No vuelvas con el Mamá

Capitulo 2: Mi misión es terminar de regalar ropa

Ethel

— Ethel Miriam Paz Martinez, ven aquí ahora mismo. —la voz de mi madre resuena por toda la casa como un trueno furioso.

— ¿Que paso, Isabela? —pregunto con total normalidad.

Hablarle a tu madre por su nombre parece una falta de respeto pero para nosotras es lo mismo que con una amiga, así de sencilla es la cosa para nosotras, no hacemos que la otra desconfíe ni le transmitimos angustia o enojo...bueno, no siempre.

Ahora de encuentra juzgandome con la mirada mientras mi ropa está fuera de mi closet amontonada en el suelo y sobre la cama. ¿De dónde tengo tanta?

— Crei haberte dicho que separaras la ropa entre lo que te ibas a quedar y lo que se iba a donar, pero no lo has ni empezado. —el tono que usa es bajo, grave, está molesta pero se le puede pasar si lo hago.

— Perdona por eso mami, se me escapó. —contesto con una risa nerviosa.

— Así como te escapas para verte al vecino, a otro perro con ese hueso. —añade ella sorprendiendome de que se acordara.

A regañadientes tomo la bolsa negra que ella me extiende y empiezo a revisar prenda por prenda viendo que me sirve y que no para regalarlo, mi misión es: terminar de regalar ropa. A quien quiera que le den mi ropa va a tener un estilo tremendo, a puesto que van a babear por ella.

— Ya me cansé —le informo a mamá la cual está sentada en sofá tomando un vaso de refrescante limonada mientras ve cupomanicos — dame un poquito mami.

— Que molestas, ¿Porque no solo vas a servirte un poco tu? —gruñe

— Esque está muy largo y tengo que volver a subir. —digo como pretexto.

Al final ella me da de la suya y toda feliz subo a terminar este trabajo. Al hacerlo bajo con dos bolsas llenas a reventar de distintas prendas. Cómo puedo las bajo y las llevo a la entrada de la casa donde mamá ya está esperandome con las suyas, a diferencia de mi ella solo lleva una y es porque no tiene el montón de ropa ya que o la ha regalado antes que yo o no ha comprado más.

Tuvimos que tomar un taxi para llegar al sitio de caridad porque subir al camión con todas estas bolsas negras llenas iba a parecer sospechoso y capaz nos bajaban y nos hechaban a la poli encima. Eso sí, salió más caro pero lo bueno es que al regreso nos vamos en camión.

— ¡Isa, Ethel! ¿Traen más ropa? —pregunta Ilse, la encargada del lugar, con su sonrisa brillante y optimismo contagioso.

— Querida amiga, estás en lo correcto —le confirma mamá, Ilse se gira hacia mi y me aprieta contra si dejándome sin poder respirar.

— Ilse... No... Puedo... Respirar... —trato de formular.

— Disculpame, es solo que estás mas grande que la última vez que te vi y sigo sin poder creer que ya no donas tu ropa a los niños sino que ahora a los adolescentes. —expresa ella librandome del apretujon.

— Oh creeme, ya me lo han dicho bastante. —aclaro separándome de ella y devolviendole la sonrisa.

— Lo estás, de verdad, cada vez que te veo te pareces más a Ma...

— ¡Ilse! —mama le da un cozcorron que hace eco en la sala.

— ¿Porque le pegas mamá? A quien me parezco que no terminaste de decir, Ilse. — la defiendo curiosa de saber con quién me estaba comparando.

— No es nada, iba a decir que te parecidas a tu mamá de joven. —se limita a decir viendo con culpa a mi madre que se soba las sienes.

Pocas veces eh visto a mamá reaccionar así y creo que tiene que ver con mi progenitor, yo no sé nada de el más de lo que asumo por las diferencias que hay entre mi madre y yo, se que el cabello castaño lo tengo de el al igual que los ojos plomo.

Mama lo considera un fantasma porque ella dice que está muerto, no le di más vueltas al asunto porque no es como que me haga falta y no siento ni ganas de conocer más de el. Si dejo a una mujer como mi madre quiere decir que es un patán que no sabía lo que estaba perdiendo.

Yo no dudaría defenderla, soy su hija y la única que tiene derecho alguno de ayudarla y ofenderla en el acto al igual que ella haría en mi lugar.

— Ethel querida, ¿Podrías dejar esas bolsas en el almacén al final del corredor? Tengo que ponerme al día con tu madre. —solicita Ilse, asiento cargando las tres abultadas bolsas que son como piedras.

Llevo mis dos bolsas cargadas y arrastró la de mamá porque son pesadas y me ahogo llevándolas en el lomo, es mejor los escobazos de mamá en la espalda que cargar estas bolsas. Las llevo a rastras por el suelo llegando al almacén que dijo Ilse.

Está oscuro y lleno, debo cuidar de no desordenar nada de lo que hay, mi momento ha llegado, todos esos años jugando Jenga van a valer la pena. Spoiler: no pasó y termine tirando todo por qué me quedé sin estrategias.

Exploro el lugar, ya eh estado aquí varias veces desde que tengo memoria, mamá suele decir que hay que ayudar a los que necesitan aún nosotras estemos igual, ella cree fielmente en que lo que das se te devuelve y es por eso que me ha enseñado a compartir, dar y recibir de buena manera.

Tengo mi carácter si, pero mamá lo apasigua como mi complemento especial.

Es la mantequilla de mis palomitas.

— ¿Estás perdida, niña? —pregunta una voz gruesa y grave desde el final del pasillo, una sombra imponente se planta ahi.

Trago grueso al sentir un horrible escalofrío al ver a ese hombre, es alto de cuerpo atlético vistiendo finamente con elegancia y clase. Pero lo que más me inquieta es su mirada penetrante sin lugar para argumentos o objeciónes.

— Pregunte si estás perdida, niña. —vuelve a preguntar ya que no le respondí, no puedo con este temor que tengo.

Perdóname mamá, está vez si me da miedo un hombre.

— No lo estoy —trato de no tratarme ni sentirme más diminuta frente a este mounstro.

— ¿Entonces que haces paseandote por aquí? ¿Eres otra niña sin hogar o porque andas merodeando por mi caritatorio? —cada inquision y cuestionamiento que hace me ocasiona otra gota de miedo, mierda ¿por qué ami?




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