Frente al engaño
LIONEL
—Sí. El señor Corney y yo tuvimos una pequeña aventura… una de esas que una mujer inteligente corrige sin darle mayor importancia.
Pequeña aventura. Parpadeo, incrédulo ante sus palabras.
Para ella, cinco años fueron una pequeña aventura. Sin importancia.
—No lo sabía, cariño —dice el señor Theodore, mirándome con seriedad—. Espero que no haya problemas con que ambos trabajen juntos.
—Por supuesto que no —responde ella—. Somos adultos, personas pensantes, no adolescentes. ¿No es así, señor Corney? O como prefiera que lo llame.
—Lionel está bien. Y claro que no hay problema.
—Bien. Iré a mi oficina —dice ella—. Te paso a buscar para almorzar juntos.
—Por supuesto.
Le dan un beso en la mejilla.
—Nos vemos, señor Lionel —añade ella mientras toma una carpeta—. Me llevo esto.
—Sí, amor —responde Theodore.
—Me gustaría tocar algunos puntos con la señorita Aine.
—Adelante. Solo le pido que no la acose demasiado. Si lo que hubo entre ustedes ya terminó, lo mejor es que así se mantenga.
Asiento.
—No se preocupe, señor Vaughan.
Salgo de la oficina.
—¿La oficina de la señorita Aine está en este piso? —pregunto a la asistente.
—Sí, al otro extremo.
—Gracias.
Camino decidido. Pequeña aventura sin importancia… Haré que recuerde exactamente lo que fue.
—Aine, espera… déjame explicarte todo —digo, alcanzándola antes de que cierre la puerta de su oficina.
Se detiene.
No corre.
No tiembla.
Y eso duele más que cualquier grito.
Gira lentamente hacia mí. Sus ojos no tienen lágrimas.
Tienen decepción.
Y algo peor: decisión.
—¿Explicarme qué, Lionel? —su voz es firme, cortante—. ¿Que durante cinco años me mentiste mirándome a los ojos? ¿Que me juraste amor mientras tenías una esposa esperándote en casa?
Parpadeo. El aire se me atasca en el pecho.
Se ríe, pero no hay humor en ese sonido. Es seco. Amargo.
—¿O viniste a decirme que acepte mi lugar… que me conforme con ser la otra?
Doy un paso hacia ella.
—Nunca fuiste la otra, Aine —respondo con desesperación—. Yo te amo. Esto no es lo que parece…
—No me insultes —me corta, alzando la mano—. Lo que parece es exactamente lo que es.
Me mira como si, por primera vez, realmente me viera.
Como si el hombre frente a ella ya no fuera aquel al que amó.
—Pues no, Lionel Corney —continúa—. No seré la otra. Jamás. Ni por amor, ni por promesas, ni por excusas.
Sus palabras no son un grito.
Son una sentencia.
—Eres un mentiroso —dice, clavando cada palabra—. Y lo peor no es que tengas esposa…
Es que me robaste el derecho de elegir.
Eso… —traga saliva— eso no te lo voy a perdonar.
—Aine, por favor… —mi voz se quiebra.
—No —me interrumpe—. No más. No me hables de amor Lionel no lo hagas.
Da un paso atrás, marcando distancia.
Abre la puerta de su oficina y entra.
Yo me quedo ahí, inmóvil.
Entiendo, demasiado tarde, que no la perdí cuando se fue.
La perdí cuando decidí mentirle creyendo que nunca descubriría la verdad.
Y eso…
Eso no tiene arreglo.
AINE
Al llegar al país busqué un hotel donde quedarme hasta encontrar un apartamento. Papá no estuvo de acuerdo, pero aun así lo hice.
También mencionó algo sobre un nuevo socio, o una posible asociación. No presté demasiada atención; mi cabeza estaba en otra parte. Solo escuché lo esencial: yo me encargaría de esa sociedad. Acepté sin rechistar.
A la mañana siguiente, después de desayunar, antes de llegar a la empresa llamé a papá.
—Hola, princesa. ¿Ya vienes llegando?
—Sí, estoy por llegar.
—Pasa por mi oficina. Quiero que revises los documentos de la nueva sociedad.
—Está bien, ya subo.
—Te espero.
Cuelgo, subo al piso y entro a su oficina. Frente a él hay un hombre sentado.
—No sabía que estabas ocupado —digo, a punto de cerrar la puerta.
—Cariño, pasa —me pide—. Justo te estaba esperando para presentarte a nuestro nuevo socio, con quien trabajarás muy de cerca a partir de hoy.
Me acerco.
—Nena, él es el señor Corney. Señor Corney, ella es…
—Aine —dice él, poniéndose de pie.
Mi corazón se acelera al escuchar su voz.
Pedazo de órgano tonto, me reprocho. Si no fueras vital, te arrancaría del pecho. Recuerda que te mintió durante cinco años. No seas estúpida.
La sangre me hierve. Hubiera preferido que fuera cualquier otro, menos este mentiroso que ahora solo me provoca repulsión. Lo odio. Pero agradezco que la vida lo haya puesto frente a mí. Va aprender que conmigo no se juega.
—¿Se conocen? —pregunta papá.
Lo miro de arriba abajo y le dedico la mirada más despreciable que tengo.
Lo único que respondo es que nuestra relación fue solo una aventura sin importancia, su rostro se desencaja.
Sonrío por dentro.
Esto apenas comienza, Lion. Aún no conoces la parte de mí que nadie quiere despertar.
Tras intercambiar unas palabras más, me retiro a mi oficina. Sé que papá me preguntará cómo lo conozco, pero no pienso contarle nada.
Lionel trata de explicar lo inexplicable, pero no le creo ni una tilde, ni una j. No quiero sus justificaciones, sus excusas.
Empujo la puerta de mi oficina sin hacerlo bruscamente.
El silencio pesa más que cualquier golpe.
Siento su presencia detrás de mí. Su desesperación.
Antes, eso me habría conmovido.
Hoy… me confirma que hice lo correcto.
Me giro lentamente.
No quiero que piense que huyo.
Las mujeres que huyen aún dudan.
Yo no.
—Aine, por favor, no me ignores. Te amo, me estás destrozando el corazón con cada palabra, con tu indiferencia.