El precio de la mentira
LIONEL
Hace diez años me casé obligado por mi padre. Lo hice pensando que, en algún momento, podría enamorarme de esa mujer, como me decía mi madre. Pero los años pasaron y ese amor nunca nació.
Ebonie es una mujer soberbia, engreída y caprichosa; podría seguir, pero no es mi objetivo. La respeto como mujer, pero no la soporto a mi lado. Por eso prefiero ocuparme de los negocios fuera del país.
Y en uno de esos viajes la conocí a ella. La mujer más hermosa, por fuera y por dentro, que con solo una sonrisa cautivó mi corazón. Me enamoré en un abrir y cerrar de ojos. La amé desde el primer instante en que nuestras miradas se cruzaron. No quise perder tiempo para empezar una relación con ella, aunque estaba viviendo una doble vida. Pero ella es la mujer con la que realmente quiero permanecer para siempre. Solo espero que se cumpla el año para poder ser libre y hacer mi vida con Aine.
La amo, y eso nadie ni nada lo hará cambiar.
La miro y sonrío. Me encanta observar sus facciones finas y estilizadas.
—¿Por qué me miras de esa forma? —pregunta—. ¿Tengo algo?
—Amor, es que me encanta mirarte. Agradezco a quien sea que hizo que nuestros caminos se cruzaran.
Se acerca a mí y se sienta a horcajadas sobre mí.
—Hubo muchos factores que me hicieron venir a esta ciudad.
—¿Cómo cuáles?
—Prefiero no hablar de ello. Amo mi vida tal y como está ahora.
—¿Lo dices por mí? —sonríe.
—En parte. No seas ególatra —achina los ojos.
—Te amo, Aine. Eres la mujer de mi vida, lo eres todo.
—Y tú también lo eres todo para mí.
Me apodero de sus labios en un beso demandante. La beso como si fuera la primera vez que disfruto de su boca. Sin esperar más, me apodero de su cuerpo, haciéndola mía.
Ella es mi reina, lo es todo en mi vida. Deseo estar con ella y compartir mi vida a su lado. Quiero formar una familia con ella, y solo con ella.
—Amor, debo salir de viaje mañana —le informo.
—¿Nuevamente, amor? —su mirada acusatoria me hace temblar—. No tendrás a otra, ¿verdad?
—No te cambiaría ni por todo el oro del mundo —digo para calmarla.
—¿Qué más me queda que dejarte ir? ¿Por cuántos días? —pregunta, y sonrío.
—Solo serán tres días, amor.
Hace esos pucheros que me encantan.
—Te recompensaré esta noche y cuando regrese —le digo con voz ronca.
—Eso me encanta… pero cuando vuelvas quiero algo extremo.
La miro y sonrío.
—¿Algo extremo cómo qué, mi leona?
—Te lo plantearé cuando regreses.
—De acuerdo, haré lo que quieras.
Sonríe satisfecha.
Esa misma tarde empaco una pequeña maleta con su ayuda.
Al día siguiente la dejo en su trabajo y luego me dirijo al aeropuerto. Pasaré primero a hablar con mi padre para revisar los informes de la empresa.
Al llegar a la casa que supuestamente comparto con mi esposa, ella ya estaba en el lobby esperándome.
—Bienvenido, mi amor. Qué alegría tenerte en casa.
Frunzo el ceño ante el recibimiento de Ebonie. Eso solo significa una cosa: mi padre está de visita.
—¿No saludarás a tu esposa? —escucho su voz detrás de mí.
—Siempre es así, solo le interesan sus negocios —dice ella, dejando ver a la esposa inmaculada que aparenta ser cuando hay personas alrededor, especialmente mi padre.
—No es propio de mi hijo —dice él.
—¿Qué haces aquí, padre?
—Vine a escuchar de tus labios cómo van los negocios.
—Van bien. Pronto cerraré un trato con uno de los grandes de aquí.
—Vamos a tu despacho. Quiero escuchar más.
Le cedo el paso.
—¿Qué quieres, padre?
—Quiero saber qué pasa entre tú y tu esposa. ¿Cómo es que la dejas sola por tanto tiempo?
—Esposa, padre…
—Como sea, Ebonie es tu esposa.
—Sí, como sea, lo es —suspiró—. Pero para mí es una desconocida.
—Me decepcionas, Lionel Corney. Irás a un evento con tu esposa. Ya todo está arreglado.
—Tengo otras cosas que hacer.
—Si no lo haces, el acuerdo prenupcial se extenderá diez años más.
Aprieto la mandíbula.
—Amenazar es lo único que sabes hacer, Nathan. Tú ganas.
Mi padre sale de la oficina. Me sirvo un trago de whisky y lo bebo de un solo golpe.
—¿Cuándo partimos? —pregunta Ebonie—. Me gustaría que fuera esta misma tarde.
—Acabo de llegar. No voy a viajar hoy mismo —respondo con frialdad—. Solo espero que, cuando termine el evento, regreses a casa.
—¿No crees que me debes al menos una cena? Una salida como esposos… ¿cuándo vas a terminar con esto?
—Sabes que nunca obtendrás eso de mí, Ebonie. Te fui muy claro desde el inicio.
—¿Por qué, Lionel? ¿Por qué siempre me mantienes en las sombras? Soy tu esposa.
—Ahora eres mi esposa. Sabes perfectamente cómo es nuestra relación. En algún momento pensé que podría enamorarme de ti, pero solo me llevé una desilusión.
—Está bien, como quieras —dice con falsa calma—. Pero recuerda algo: siempre serás mi esposo y yo tu esposa. Hazte a la idea de que estaremos casados por muchos años, amor.
No respondo. Solo la observo hasta que sale del despacho.
Después de revisar algunos documentos, me retiro a la habitación que ocupo cada vez que vengo. No es que viva en esta casa; solo aparezco para eventos importantes, para simular un matrimonio ejemplar.
Al día siguiente voy a la empresa principal. Hay reuniones y debo estar al tanto de todo. Luego almuerzo fuera y regreso para revisar más documentos.
Ya por la noche, de vuelta en la casa, hablo con Aine. Le pido al cielo que todo termine pronto para poder regresar junto a ella.
Al día siguiente nos preparamos para partir al dichoso evento. Jamás imaginé que sería en la ciudad donde últimamente resido.
Al llegar al hotel donde Ebonie hizo la reservación, nos disponemos a cambiarnos. Mientras termino de arreglarme, recibo la llamada de la mujer que amo.