No vuelvas con el Mamá

Capitulo 22: Me estoy...¡Encariñando!

Marco

¿A quien éstoy viendo? Ver a mi hija con ese uniforme y arreglada así me hizo sentir un largo deja vu, por un momento me pareció ver a Bela, la que no me odiaba, bajando esas escaleras.

Yo no supe que hacer al verlas bajar las escaleras, Isabela y Ethel no se parecen físicamente, pero, Ethel es como ella en sus gestos y acciones, tiene su carácter, su explosividad pero también tiene algo de su gentileza.

Eso se le nota en la forma en la que se disculpa con los empleados y trata de dirigirse a ellos pese a que estos le huyen. Isabela me ha dejado muy en claro noche tras noche, día tras día, lo importante que esa niña es para ella.

Con decir que me hecho de mi propia casa por un pequeño descuido de mi parte.

Pequeño, claro, tan pequeño que casi te cuesta la vida de tu engendro.

Accedí a acompañarlas a la escuela hoy porque mi esposa me lo pidió, y si de por si ella no es mucho de pedirme cosas, no me pude negar por la culpa que aún me carcomía, y también porque no hay cosas que le pueda negar a esos ojos marrones que me fascinan.

Pese a que no quiero demostrarlo, me he encontrado viendo a esa mocosa más de una vez de reojo, no lo sé, pero no puedo quitarle la mirada de encima sin sentir está opresión extraña en mi pecho, como si no pudiera estar tranquilo sabiendo qué no estará vigilada.

Debe ser lo traumado que me quedé despues de que casi se suicida, si, eso debe ser.

— ¿Cómo la ves?—Me pregunta mi esposa antes de salir.

— ¿Cómo así?—inquiero desconcertado—.Yo la miro normal.

— Esque de verdad eres increíble, imbecil—insulta Bela—, ¿de tanto trabajar se te vencieron las neuronas?

— Vale, si, se ve bonita, ¿contenta?—ella niega con la cabeza pero al menos sonríe.

— ¿Bonita? Se ve hermosa, admitelo.—Isabela se inclina en su vanidad tomando una pequeña caja fina de color aqua.

— Ya lo dijiste tu, no tengo por qué hacerlo.—Digo inconsciente, mi esposa se sobresalta al oirlo.

— ¡Aja! Si lo crees.—Refuta emocionada.

Yo y mi bocota, quiero replicar, quiero decir que eso no lo dije yo sino que salió solo sin razón alguna, pero verla así, feliz y alegre por el pequeño favor que le hago a esa mocosa con halagarla.

— Mejor vámonos, no querrás que llegue tarde y la mandé con Zepeda—un escalofrío me recorre al recordar la mirada frívola de ese señor—, fue difícil verlo a los ojos después de veinte y seis años.

— ¿Todavía le temes?—Pregunta ella conteniendo su risa.

Chistosita.

— ¿Después de que casi me expulsa, encontró a mi hermana teniendo relaciones en uno de los baños, y de desquitarselas conmigo cuando mi hermano le grafiteo la oficina? No, eso ya pasó.—Ruedo los ojos incapaz de recordar todo eso.

— También añádele de que te echo la culpa de las travesuras de Ilan cuando te llamaba.—Añade Isabela cruzandose de brazos y viéndome con su cara de: “me sabe a qué no, todavía le temes”.

— No ayudas, María.—Refunfuño obligandome a no recordar las veces que casi no la cuento con ese anciano decrépito.

Mi esposa termina de arreglarse quedando más bella de lo que es, Isabela tiene eso de que todo le queda bien a pesar de su lenguaje de camionero y su actitud, pese a eso ella siempre fue la ideal para mí, me encanta que me lleve la contraria aunque despues las pago yo.

— ¿Y tú regalo?—Bela señala la caja pequeña que tengo en mi escritorio.

— Aquí está, ¿que crees que voy a hacer? ¿comérmelo?

— ¿Quieres dormir solo?

— ¿Cómo piensas que voy a dejar el regalo de mi hija por su primer día de clases?—Cuestiono fingiendo una sonrisa— mejor bajemos ya, que mi adolescente poseida debe estar comiéndose las uñas.

— No está poseida, Marco, hasta donde se...

Los dos nos quedamos viendo sin saber que decir, a genial, hasta a ella se el acaban los argumentos para defenderla cuando su parece estar endemoniada, no importa, el sábado se le quuta cuando vayamos a Misa.

— Patrón, ya es hora.—Anuncia Leonardo interrumpiendo.

Tomo la caja con el regalo de mi engendro, esto solo es por tradición, me repito a mi mismo para no confundirme. En la familia de la Barrera es normal darle un obsequio a cada miembro en su primer día en el instituto, Ethel es la primera en recibirlo a los diecisiete puesto que todos empezamos a los doce.

— Solo mírala, es fuerte.—Murmua mi esposa contemplando a nuestra hija.

Si, fuerte pero en el mal.

— Y agresiva, si llaman por qué se agarró a garrotes con alguien irás tu—espeto firme—, no vuelvo a pisar esa institución ni porque me lo pidas.

— Ya estuvo un buen, supéralo, Zepeda no te va a pegar porque tú hija se defienda.

— Hay cosas en la vida que no son negociables, Bela, y yo verlo a el es una.—Dejo entender.

— ¡Mamá!—Grita esa esquincla corriendo a los brazos de mi esposa—, me siento mal, creo que tengo fiebre.

Estupendo, lo que faltaba, que ahora finga estar enferma para faltar, no, yo a Zepeda no lo vuelvo a ver en la vida.




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