

Lo vi marcharse sin imaginar que ese beso sería el último sin mentiras.

Tres horas después me llamó para decirme que había llegado. Hablamos largo rato. Yo ya contaba los días para su regreso.

Cuando faltaba poco para que volviera, la empresa organizó una gala por una nueva sociedad con un empresario extranjero. Yo no pensaba ir.

El timbre sonó.

Al abrir, Hedelis estaba ahí. Suspire. Sabía a qué venía.

—¿No irás a la gala?

—No. Me quedaré viendo una película o saldré con Simón.

—Vamos, no quiero ir sola —insistió—. Además, Lionel no se va a enojar porque salgas sin él. Él viaja solo… tal vez tenga una amante… o tú seas la amante.

La miré, helada.

—En primer lugar, he viajado con él muchas veces. En segundo, él no me haría eso. Y en tercero, no se enojará porque salga.

—Por favor, Aine —suplicó—. Hazlo por mí, tu mejor amiga.

Suspiré.

—Está bien. Tú ganas.

Llamé a Lion antes de arreglarme.

—Hola, reina de mi corazón.

—Hola, mi león. Iré al evento después de todo.

—Pensé que te quedarías en casa…

—¿No te gusta la idea?

—No, amor. Diviértete.

Colgué con una sonrisa tranquila.

Qué irónica puede ser la vida.

Me puse un vestido largo, con abertura en la pierna izquierda. Me miré al espejo. Sí, era bella. Y lo sabía.

Llegamos al evento. Saludamos, nos sentamos… y el tiempo pasó lento. Cuatro horas de absoluto aburrimiento.

Hasta que sentí una mirada.

Una que me quemó la piel.

Giré.

Esos ojos.

Azules… con motas verdes.

Mi mundo se detuvo.

No.

No podía ser.

Lion estaba ahí.

Y no estaba solo.

Una mujer rubia, escultural, de ojos celestes, sostenida por su cintura con una familiaridad que me destrozó el pecho.

—Debe ser un gemelo… —me dije—. Un clon.

Pero no.

Era él.

Hedelis apareció a mi lado.

—Aine, vamos a conocer al nuevo socio de la empresa.

Caminé como un autómata. No huí. No grité. Seguí hasta quedar frente a él.

—Señor Bazíl —saludó Hedelis.

Él giró. Sonrió.

—Aine… tanto tiempo.

Besó mi mano como si nada.

—No puedo decir lo mismo, Pool —respondí, mirando a la mujer que estaba con Lion.

—Y él es el señor Corney y la señora Corney.

El mundo se quebró.

¿Señora?

Lo miré a los ojos.

Él no dijo nada.

—Mucho gusto, señor y señora Corney —sonreí, dolida—. Qué curioso… conozco a un Corney, pero él no es un gran mentiroso. No serán familia, ¿verdad?

Silencio.

—Lionel es el único Corney, ¿cierto, amor? —dijo ella.

—Por lo mismo digo —respondí.

—Aine, me gustaría platicar contigo, pero no aquí —dice Pool.

—¿Tenemos algo de qué hablar?

—Vamos Aine, por los viejos tiempos —sonrió.

—Por supuesto porque no.

Después de cruzar algunas palabras más decidí que ya era suficiente, mi corazón y mi orgullo ya no soportaban más la situación.

—Disculpen —me levanté—. Debo irme. Nos vemos el lunes Hedelis, gracias... fue un gusto conocerlos señor y señora Corney y disculpen la confusión —tomo mi bolso y salgo con la cabeza en alto pero con el corazón destrozado.

Bajé las escaleras sin respirar.

—Aine, espera —su voz me detuvo—. Déjame explicarte.

Me giré.

—¿Explicarme qué? —mi voz tembló—. ¿Que me mentiste cinco años? ¿Que jugaste conmigo? ¿O que soy la otra?

Lo miré con el corazón hecho trizas.




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