No Te Quedes Dormido

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Las pesadillas son portables hacia el miedo profundo que tienes, eso decía mamá, ahora en mi lecho de muerte no han venido a verme. La muerte por qué tarda en reclamarme.

–Corre – es lo única que escucha mi mente.

¿pero de qué?

De él.

Repitió nuevamente esa voz.

La pesadez de mis heridas era grandes incontrolables. Quería decir que no, pero no podía mis pies se movieron con rapidez hacia la salida. Ahora el miedo era mucho más y no lo entendía aquella figura que no venia sola. Y fue eso lo que me impulso a huir.

Mi sangre goteaba por donde pasaba. Corro hacia la salida y me adentro hacia el camino de mi muerte.

Escucho el sonido del viento golpeando las hojas. Los árboles en la absoluta oscuridad bloquean mi paso. Trató y trato de esquivarlos, pero es inútil; me estrello estrepitosamente. Ahora el miedo y todo el dolor se combinan. Mi cuerpo se siente un poco pesado, y algunas de mis heridas ya han cerrado. Mi respiración resuena en mi cabeza fuertemente. Me tumbo de rodillas y con mis dos manos lleno mi boca con tierra. Cualquier sabor es más agradable que seguir degustando el sabor de la sangre. Mi mente aún trata de adaptarse a lo que pasó, pero solo tratar de recordarlo me hace sentir enfermo. Probablemente no debí caer tan fácil en el abismo, golpeo mi cabeza contra el suelo, me recompongo e inicio carrera nuevamente.

¡Debo escapar de la oscuridad! Si puedo seguir así durante unas horas más, la luz me dejara morir en paz.

– ¿A dónde tan deprisa? – dijo a mis espaldas una voz ronca y sin sentido.

La voz se escuchaba justo detrás de mí y solo tenía un pensamiento ¡Necesitaba escapar!

Corría sin detenerme mientras la desesperación transitaba por mis venas. Tropecé con una rama y caí, el miedo hundía cada parte de mi cuerpo. Este era el fin, lo sentía, solo podía ver la luz que me proporcionaba la luna que era muy poca, la oscura figura avanzó hacia a mí. Mis ojos se abrieron de golpe y grité como nunca lo había hecho, pero ¿quién me escucharía?, estaba a mitad del bosque, sus manos extremadamente delgadas prácticamente en los huesos, se extendieron hasta tocarme por los hombros; con un movimiento sutil comenzaron a deslizarse por mis brazos, teniendo como destino mi cuello.

Lucho hasta no poder más, pero era inútil ya había cometido su plan.

Ojalá hubiera dicho que no.

–Bel, despierta.

Los ojos de papá me miraron.

–Tú estás muerto.

–Al igual que tú.




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