Ethel
— Ese le queda espectacular, se ajusta a sus curvas y entalla la cintura.—Explica la vendedora socarona.
Está nada más está diciendo eso para que mamá le compre el vestido que me hizo probarme a la fuerza. ¿Cuáles curvas? ¿Las de mi pelo o que? Soy mi mayor hater a la vez.
—¿Cómo te sientes?—Pregunta mamá observando el vestido.
— Como los de tránsito en la noche con los chacelos brillantes.—Suelto analizando mi figura.
Odio el rosa eléctrico, me gusta el color pero en tonos pasteles y bajos, no en estos chillantes que pareciera que voy al antro a las diez de la noche y lo uso para que me noten en la oscuridad.
— Tienes razón—admite—, aunque ellos no usarían este color espantoso.—Murmura para si misma.
La vendedora se nos queda viendo con cara de: “no quiero estar aquí”. Mamá se gira a la señora y le indica que nos traiga otro vestido al igual que conjuntos de ropa. Extraño mis camisetas holgadas y oversize.
Ahora tengo que usar vestidos, faldas y blazers, en la vida había pensado usar esto pero dadas las circunstancias debo hacerlo o me separan de mi madre.
Esto es chantaje emocional.
— Parezco una cacatúa con estos vestidos, ma.—Reniego dejándome caer sobre el silloncito.
Ella sigue viendo ropa, toma de la percha algunas prendas, me las prueba por encima y analiza como se acentúa con mis rasgos.
— Demasiado frío.—Tuerce el labio y la vuelve a colgar.
— Ya me quiero ir.—Grito exagerada.
— ¿No que no querías estar en casa?—señala ladeando la cabeza.
— En mi casa si, en esa mansión del horror no.—Admito.
— Ya fue, Ethel, mis vacaciones se acabaron.—Balbucea quedando pensativa.
Blanqueo los ojos pegando la frente entre las piernas arqueando la espalda. Aquí si hace calor y eso que es una boutique con precios cero razonables.
— ¡Ese está precioso!—Exclama de forma peculiar.
Alzo la vista hacia el vestido colgado en un maniqui. Volteo hacia ella y veo sus ojos brillando con una chispa de solución.
— Te lo vas a probar.—Sentencia sin cuestionar.
Una mezcla suave de rosa claro y dorado que le da un aire delicado y sofisticado que brilla con una textura tipo tul brillante, lo que le aporta ligereza y un efecto etéreo.
El escote corazón con mangas caídas que dejan mis hombros al descubierto dejan ver más de lo que suelo mostrar y la falda amplia y fluida cae hasta el suelo haciéndome ver más alta de lo que soy.
Me encanta, es muy yo.
— Nos lo llevaremos, también los tres conjuntos anteriores y las medias de humo.—Mamá se dilata por un momento.
Llevan a la ropa a caja donde ella paga y salimos con un montón de bolsas llenas de ropa y cosas que no pedí pero que según ella son indispensables.
— Deberíamos volver, son las cuatro y media.—Digo viendo el reloj que me compro.
Mamá se encoge de hombros dándole otro sorbo a su batido.
— O podríamos dar una última vuelta como cuando eras pequeña.—Sugiere casi insistente.
Y se supone que soy yo la vaga.
— ¿Dónde? No conozco ningún parque aquí cerca, perdón, no conozco este lugar.—Manifiesto absuelta de remordimiento.
— Bueno, ya conoces algunos lugares que te mostré y como salir sin ser vista, hay un parque cerca de la mansión, solía ir bastante cuando tenía tu edad.—Revela como distracción.
— Entonces vamos, con tal solo seamos tu y yo.—Vocifero saltando sobre la acera.
Llegamos al parque —que parece más vivero de Hogwarts— algo desolado, hay gente corriendo y otros paseando a sus perros pero no veo a gente de mi edad o niños jugar, es hermoso pero apagado.
— ¿Por qué no hay casi nadie?—Observo impertunada.
— No lo sé, no he venido en más de diecisiete años.—Reconoce sentándose en la banca junto a mi.
— Es maravilloso, tranquilo y fresco.—Remarco haciéndome para atrás.
— Cuando necesites concéntrarte o quieras tener un momento a solas ya sabes que este lugar está aquí.—Informa tomando mi mejilla entre sus dedos.
El momento se ve interrumpido abruptamente por el rugido de un motor furioso de un auto que se estaciona fuera del parque. Ambas nos levantamos de golpe al ver quien es que sale de el. Anticristo baja del auto con furia, con ganas de destruir a su paso.
Deberían llevarlo a un manicomio.
— ¡¿Se puede saber que haces aquí?!—Le grita a mamá.
Ella no se inmuta, se mantiene fría y al límite dejando ver que no le afecta en nada.
— Mmm, déjame pensar—ella decae la cabeza en la mano—, ¿en una salida con mi hija?—responde finalmente.
Mamá toma mi mano y me susurra al oído que tomemos las cosas para irnos. No quiero volver más ahora que el está así de furioso, pero no puedo dejarla sola más cuando lo hizo por mi.