Marco
Aparco el auto en el estacionamiento del edificio principal de la institucion educativa, reviso la hora en el reloj electronico del auto, no soy de los tipos que les gusta pasar al volante todos los dias y saben hacer maneobras mortales que pueden acabar con su propia vida.
Tres en punto de la tarde.
En unos cinco minutos abriran las puertas para las retiradas de alumnos y entre esos se encuentra mi adolecente poseida; esa chiquilla me saca canas verdes y eso que no estoy tan viejo para ser llamado fosil, pero mi escuincla rompe toda señal de respeto.
El odio es mutuo.
Tomo mi telefono que se encontraba en el portavasos, lo desbloqueo y le solicito a mi asistente virtual marcarle a Isabela que se encuentra en su trabajo, no habria imaginado que se dedicara a la auditoria de tiendas, viendole el cariño que le tiene a nuestra hija no pensaria que se separara de ella por tiemposprolongados.
— ¿Porque tengo que ser yo quien recoga al engendro?— le pregunto a mi esposa a traves de la linea telefonica.
— Por que eres su padre— me dicta a manera de reproche por mi insolencia.
— Pero Isabela—reniego—, ¿que hare yo con esa criatura que ni Dios ha querido iluminar?
— ¿Que haces tu en tu tiempo libre?—insinua ella, capto el ligero tono jugueton de su voz.
— ¿Que tiene eso que ver?—cuestiono sintiendo que saldra con uno de sus comentarios mordaces.
— Que ambos sabran que hacer al no estar iluminados por Dios—carcajea activamente.
Gruño como la bestia de la bella y y la bestia por la risa que me provoca ser comparado con un pandemonio al que ni Lucifer soportaria.
— ¿Se te borro la sonrisa, Marquito?—media el silencio Isabela divertida.
Sintiendome rebelde corto la llamado dejandola con la palabra en la boca y a mi con seriedad.
Los encargados de seguridad—familiarizados con los padres y el alumnado—, ya saben a quien tiene que llamar y con quien se ira, en mi caso debo poner uno de mis santos pies en este internado de mala muerte al que no vengo desde la graduacion de mi dos por uno.
Llegando a recepcion lo primero que veo es a mi diablilla ponsoñosa sentada en una de las bancas con los brazos cruzados y su habitual mal humor.
— Licenciado de la Barrera buenas tardes—saluda Jazmin, la recepcionista.
— Igual, vengo a retirar a mi hija— pronuncio sin dificultad alguna.
¿Por que me familiarize asi de rapido con la palabra?
Alguna vez la quise tener, de hecho, si buscamos tener una pero ni el tiempo y ambiente ayudo, y diecisiete años despues aqui estoy cuidando a una niña que esta endemoniada pero que me agrada por milesimas de segundos.
— Firme aqui por favor, este es el concentimiento de que usted la retiro—omite el resto.
Ya me habia olvidado de todo lo que se hace para retirar a los nuevos.
La antisocial de mi hija acelera el paso y decido no indicarle cual es el auto, accion que ocasiona que se desoriente entre los vehiculos del paarking.
— Es este de por aqui—le aviso guiandola.
Ethel esta demasiado callada, se siente tan sospechoso que pienso que se trae algo guardado que no planea contar.
Y si no es eso, es que ya esta madurando
Tal vez despues le menciona algo a Isabela, cosas de mujeres supongo.
— ¿Te sientes bien?—farfullo con ese cosquilleo irritante en el pecho al ver que no esta normal.
Ethel—quien esta sentada en el asiento trasero por su seguridad—, asiente con la cabeza pero de su boca no sale palabra alguna y cierra los ojos, lleva la ventana abierta y por si fuera poco, bebe agua como si estuviera en el desierto.
— ¿No te sientes mareada?—menciono al asociar los sintomas con los que ocasionalmente le sucedian a Bela cuando estaba en sus dias de odio eterno a todo ser vivo.
— ¿Puedes ir mas lento?—me pregunta jadeante, como si se estuviera sofocando.
Algo en mi se alarma al oirla asi.
— Si te hace sentir mejor— señalo cuando un ruido seco y un olor nauseabundo me hacen aparcar el auto cerca de una estacion de servicio.
Volteo y la sorpresa que me llevo es el vomito que la adolescente poseida ha exiliado de su cuerpo.
Asi que era eso, ¿pero que comio?
Ella abre la puerta del auto, desabrocha su cinturon y sale a terminar su desintoxicacion en un basurero cercano, preocupado voy tras de ella sujetandole el cabello para que no termine sucio con olor a vomito.
— Sacalo todo ¿si?— destaco con una paciecia y neutralidad que me hacen sentir un deja vu.
— Perdon...—se disculpa mi hija que aun se aferra a los lados del tacho de basura.
— Descuida—me encogo de hombros sin importancia—, los sirvientes lo limpian, ¿ya estas tranquila?
— Si—contesta con blanda.
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