Isabela
— Pero si es...—una voz detrás de mi se acerca.
Esa horrible voz yo la conozco, maldición, ¿ahora que más me falta? Me doy la vuelta con la elegancia de una dama manteniendo el semblante serio, no me gusta actúar así pero debo hacerlo por sobrevivir.
— Larissa, cuánto tiempo sin verte.—Fingo sorpresa puesto que esta mujer me cae de la mierda.
¿Porque no se ha muerto aún?
— Pero si es nuestra querida Isabela Paz—canturrea aplaudiendo—, o mejor dicho, Isabela de la Barrera, la desaparecida.
Volteo a los lados asegurándome de que no hay nadie, no deseo que Ethel tenga que ver esto de mi parte porque ya le fui suficiente mala influencia como para incitarla más a la violencia.
Mi hija tiene principios.
— ¿A dónde te fuiste por tanto tanto tiempo que pensamos que estabas muerta?
Que fastidio tener que explicarle a ella, no, pero esque no debería, ¿me cae bien? No, ¿es de confiar? Mmm, nop, tampoco.
— Por ahí en algún lado, ya sabes, lejos de...las mentiras y envidia.—Respondo serena, no debo impertunar mi paciencia tan temprano.
— Oh vaya, muy cierto—Larissa camina en círculos alrededor de mi con una tediosidad provocadora—. Sigo sin entenderte, ¿para que irse teniéndolo todo por nada? Si hubiera sido yo, jamás le hubiera roto el corazón así.
Ah, ya, a eso se debe esto, me cae que esta mujer no supera nada. Con una vez que Marco le haya dicho algo bonito y ella misma se auto ilusionara no es para que me culpe de que no la hayan amado.
La envidia está perra.
— Lariu, aquí el único corazón roto que aún se nota es el tuyo, no voy a darte un discurso emotivo del amor, que va, eso no me viene, pero si te diré que tú “si hubiera” nunca fue para el, ¿quien sabe? Tal vez siguen esperando por ti.
— ¿Tu que? Solo eres una cara bonita de su agrado, lo tuyo no fue oportunidad, lo tuyo solo fue por qué tú familia así lo quiso, de lo contrario la historia hubiera sido muy diferente.
— Ah, vaya, si eres capaz de razónar una vez en tus cuarenta y cuatro años...
— Isabe-
— Un momento, por favor—atiendo mi teléfono con una llamada entrante de mi trabajo, maldición, se me hace tarde.
Iba a darle unas indicaciones a Zepeda y también debía asegurarme que el dos por uno no hicieran alguna tontería, quien sabe de que son capaces los jóvenes de hoy en día.
Si alguno de ellos interviene, los desheredo y les daré su buen escobazo, me vale comino si parezco desmadrada, la culpa la tiene el padre por ser tan alcahueto con sus crías.
Perdón, aveces se me sale lo vago como a mi hija.
— Nos vemos luego, Lariu—me burlo de ella de manera pacífica.
A Larissa jamás le ha gustado que le digan Lariu, quizá sea por qué así le decían al perro del conserje y según ella, era humillante ser apodada como un animal peludo de cuatro patas, que en su defensa, caía mejor que ella.
Cuando de aspectos románticos hablo no me gusta ser pesimista, con los años aprendí que solo existe el si y el no, el tal vez si o quizás no, no existen en la formula del amor o la vida. Todo tiene un inicio y un fin, vida y muerte, juventud y vejez.
Parece una lección facil de aprender pero difícil de entender, de todas maneras ya terminé como maestra de la chiquilla que di a luz y el combo sorpresa que me enseñó que soy pesima en la cocina normal.
Me gusta más la repostería.
Me di cuenta de eso después de incendiar la cocina de la casa tratando de preparar algo tan simple como quesadillas.
— Vaya, está vez me esperaste —le digo a Marco que se mantiene sereno pero le noto la preocupación.
Cómo no, después de que casi deja que su hija se matará y lo reprendiera, le da miedo que la vuelva a hacer.
El dice que no, pero hasta yo veo que se está encariñando con ella, los vínculos y lazos así son, salvó que a él le llegó algo tarde, sigo preguntandome si las cosas hubieran sido diferentes, ¿ella seguiria libre? No tengo problemas en dejar a un lado mi libertad por mi familia pero...aveces dudo de si ellos harían lo mismo entre si.
— ¿Por qué no iba de hacerlo? Tienes una muy mala imagen de mi—murmura tecleando en la laptop.
Ahí está de nuevo el robot orgulloso.
Y se queja de que la necia soy yo.
— Es la que tú me diste—me encogo de hombros.
— Tu me pegabas y sobreexplotabas de pequeño, me sacrificabas involuntariamente, y pese a eso, te sigo viendo con los mismos ojos—Marco levanta la mirada con algo de rencor.
— No me arrepiento de nada —rio bajito, de veras que soy tremenda.
— Eres malvada—suspira—, mi malvada.
— Distancia, Marquito, no pienses que lo de nosotros está del todo arreglado, accedí a pasar algo de tiempo contigo con la condición de que pasarás los fines de semana con ella y la ayudarás—le recuerdo fijando la mirada en la ventana.
En realidad no me molesta pasar tiempo con el, pero tiene que entender a Ethel, si me entiende a mi, puede tomarle el ritmo a ella. Mi hija y yo no somos tan diferentes en pensar o pasatiempos.