No vuelvas con el Mamá

Capitulo 7: Siempre quise ser el anticristo

Ethel

Las puertas de hierro forjado se abren con un chirrido elegante. El auto entra por una larga calzada flanqueada de cipreses.

La mansión, imponente, brilla con el sol poniente. Observo por la ventana consciente de mi cara de “¿qué es este episodio de Ricos y Desconectados?”

Las puertas se abren para nosotros y una docena de empleados —mayordomos, mucamas, jardineros, cocineras— se alinean como si esperaran a la Virgen de Guadalupe.

En cuanto ven a mi madre cruzar el umbral se escucha un murmullo emocionado y descontrolados.

— ¡Pensamos que estaba muerta, señora! —chilla una de las mucamas.

— ¡La casa no fue la misma sin usted! ¡El jardín se marchitó de tristeza! —lloriquea el jardinero.

— ¡Todavía tengo su receta de pastel de almendras guardada en la cocina! —exclama la cocinera.

Hay si como no, no me fío ni de mi sombra peor de estas personas.

— Ay, Dios… no puedo creer que aún estén aquí —respira mamá algo sofocada.

Ajá, claro, porque nada dice “hogar” como una fila de empleados llorando en cámara lenta por ti.

Y yo que pensaba que el drama era en la sala de estar, esto es nivel Alfombra Roja del Trauma.

Lo que me enoja es que nadie me nota. Todos están demasiado ocupados rodeando a mi señora madre como si fuera una celebridad resucitada.

Ombe yo soy su hija, me quedo parada en medio del vestíbulo, mirando los candelabros, los mármoles, los retratos gigantes de ella en vestidos de gala

Vaya, ya ví porque el señor amargon volvió por ella.

Si yo tuviera una pareja así de hermosa no la suelto ni por cinco mil pesos.

Ver a todos ellos rodearla como si yo fuera una clase de fantasma incómodo con el ambiente me hace hervir en rabia. Pero no me conocen y no sería prudente ir diciendo:

Hola, sí, soy la hija, producto de la gran fuga. Mucho gusto, no, no necesito una toalla caliente ni una copa de champaña. Estoy bien con mi agua del grifo y mis traumas no resueltos.

Marco pasa por la habitación como si todo estuviera saliendo según su plan. Mamá lo mira con una mezcla de resentimiento y odio.

De solo verle la cara ruedo los ojos con ganas de vomitar.

<< Y ahí va el villano con su entrada triunfal, solo falta la música de fondo y el zoom dramático. >>

— ¿Desea que preparemos su habitación, señora? La hemos mantenido tal como la dejó. —ofrece un viejo canoso.

— ¿Y la mía? ¿O me van a meter en el clóset de las escobas con una vela y un retrato de este señor? —murmuro en voz baja sin notar que me oyeron.

Todos se giran hacia mi por primera vez. Silencio incómodo. Mamá se acerca tomándome del brazo con ternura.

— Claro que tienes tu lugar aquí, mi amor. —besa mi mejilla.

Una mucama que va llegando se detiene en seco al verme, la bandeja que lleva tiembla en sus manos.

La taza de porcelana tiembla como si hubiera visto un fantasma, ¡y ese soy yo!.

— ¡Dios mío! ¡Es igual a él! — grita alguien al fondo.

— No puede ser, es como si el señor hubiera vuelto en versión adolescente con pestañas. —dice otro.

— ¡Santa María, cúbrenos! ¡Tiene los mismos ojos! ¡La misma mirada de juicio eterno! —vocifera una vestida de monja.

¿Y esto qué es? ¿Una secta o una telenovela de época?

— ¿Perdón? ¿Me están exorcizando con la mirada o es mi imaginación? —pregunto con ironía cruda.

— ¿Y si heredó también el gen de los gritos a las tres de la mañana? —cuestiona el jardinero comiéndose las uñas.

— Tranquilos, no muerdo a menos que me sirvan sopa fría. Ahí sí, cuidado. —bromeo dejándolos rígidos.

— ¿Que les pasa? —inquiere don sonrisas.

Los empleados se tensan, yo solo los miro, luego Marco a ellos, alzo los brazos como si presentara un truco de magia.

Uno expirado de los ilusionistas.

— ¡Tarán! El original y edición limitada. ¿Quién quiere autógrafos? —canturreo.

— ¿Van a quedarse ahí parados como si hubieran visto al diablo? —les pregunta Marco fulminandolos con la mirada.

— Es que… señor… es que… ¡ella es usted con pestañas! —excusa la monja.

— ¡Gracias! Siempre soñé con ser la versión joven y con mejor delineado del Anticristo. —expreso molesta por tal insulto.

Mamá finalmente se adelanta y me toma del brazo como para protegerme de las miradas cuando es inevitable.

— Ella es mi hija y esta es su casa también. Así que más les vale acostumbrarse a su cara y a su sarcasmo.—ordena con dulzura.

..........

No han pasado ni dos horas cuando ya estamos sentados en la mesa del gigante comedor, el anticristo ha estado hablando de negocios, de viajes, de lo mucho que ha “sacrificado” por mi madre.




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