Marco
Me encuentro solo en la habitación que está en penumbra, iluminada apenas por la lámpara de escritorio.
Sirvo un vaso de whisky con hielo escuchando el cristal tintinear. Camino de un lado a otro como un león encerrado en su propia jaula limpia y pulcra pero sola.
Diecisiete años. Diecisiete malditos años y ni una palabra, ni una carta, ni una bendita pista de dónde podría haber estado metida, ahora aparece con esa cosa que se hace llamar hija mía.
Debo admitir que Isabela es muy lista, ella supo esconderse de mi por bastante tiempo sin necesidad de usar dinero que es lo que más nos sobra, hizo su vida y se nota que estaba feliz sin mi.
La amo y admiro al mismo tiempo pero también éstoy enojado por tener que lidiar con un dolor de cabeza más, debí haber usado protección.
Me detengo frente al retrato que compartimos Isabela y yo de jóvenes, más exactamente de cuando recién nos habían comprometido, colgado sobre la chimenea de mi oficina.
La observó con una mezcla de nostalgia y rabia por la sorpresa que me dió.
¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Aplaudir? ¿Fingir que no me acaban de lanzar una hija como si fuera un paquete extraviado?
Desearía que lo fuera, esa mocosa me cae como el averno. La detesto, mi vida ya era complicada con ese par de dos bochincheros que me sacaban canas verdes y la adicta a las apuestas con la que me casaron que casi me deja en la quiebra no una ni dos, sino ocho veces en clubes clandestinos.
Doy un trago largo sintiendo el hielo crujir.
Claro, según ella todo es odio y reencuentro. Pero nadie me pregunta si yo quería otro parásito en esta casa. Ya tenía suficientes como para que me dieran otro.
Me dejo caer en el sillón de cuero exhalando con fuerza masajeando mi cabeza que está a punto de reventar del coraje que me da esa escuincla envidiosa.
Esto iba a ser simple, yo, Isabela y los otros dos cuando se dignaran a aparecer. Que tampoco es que se pasen por aquí, llevo siete años sin verlos a ellos y diecisiete a Bela.
Ahora que la encontré me cae del cielo una adolescente con mi cara y su carácter como si el universo me estuviera castigando por algo que ni recuerdo haber hecho. ¿Qué pecado cometí para ser tan desdichado?
Pasó la mano por el rostro, frustrado dejando salir una carcajada seca sin humor.
Esa niña no sabe lo que puede perder con esa sarcasmo, aunque claro, se nota que Isa no le puso límites antes porque la mocosa maldice lo que tenga alrededor por más costosa que sea y encima me insulta.
Me llama anticristo. Me dice vejestorio. En mi casa con mis muebles y con mi apellido que ni siquiera pidió. Bueno…los apellidos de Isabela porque si le hubiera puesto los míos desde hace tiempo la hubiera encontrado más facil.
Esa es una cualidad de ella que me cautivo desde el primer momento que la conocí, Bela es muy buena para socializar y es una perfecta mentirosa que engaña a todos con su sonrisa radiante además que es muy buena para los acertijos y juegos mentales.
Soy algo masoquista, culpable.
Me pongo de pie de golpe con el vaso en la mano temblando del enojo que me da recordar al parásito chupasangre que está durmiendo al lado de mi esposa.
Mía
Esto no era parte del trato ni se mencionó siquiera en los votos de la boda.
— Tú y yo, eso era todo.—Murmuró al aire recostado en el sofá de cuero.
No esa criatura con lengua de cuchilla y ojos que me juzgan como si supiera algo de mí. Esa niña ya me la pueden presentar como hija mía o como cría del mismísimo Lucifer pero yo no la voy a estar aguantando debalde.
Solo se escucha el tic-tac del reloj de pared viéndome burlonamente en mi desgracia. ¿En qué momento pasé de ser un hombre de familia a dormir en mi oficina lejos de una adolescente?
Recuerda que está poseída, llévala a la iglesia y dile al padre Miguel que la destierre de nuevo a los confines del infierno donde salió, así de simple te deshaces de ella.
Estoy solo como Scrooge, el vaso de whisky está vacío sin una sola gota. La bata la tengo abierta porque el coraje que tengo aumenta mi temperatura como si estuviera en el Sahara.
El cabello despeinado de tanto jalarlo y pasar la mano desesperado, camino de un lado a otro como un animal enjaulado mascullando con los ojos encendidos de rabia contenida.
Una mocosa, una mocosa con mi cara y la lengua de su madre es la cereza del pastel. ¿Y ahora resulta que tengo que agradecer su existencia?. ¿Celebrar que me cayó del cielo una versión adolescente de mis peores defectos?
Me detengo frente al espejo mirando el cansancio que me ha estado carcomiendo desde hace más de diez años. Me estoy volviendo viejo, más de lo que me gustaría admitir. ¡Y esa niña me lo recuerda a cada rato!
Ni los otros dos demonios me dieron tanto dolor de cabeza. Y eso que uno se fugó con una artista conceptual y el otro me bloqueó hasta del correo electrónico. Pero esta criatura infernal lleva un día aquí y ya me ha llamado vejestorio, anticristo y mueble antiguo. ¡En mi casa!