Isabela
años atras...
En cuanto cierro la puerta; oigo unos pasos acelerados resonar bajando escaleras con una sonrisa que irradia alegría y una belleza que parte el corazón de tan tierna que es.
— ¡Mami!—mi pequeña exclama abalanzandose sobre mi con orejón en sus manos.
— Mi amor—murmuro en su cuellito.
Sentir el calor de mi niña después de haber estado fuera por tanto tiempo me hace sentir viva otra vez, no quiero volver a dejarla sola, le voy a pedir a mi jefa que no me vuelva a enviar fuera del estado. Mi hija es mi prioridad y me duele tener que irme.
— No me vuelvas a dejar, mami, no me dejes—siento las lágrimas caer en mi hombro y humedecerlo.
No mi amor, mamá no te volvera a abandonar.
— No mi corazón—niego apretándola entre mis brazos sin mucha fuerza—. Mami no te volverá a dejar, a mamá tampoco le gusta tener que irse y dejarte sola.
Los sollozos de mi hija me aprietan el corazón con tristeza, a Ethel jamás le ha gustado estar sin mi, cuando la lleve por primera vez al jardín de niños me costó mucho convencerla de que no la estaba abandonando, que volvería por ella después y iríamos a casa juntas.
Ella es igual a Ilan, lloran demasiado cuando no estoy cerca de ellos y no duermen si no me tienen al lado, se que, como madre, debo quitarle ese hábito a ella por qué no siempre me tendrá; ¿cómo pudiste quitarles ese hábito a ellos, Marco?
Para criarla tengo dos caminos, puedo hacerlo sola pero tener que sacrificar más de lo que soy, o, regresar y permitirles que le arrebaten su niñez y su sonrisa; mi propósito es claro: no les dejare hacerle eso como lo hicieron con nosotros dos. Con Marco peleamos bastante con nuestros padres para que no les pusieran un dedo encima a los gemelos pero hasta nuestros términos tienen límites.
Al ser varones su crianza es distinta a la de una niña, me fui segura de que mis hijos podrían gozar de grandes beneficios y Marco podría centrarse más en ellos, pero yo jamás podría correr con la misma suerte, tener el apoyo de Ilse es algo con lo cuento pero dinero y tiempo no.
— Gracias por haberla cuidado, Ilse, en cuanto pueda te lo pagare—mi amiga sujeta mi mano y me abraza.
— No tienes que pagarme nada, Bela, es lo menos que puedo hacer por todo lo que tú y Marco hicieron por mi—afirma ella separandonos.
— No—la contradigo—, tu hiciste bastante por nosotros primero.
— Bela...
Unos quejidos de dolor llaman nuestra atención hacia mi hija que está apretando su estómago con cara estreñida.
— Mamá, me duele la panza—arruga la nariz mi bebita de siete años que parece querer vomitar.
Ilse no parece estar segura de porque mi hija está con ese dolor, la mueca de disgusto y sufrimiento de Ethel me alarma bastante por que ella no es de padecer de alguna enfermedad estomacal y rara vez ha pasado esto.
— ¿Que comiste, cielo?—pregunto estoica sin saber que hacer primero.
Ethel no quiere hablar, por más que trato de persuadirlo ella se niega como si no quisiese delatar algo.
— Mamá—llama Karla a Ilse—, perdón.
— ¿Por qué me pides perdón, hija?—mi amiga alza a su hija en sus brazos y trata de calmar la puesto que se encuentra roja y llorando a mares.
— Esque fue mi culpa—solloza mi sobrina—. Estábamos jugando con unos botes de salsas raras que tenía mi mamá en la mesa y- y...
— ¡¿Las dos los probaron?!—gritamos Ilse y yo al mismo tiempo.
Karla asiente y vuelve a pedir perdón, yo solo puedo enfocar mi atención en que mi niña vomité todo eso o tratar de apasiguar el ardor que debe causarle la mezcla de picores con el ácido gástrico, esto no había pasado antes y espero que no se vuelva a repetir otra vez.
Actualidad...
— Y te lo tomas todo—ordeno cersiorandome de que está chiquilla no vomité o escupa el remedio para el ardor estomacal.
Es increíble la juventud de hoy en día que irresponsables e ingenuos son, Ethel anda tanteando mi paciencia—y confianza— cometiendo locuras, primero se lanzó de la ventana de un edificio, y ahora se le ocurre mezclar picantes e ingerirlos sin descanso.
— No me gusta, mamá—refunfuña Ethel canteando la boca.
— Te lo tomas te digo—insisto contando mentalmente para no dárselo a la fuerza, lo menos que me gustaría hacer ahora es tener que dárselo a la fuerza.
Pero ella no me deja alternativa.
Ethel menea el vaso observando el líquido transparentoso que contiene este; el olor le desagrada y ella parece comer por los ojos y la nariz porque arruga la nariz y hace un gesto de negación.
— Si no te gusta, ponle flores pero de que te lo tomas, te lo tomas—sentencio sin lugar para réplicas.
— Bela yo creo...—Marco no termina la frase porque lo fulminó con la mirada.
— Bebelo—vuelvo a ordenar y mi hija finalmente obedece.
— ¡Wuacala!—exclama ella sacando la lengua y soplando repetidas veces.