Ethel
Entrar a este colegio se siente como aterrizar en un planeta desconocido, antes iba a uno normal donde la mayor atracción era la máquina de refrescos que funcionaba con maña o cuando le daba la gana, eso sí no se comía tu billete o tus monedas.
Ahora estoy en un ambiente totalmente diferente, con jardines de alcurnia que parecieran haber sido podamos por duendes obsesivos-compulsivos. Theo está a mi lado dándome un tour por este reformatorio santa unción para que te duela hasta en la unión, si algún día me llegó a casar buscaré no hacerlo alrededor de gente así.
Los pasillos huelen a perfume caro rancio mezclado con pretensión, si bien, casi todos vestimos el mismo uniforme con ligeras diferencias, los de ellas parecen planchados con rayo laser. Parezco un sticker mal pegado. Lo positivo es que apoyo es lo que menos me falta, mamá me respaldo como mi representante personal con su “tu puedes con todo, amor”.
Anticristo...bueno, el existe, el me recuerda a las diapositivas blancas que nada más están ahí para hacer algo.
Si, pero las que dejó vacias
— ¿Estás bien? Te tambaleas mucho—la voz de Theo me saca de mi cordura.
— ¿Te parece que lo estoy?—señalo mi rostro con el cejo fruncido—, no seas idiota y lee los gestos, bufón.
— Agresiva, te deberían exorcisar el demonio.
— Si eso me libra de estar aquí con gusto asisto—refunfuño sintiendo mi piel erizarse.
Hay algo que me mantiene alerta, ese presentimiento que me altera por qué algo va a pasar, como las lecciones de mamá y esas leyes de la física y no me acuerdo que más.
La ley de Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal
La saliva apenas y me pasa por eso mismo, quisiera tener a mi madre aquí y ahora pero no puedo, estoy por mi cuenta en este manicomio. Sigo pensando firmemente que las escuelas son manicomios para los estudiantes donde los padres nos envían por no soportar creatividad y libertad de expresión.
— Lo gracioso es que aquí todo parece manual de instrucciones—comenta mi mejor amigo—. Desde caminar, reir y hasta brincar con gracia y fe.
— Hay, mira que bonito eso, si de por sí yo me rehusó a andar con sandalias en mi casa si me piden sonreír como comercial de Colgate voy a hacer una mueca que sería hasta una ofensa para los propios memes—agudizo con voz quejumbrosa.
Ya me dió pena.
— Ofensa no, sería pecado, una blasfemia para los memes propios—le lanzó una mirada de aguja a Theodore que lo hace atorarse con su saliva.
La sensación que me da es rara, mezcla de los nervios, curiosidad y reírme de lo ridículo. Cómo un zoológico humano los leones usan mocasines y las jirafas bolsas de diseñador. Me siento como una intrusa con credencial oficial, me vale pimienta si pertenezco o no.
—Llegamos—anuncia el deteniéndose frente a la puerta de un salón con el número 11-U
Que chiste, la puerta del diablo disfrazada de un mural decorativo para San Valentín, lo que este detrás de esa pinche puerta será preocupante, no quiero ni ver si se comen los mocos o presumen un perfume de cincuenta mil pesos que te gasta a la semana.
— Respira, yo estoy aquí contigo ¿si? —sonrie con esa calma que me reconforta parecida a la de mi madre—. Cuando menos te lo esperes ya habremos terminado y podemos ir a dar una vuelta si te sirve de algo, como antes.
— Eso me gusta —me limito a decir, quiero decir más pero el nervio me gana y solo siento como parte del cuerpo me tiembla que, si no se es buen observador, no se notaría.
Theo abre la puerta con una lentitud que me frustra pero que a su vez agradezco, al abrirla completamente no eh ni dado dos pasos cuando unos gritos me descolocan y un libro vuela a la velocidad de un proyectil que me obliga a reaccionar rápido para que no me pegue en la cara.
— ¡Cuidado!—chilla alguien.
El libro termina impactando con el vidrio de la puerta la cual tiembla al recibir la fuerza del impacto, un silencioso ensordecedor se planta en el salón de clases clavando todas las miradas en mi, más pequeña no quisiera sentirme pero mi ego me gana y no muestro timidez pero tampoco confíanza.
La timidez es un disfraz y la confianza se gana, muestras una y siempre usan la otra para clavartela por la espalda.
Esa ya me la se.
— ¡Chica nueva!—vocifera una de las chicas sentadas en un pupitre.
— ¡Se rompió la maldición de los monos!—brinca otra siendo aplaudida por las demás.
¿Maldición de los monos? En mi vida había oído algo así.
— ¿Y está preciosura quien es?—resuella un chico parado al lado del escritorio.
Hombre, este parece de catorce.
— Ey ey, para atrás Henry—le ordena Theodore al chico—, es la nueva ¿que no ves?
Hay pocos en este salón, solo hay quince sillas y por las decoraciones infiero que se trata de al menos seis chicas y nueve chicos. Dos de ellas no me dejan ni termina de analizar cuando ya me toman de los brazos, me quitan la mochila y me arrastran con ellas fuera del salón.
— Las demás tiene que conocerte, al fin rompes la maldición del mono—murmura una extasiada como si nunca hubiera visto a otra mujer.