Ethel
La encuentro sentada en un sillón fino con un libro en la mano y un vaso de agua a lado.
Espero un momento y al cerciorarme de que está bien centrada en su lectura; aprovecho a cumplir mi objetivo y salir de aquí.
Un grito me detiene.
Un paso en seco.
Retroceso y voy a la sala donde está ella.
— ¡Ethel! —vocifera mi madre sin perder su concentración.
— ¿Si, mamá? —respondo fingiendo demencia.
Ya vali queso.
— Salir por la puerta principal no te servirá de nada.—Responde levantando la vista.
Arqueo la ceja y poso mi mano en mi pecho.
Fingo estar ofendida porque debo despistarla.
— ¿De que hablas, ma? Yo solo pasaba y ...
Ella me corta quitándose los lentes.
— Aja, y tengo veinte años, no me mientas que te conozco como tú a mi. —Resuella sin quitarme la mirada.
— Bien —bufo molesta— quería escapar ¿ok? No me gusta estar aquí y no quiero pasar mis últimos días encerrada.
Ella deja el libro en la mesa.
Se levanta y acomoda las mangas.
— Te digo que por enfrente es mala idea a esta hora, vamos al jardín. —Me hace señas.
Me quedo boquiabierta al oírla decir eso, ¿me está ayudando? Esque la amo como no tiene idea.
Ella es una mujer lista aunque no parezca.
Mamá y yo observamos los alrededores esperando que no haya nadie.
No conozco está casa pero ella si, asi que será mejor no perderle la vista de encima si no quiero perderme.
— En esa pared detrás de los arbustos hay un hueco por el que cabemos, cruza primero. —Indica dándome la mano.
Muevo los arbustos agachándome para ver el hueco que es grande.
En esta casa están ciegos para no verlo.
Gateo por el hoyo esperando que logré pasar.
No es por presumir pero tengo mala fama con los lugares estrechos.
Cuando estoy del otro lado le hago una señal a mamá para que cruce.
— Wow mamá, ¿cómo sabías que estaba aquí? —pregunto asombrada de nuestro escape.
— Lleva años, nadie lo arregla por qué no suelen venir hasta aquí ni para las fiestas. —Revela limpiandose el pantalón.
Ambas nos vemos como preguntando: “¿Ahora que?”.
Siendo honesta estaba más empeñada en salir que en que voy a hacer. Don sonrisas no nos ha dejado salir ni le gusta verme cerca de mamá, pero como ella se le opone entonces no le queda de otra.
Tengo los días contados, según tengo entendido empiezo clases la semana que viene y será en el Instituto Madre Trinidad donde ha estudiado la mitad de la familia sonrisitas.
Es un colegio religioso voy a tener que usar falda obligatoriamente, lo único que me tranquiliza un poco es que Theodore estará ahí conmigo así que tendré a una cara conocida.
— ¿A dónde vamos, mami?—Pregunto mientras caminamos por la acera.
— Dónde tú quieras, con tal volvamos antes de las cinco no hay problema.—Indica voltando a los lados para cruzar la calle.
La zona donde viveremos de ahora en adelante es de gente de alcurnia, a dónde voltees hasta las piedras tienen clase social. Observo los lujosos autos que van y vienen mientras hay gente en los corredores de sus que parecen patio bien cuidado.
No como el del colegio técnico, a nosotros nos hacían limpiarlo para que después volvieran a ensuciarlo.
— Tenemos seis horas, podemos ir a la plaza más cerca si quieres.—Dice mamá tomándome de la mano para cruzar conmigo.
Me da cosa hacerlo sola, ella sabe que si lo hago es probable que me caiga y me atropellen. Ya me pasó una vez, no quiero volver a sentir eso.
— Pero no tenemos nada de dinero mamá—pronuncio al recordar que no traemos bolso—, ¿con que vamos a pagar?
Podría usar mi teléfono, ¿el problema? Lo deje. Y no creo que ella tenga el suyo, no ví que lo tomara antes de irnos.
— Ah, eso, no te preocupes yo me encargo.—Ladea una sonrisa.
El asfalto quema a pesar de que tenemos zapatos, el calor es inmenso en estas fechas y no me vendría mal algún café frío o una chocolatada.
Entramos a una cafetería moderna con luces parpadeantes y mármoles nítidos, el aire acondicionado refresca la calor que sentíamos afuera, caminamos hasta aquí y fueron como diez o ocho minutos.
— ¿Que vas a pedir?—Mamá se gira hacia mi sacando una tarjeta de su bolsillo.
¿De dónde la ha sacado?
— ¿De dónde sacaste eso, mamá?—cuestiono al verla alzarla.
— No preguntes, no es la primera vez que lo he hecho.—Rueda los ojos molesta por mis preguntas.
— ¿Puedo pedir lo que quiera sin...límites?—insinuo perpleja.