No vuelvas con el Mamá

Capitulo 33: No mataras tu motivacion

Ethel

— ¡Sal de ahí, Miriam!—grita mi madre pegándole a mi puerta como loca.

No le abriré, me traicionó con el enemigo.

La traición se paga con sangre, en nuestro caso, con la ley del hielo.

— Niña, niña, abreme la puerta y déjame entrar—repite mamá está vez más calmada.

— ¡Por nada pienso dejarte entrar!—grito del otro lado de la puerta.

Oigo su ladrido enfurecido como un mosquito en el oído. Está es, por más cerca, la peor discusión que hemos tenido.

— Golpeare y golpeare y la puerta derribare si no me abres—sisea con ferocidad.

Me quedo callada como una ignorante, no cederé, puede gritar lo que desee pero no voy a caer.

Los golpes han cesado, el silencio fuera de mi habitación es uno con el del interior. Mamá debe haberse dado por vencida al ver que no soy fácil de roer.

Mami😾❤️

Si no bajas de tu habitación en cinco minutos, te voy a desheredar y te acordarás de haber nacido.

¿Que tipo de amenaza es esa?

Amenaza con desheredarme a mi, criada en la selva, independiente desde los seis años, honrada de corazón.

A mí, que aprendí a hablar antes que a caminar.

Mami😾❤️

Tres minutos, Ethel, más te vale bajar antes de que se te acabe el tiempo.

Ahora mete presión, tengo miedo, si, pero lo amargo de la traición es más fuerte que ese miedo.

— Que infantil—murmuro desestimando los mensajes—, ¿enserio, mamá?

Baja, si no lo haces será peor para ti y estarás en grandes aprietos.

Mi conciencia pide a gritos que ceda y baje la guardia, no te lo pido de esa forma, hazle caso a tu mamá y si gustas continua ignorandola.

Ahora se mete en mis diálogos internos cuando nadie la llama, típico de mi.

A regañadientes arreglo el nido de ardillas que era mi cabello y abro la puerta sin ningún cuidado, mostrando faceta de adolescente rebelde sin escrúpulos para el mal.

— Si ella no baja yo misma la traeré, me importa un carajo la puerta—oigo a mi madre sentenciarle al demonio con el que se casó.

— No puedes romper puertas cada que un hijo tuyo te saque de quicio, mujer—le espeta el, tranquilo.

— ¿Quieres que te rompa la nariz entonces?—refuta sin escrúpulos.

— Las puertas salen menos costosas que la rinoplastia—murmura—. Mejor sigue con las puertas.

Lobo domesticado

Pensamos mi conciencia y yo al mismo tiempo, es gracioso ver el sufrimiento de tus mayores enemigos, estés o no molesto con ellos.

— Iré por e-

Mamá se da la vuelta pasmada al verme, con la elegancia de una perla y la fiereza de una madre enfadada por repetir sexto grado por sexta vez, se acerca a mi, intimidante.

— Hasta que al fin te dignaste a salir—me recrimina—, ¿La reina del hielo te crío? Por qué no me explico la frialdad tuya.

— Aah—me limito a emitir sonido, cosa que enfurece a Isabela.

— Toma tu mochila, nos vamos—me ordena sujetando mi brazo sin lugar para réplicas.

La servidumbre se queda callada, espectando el teatro que mi madre les ofrece, ella no parece entender la gravedad de lo que hizo.

<< Ni muerta permitiré que se reconcilie con ese Anticristo que me quiere lejos. >>

— No hay por qué hacer tanto drama—objeto abrochando el cinturón.

— Estás actuando más caprichosa de lo que eres, Ethel, ¿por qué te molesta tanto?—busca discernir en mis palabras.

— ¿A ti no te molestaría que tú hija te traicione con el enemigo?—digo, irrefutable.

— Ya no tienes once años para ver a todos como tus posibles enemigos, además no te he traicionado, no se de que hablas—refunfuña con la vista fija en el camino.

Respiro profundo, inhaló y exhaló lo que me enoja para no explotarle el globo de réplicas.

— Te ibas a besar al enemigo—le recuerdo, haciendo que un tono rosa suba por sus mejillas—, ¿no es traición a la patria?

— Conste que no paso—bufa como si fuese un alivio.

— ¡Pero lo ibas a hacer si no te interrumpía!—exclamo apretando mi mochila entre las manos.

— Hey, hey, no deberías espiar a los adultos.

— Por Dios, mamá, ya no tengo quince años para que me sigas diciendo eso, no espió, solo escucho detrás de una puerta sin que se den cuenta.

Dejo de hablar al darme cuenta de lo que se me salio decir, la regué.

— Ni tu misma te ayudas en eso por qué es la verdad, lo sigues haciendo sin miedos.

El silencio entre ambas, es asfixiante, como una cuchilla filosa cortando milímetros de piel fría, por un lado, dice la verdad, pero mi orgullo me exige negarlo, que no es malo hacer eso.



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En el texto hay: comedia y amor, ironía y picardía

Editado: 17.05.2026

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