Ethel
Yo puedo.
Puedo hacerlo.
Yo...no quiero hacerlo.
¡No quiero ir! Hoy es mi primer día en un internado de mala fresa, ¿a dónde me van a tirar? No he visto como es el instituto y ni quiero hacerlo, estaba a gusto durmiendo—de nuevo en la mansión del horror—cuando escuché la voz de alguien y me levanté pegandome en la cabeza.
Le pegue fuerte a una sirvienta que me estaba levantando y que ahora me teme, genial, otra para la lista negra. Renegue cada que tuve oportunidad, lloré, grité, patale y me enfureci por sacrificar mi preciado tiempo lejos de mi madre y comenzando desde cero.
Al salir del baño—con más personalidad que yo— casi me resbaló por lo liso que está el suelo, ya vamos mal.
Oh bueno, no tan mal.
— Buenos días, mi amor.—Saluda mamá sentada en la cama.
Ella extiende los brazos con gracia, las piernas cruzadas y su radiante sonrisa que me tranquiliza, hoy si que está totalmente diferente a como se viste otros días, hoy va más elegante, de una forma que no se la había visto antes, está usando hasta joyería que, pese a no ser tan llamativa o grande, le sientan fantástico.
— ¡Mami!—Grito acercándome a ella, a mi madre no parece molestarle el echo de que tengo el cabello mojado.
Ella me abraza dándole palmaditas a mi espalda, por más que desee no ir, no quiero que ella se sacrifice por mi negociando con ese demonio, soy consciente de que ella pudo haber intervenido y resultar efectivo pero me negué.
No quiero que ella haga más por mi, ahora soy yo quien debe hacer por ella, y si asistir a ese manicomio me asegura poder mantenerme a su lado entonces iré.
— ¿Necesitas ayuda porque no puedes arreglarte por tu cuenta, no?—Asiento ante eso, mamá todo lo sabe y todo lo ve.
Con ella no es posible esconder nada porque siempre se enterara tarde o temprano.
— No tengo ganas de nada, ma, pero que tú me ayudes me gustaría bastante.
Mi madre se levanta de la cama tomándome por los hombros, me hace retroceder hasta el vestidor donde de un tirón me quita la toalla.
— ¡Hey!
— ¿Hey que? A ti te seguía vistiendo a los siete porque no sabías ponerte bien el uniforme—refunfuña— mete bien el brazo.
— ¿Eres mi madre, niñera o sirvienta? No necesito que me ayudes a cambiarme, cuando dije que si quería que me ayudarás no pensé que a cambiarme, crei que me ayudarias a peinarme.
— Debes ir impecable—mamá desliza el vestido por mi cabeza—, son estrictos y buscarán cualquier excusa para provocarte.
— Al menos es bonito.—Me veo al espejo, este y uniforme es agradable.
No es el mejor que haya visto en la vida, tampoco algo que usaría seguido, aunque ahora sí, pero es tolerable. Una camisa blanca de mangas con cuello que me asfixia, un pinafore rojo con pliegues largo.
Un cinturón decorativo y bordados en el corpiño del vestido, este mismo me hace cuestiónar si de verdad me miró bien con el puesto que no me creo que me sienta bien.
— ¿Que quieres que te haga en el cabello?—Me pregunta ella sentandome en la silla frente a la vanidad.
Se que tengo un rostro agraciado, y la forma en la que me peino influye mucho en como este resalta, pero no quiero llamar la atención de TODOS a mi alrededor.
— El cabello suelto o una trenza, lo que se te haga más fácil.
Mamá empieza a desenredar mi cabello con una fuerza que me hace para atrás, debo sujetarme con fuerza de la silla para no irme hacia atras, mi cabello es rebelde como el de ella.
Otra cosa heredada.
Al menos no fue de el.
— Respira amor—indica mi madre frente a mi separando mi fleco—. No dejes que los nervios te consuman, Ethel, lección tres capitulo cinco, ¿lo recuerdas?
— Si—trago saliva calmando algo de mis nervios—. Si eliges temer el miedo gana, si eliges continuar, avanzas—cito.
— Y tú vas a avanzar hoy.—Incita ella terminando.
Mamá se separa de mi dejándome ver mi reflejo, ¿quien es que veo allí? Soy yo, pero este look me gusta más, el cabello atado en una coleta alta con bangs en el rostro. Me veo genial.
— Me encanta, ma—la abrazo besando su mejilla.
Mi madre deja salir una risita dulce a la cual me uno, de toda mi situación, tenerla aquí conmigo y siendo mi apoyo diario me reconforta cuando no quiero seguir.
— Será mejor que bajemos ahora, Marco nos está esperando en el comedor.—Anuncia entorpeciendo el momento.
Aveces se me olvida que ese demonio existe, según yo ya se había muerto pero ni modo, estoy muy joven para ir a la cárcel y no creo que mamá quiera otra pelea, me hizo tragarme el orgullo para pedirle perdón.
Solo lo hice por ella y sus galletas, de ahí no lo hubiera hecho.
Bajando las escaleras diviso a una figura parada de brazos cruzados que estaba por subir, Anticristo se congela como si hubiera visto a un fantasma, cuando es el, el no me quita la mirada de encima como si estuviera viviendo algo en su cabeza.