Ethel
Odio estar encerrada en un lugar del que en la vida había pensado estar.
No enserio, creo que me estoy volviendo loca por eso.
— ¿Cómo te va, Ethel? —finjo una voz agudita.
— Mal, no quiero estar aquí.—Respondo ignorando que estoy loca.
— Cualquiera quisiera estar en una mansión, Ethel, disfrútala. —Hago una voz gruesa y muevo mi mano como si fuera un muppet.
— Pues yo no, no me gusta estar aquí, no me gusta esta gente, no me gusta ese señor.
Bufo exhausta de estar entretenida con las voces de mi cabeza que vaya a saber yo por qué las tengo.
Es la primera vez en años que no duermo en una habitación que no sea la mía en mi casa, aquí se respira el lujo. Me trajeron una bata y prepararon está habitación para mí pero no puedo dormir en ella, es gigante pero da miedo por lo oscura que es.
Anticristo no tuvo de otra y me dejó quedarme porque mamá no aceptó quedarse sin mi. Ese señor no tiene madera para padre, no me tiene paciencia ni le importo.
Pero tiene dinero, Ethel.
No pues que dicha ser hija suya por el dinero que podría gastar de no ser por qué no se ni que comprar.
No seas pesimista, podría conseguirte un buen partido, un hombre que te ame y te respete.
Ush no, dónde ese señor me comprometa como si fueran los años mil seiscientos le haré la vida imposible, yo no soy un objeto que pueda usar como le plazca.
Tomo una almohada y salgo de aquella seca y horrible habitación de los horrores.
— Ma, ¿estás despierta?—preguntó tocando la puerta de su habitación.
La puerta se abre lentamente, ella al igual que yo aparece en bata de seda con una mascarilla de pepino en la cara y una copa de vino en la mano.
Soldada caída.
¡No! Ella no puede caer en los lujos, ella mismo dijo que no los quería pero está usándolos.
—¿Pasa algo? ¿Tu cama no es cómoda?—inquiere sorprendida.
— Es cómoda, como dormir sobre una nube de ansiedad—masculló entrando sin permiso—. Esa habitación me mira feo, mamá. Hay un candelabro que cruje como si supiera mis secretos.
— Es solo una lámpara, mi amor.—Cierra la puerta tras de sí.
— No, mamá, es una amenaza colgante y el baño tiene más personalidad y clase que yo. Me siento como si me estuviera cepillando los dientes en una catedral.
Dejó caer la almohada en su cama y me arropó con su sábana estresada de todo esto. No me gusta esta vida, solo quiero que esto termine.
Mi madre se sienta en la cama a mi lado, quitándose la mascarilla, acomodo las sábanas como si huyera de un fantasma con tarjeta de crédito.
— ¿Y el colchón con control de temperatura? ¿No te gusta?—cuestiona riendo.
Con razón sentía un calor infernal en la espalda, esa cosa casi me la quema y iba a ser carne de tajo quemada.
— Fíjate que me dijo: bienvenida al infierno de los ricos—imito la voz de una asistente virtual—. No quiero dormir ahí, quiero dormir contigo como antes.
Mamá está muy relajada para como estaba en la mañana cuando empezó mi desgracia, no creo que esté resignada a vivir así. La conozco como a mi cuerpo cuando me dicen que voy a salir anémica.
Ella me mira con ternura. Se mete a la cama también, apagando la lámpara de noche a su lado dejando el pequeño proyector con la imagen de una de esas ventanas medievales encendida con sonidos de lluvia de fondo.
Sabe que eso me tranquiliza mucho.
— Extrañaba esto. —Me abraza.
— Yo también —bostezo— aunque si mañana me despierto y hay un mayordomo ofreciéndome jugo de naranja premium, juro que grito.—Ella ríe en voz baja.
Extraño cuando solo éramos nosotras dos y nadie más, cuando era pequeña solía dormir en la misma cama que ella, me gustaba pegar la cabeza en su pecho y oír los latidos de su corazón, eso me hacía sentir acompañada y que había alguien que respiraba junto a mi.
— Entonces le diré que lo sirva en silencio.—Bromea acariciando mi cabello.
— Gracias por no dejar que me convirtiera en afiche coleccionable de pole dance abandonado—dejó escapar una risita—, esta casa es bonita pero no tiene alma.
— Tú se la estás devolviendo.—Susurra en mi oído.
La habitación está en penumbra únicamente iluminada por la imagen del proyector y los sonidos de lluvia, los latidos de su corazón vibrando con los míos, todo perfecto hasta que se escucha un golpe fuerte que nos saca a las dos de nuestro momento.
La puerta se abre de golpe y el Anticristo entra con bata de seda negra como su pinche alma, cara de villano herido y voz de trueno contenido.
—¿Se puede saber por qué mi esposa no está durmiendo en nuestra habitación?—vocifera con tono teatral.
Mamá se incorpora, sobresaltada, yo me siento de golpe, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados porque ya me estaba quedando dormida.