Renacer de la leona
Aine
—Pues no, Lionel Corney. NO SERÉ LA OTRA. Eso ni en tus sueños, vil mentiroso, desgraciado —tengo tantas ganas de quitarme el tacón y clavárselo en el pecho, sacarle el corazón y pisotearlo hasta cansarme.
—Aine, por favor, yo no quise…
—Cállate, estúpido cobarde. Te odio, Lionel Corney. Juro que si vuelves a cruzarte en mi camino, te haré pagar cada una de tus mentiras. Vas a conocer lo que es una verdadera leona —digo con la sangre hirviéndome de ira.
—Aine, no es…
No lo escucho. Bajo las gradas a toda prisa y pido mi auto. Cuando lo traen, casi saco al chico de un tirón.
Conduzco hasta el apartamento y ahí me desplomo, llorando sin control.
Lloro como una magdalena. Necesito sacar todo este dolor que me oprime el pecho. Estoy deplorable: el cabello desordenado, cuando hace apenas unas horas estaba peinado en un delicado recogido lateral.
Me duele saber que viví engañada por un mentiroso que solo me utilizó. Lo odio. Y aun así, quisiera tenerlo frente a mí solo para decirle sus verdades.
Saco mi móvil y marco ese número que durante cinco años evité. Esa persona de la que quise huir, con la que intenté cortar lazos… sin lograrlo.
Ha llegado el momento de tomar el lugar que me corresponde.
Ya no más la Aine Pussett frágil.
Ahora nace Aine Vaughan Pussett: calculadora, firme, la mujer que siempre debí ser.
Resurgiré de las cenizas como el ave fénix. Y lo haré desde hoy.
—¿Aine? ¿Eres tú? —responden al otro lado de la línea.
—Sí, padre. Soy yo.
—¡Mi niña, mi hermosa princesa! Cuánto tiempo… ¿por qué tardaste tanto, amor?
—Lo siento, papá. Nuestra última conversación me dejó mucho que desear.
—Perdóname, nena. Fui un tonto. No quise decir esas palabras… pero fue la única forma que encontré.
—Tranquilo. El pasado debe quedarse donde está.
—Tienes razón, mi niña. Dime… ¿regresarás a casa?
Rompo a llorar.
—¿Corazón? ¿Por qué lloras?
—No es nada, papá.
—Dime dónde estás y voy por ti.
Le dicto la dirección del apartamento que compartía con Lionel.
Cuelgo. Solo espero que él no aparezca.
No voy a lamer mis heridas. Las dejaré abiertas para recordar por qué no debo confiar en nadie.
—Te juro, Lion, que me las vas a pagar —murmuro secándome las lágrimas.
Me miro al espejo. Estoy irreconocible. Me meto a la ducha y dejo que el agua se lleve lo que aún pueda doler. Al salir, me pongo la pijama, pero el sueño no llega.
Me levanto y empiezo a empacar. No pienso quedarme aquí ni un minuto más.
Un golpe en la puerta me sobresalta. Acomodo la última maleta y miro por la mirilla: es mi padre, acompañado de dos hombres.
Respiro hondo y abro.
—Aine, hija mía —dice, abrazándome—. Mi princesa.
No sé qué decir. No sé que debo decir.
—Perdóname. Dije cosas muy duras la última vez —murmura.
—Lo sé. Lo hiciste para que me fuera.
—Sí te marchabas por tu propia cuenta no iba sentir que defraudaba a tu madre, no fue mi intención mi amor, sabes que eres mi princesa.
—Papá, no quiero hablar de eso.
—Está bien. Pero dime qué pasó… o lo averiguaré yo mismo—dice tomando esa postura de hombre poderoso.
—Te quedaras con las ganas. Son mis problemas, no los tuyos.
—Eres mi hija. Debo saber quién hizo llorar a mi princesa, no recuerdas cuando eras una pequeñuela yo estaba ahí para defenderte de todos —sonrío al recordar como papá amenazaba sutilmente a mis compañeritos—. Siempre te protegí Aine —dice con nostalgia—. ¿Ya lo olvidaste?
—Lo olvidamos —corrijo.
Suspira.
—Creciste demasiado rápido… odié eso.
Cierro los ojos. Los recuerdos me golpean.
—Pasabas más tiempo en la oficina que conmigo. Siempre era “más tarde, Aine”. Eso fue lo que cambió.
—La empresa estaba en crisis… lo sé, no son excusas.
—Si lo hubieras dicho, lo habría entendido. Era adolescente, no tonta.
Silencio.
—¿Me dirás qué pasó?
—No, papá.
—Regresaras conmigo. Tu lugar te espera.
—Regresaré, eso es un hecho, pero no iré a vivir contigo.
—¿No irás a casa?
—Soy una mujer independiente y soy capaz de sustentarme.
Asiente.
Papá siguió averiguando que había hecho todo este tiempo le conté algunas cosas, pero jamás le mencione a Lionel.
Y aunque me insistió que nos fuéramos de inmediato a nuestra ciudad no quise, quería comprobar cierta sospecha.
—Segura que quieres ir a presentar tu renuncia personalmente, puedes enviar un correo y listo —dice papá.
—No eres tú, el que dice que las cosas se dicen de frente.
—Me alegra que todas esas enseñanza sigan arraigadas en ti —salgo del auto y me encamino al edificio donde trabajaba.
Voy directo a la oficina de mi ex-jefe, le presentó mi renuncia y aunque él me pone pero soy firme en mi decisión.
Voy a la oficina a recoger mis cosas, la puerta es tocada y abierta al mismo tiempo. Hedelis, mira atentamente lo que hago.
—¿Qué haces?
—Recojo mis cosas, no es obvio.
—¿Te despidieron, renunciaste?
—Decidí que no puedo seguir en este lugar.
—Por lo de Lion…
—¿Qué hay con él?
—Bueno, ya sabes por lo de su esposa. Debe ser horrible ver cómo tu vida perfecta se hunde —dice con burla.
Tomó la fotografía que tenía con Lion y la rompo.
—Lo bueno es que el tiempo desenmascara a los mentirosos. Cada payaso acaba en su circo.
Sigo guardando mis cosas.
—¿A dónde irás?
—No es asunto tuyo.
—Somos amigas…
—Y eso que.
—Yo no tengo la culpa que tu vida perfecta se haya ido al caño.
—Cierto, lo siento… no sé hay algo que me dice que tu te enteraste de todo esto mucho más antes.