¿ Nos Casamos? Soy un tío en apuros

Prólogo

Veintidós de mayo, el fatídico día donde todo mi mundo terminó de romperse. Comienzo a creer que la fatalidad me persigue, acosándome desde niño sin contemplación. Esta vez perdí a mi pequeña y querida Sophi, ese ángel rebelde de espíritu libre que amaba el senderismo y el mar.

 

La pobre falleció junto a su esposo mientras hacían lo que más les gustaba hacer en la vida que era escalar montañas; y ahora, debido a eso, el estado me dejará temporalmente a cargo de una pequeña de cinco años cuando no sé ni siquiera hacerme cargo de mí mismo, o sea, sobrevivo a base de comida china y de cereales. ¿Cómo rayos aprendo a ser padre si nunca supe ser tío?

 

—Te tienes que calmar o te quitarán a Lily alegando demencia. —advirtió en tono severo mi mejor amigo. Tenía razón, así que me tocó respirar, algo difícil de hacer cuando se tienen los nervios de punta.

 

Estábamos en mi despacho en nuestro bufete, uno que abrimos con mucho sacrificio hace cuatro años y del cual me siento muy orgulloso, puedo decir sin tapujos que soy un hombre exitoso.

 

—Gael, ¿¡¡cómo pretendes que me calme si dentro de dos horas me harán entrega formal de una niña de cinco años a quien he visto escasas veces en mi vida!!? —expliqué tratando de guardar la compostura, pero fallando sin remedio.

 

—Querido amigo, Lily es más que eso. Es tu sobrina, tu único familiar con vida, debes adoptarla, debes quedarte con ella. —lo miré creyendo que ahora sí se había vuelto completamente loco.

 

—¿Qué cosa rara contiene tu café? —pregunté olfateándolo.

 

—Nada, no seas dramático, únicamente te expongo los hechos. —habló en tono relajado como es él, quitándome su bebida de las manos.

 

—Sabes que no puedo hacer eso, no aplico para una adopción, ni para una tutela definida, no estoy casado y no tengo nacionalidad americana. —expresé con dolor sintiéndome dividido.

 

Era una mezcla efervescente de emociones. Tenía miedo, angustia, pero también reconocía que lo que decía mi amigo era verdad. Esa niña es lo único que me queda en esta vida, no puedo perderla.

 

—Tienes que casarte, será la salida perfecta y también te ayudará a tramitar más rápido tu nacionalidad. —casi escupo mi latte, así como casi me quedo sin ojos de tanto que los abrí.

 

—De verdad no estás bien, un matrimonio falso para obtener la nacionalidad es un delito en este país. Ya deliras, Gael. —expuse sin creer las locuras de mi amigo.

 

—No, no deliro. Tienes años aquí, te la darán sin problema, solo que por tus creencias no has querido obtenerla. —aseguró, relajado.

 

Era cierto, llegué muy chico a este país, mi estado es más que legal, sin embargo, seguía manteniendo la nacionalidad turca de mi familia, soy un Yilmaz y estoy orgulloso de eso.

 

—Ok, supongamos que tienes razón, ahora dime, con quién rayos me casaré, ¿quieres que ponga un anuncio en el periódico? —mascullé creyendo que todo esto era tremendamente absurdo.

 

Me miró con esa chispa de maldad que conozco muy bien, son años siendo su amigo y esa mirada solo representaba peligro.

 

—No te cierres Joseph, es fácil. Siempre te ha ido bien con las mujeres, hagamos una lista de todas con las que saliste en la universidad y comenzaremos a programar tus citas. Ya te conocen, será más rápido y con menos lío cuando les expliques. —dijo nuevamente muy seguro tomando asiento para agarrar una hoja y un lápiz, mientras yo no sabía si reír o llamar a un loquero.

 

—No sé si lo recuerdas, pero todas las mujeres con las que intimé en la facultad me detestan porque solo las usé. —asintió pensativo, a la vez que yo recordaba lo promiscuo que fui.

 

—Sí, es cierto. Eras un cretino, bueno, aún lo eres. —lo miré mal y él sólo sonrió.

 

Estaba estresado, el reloj avanzaba, dentro de muy poco debía ir por mi sobrina y estaba aquí, hablando tonterías con mi mejor amigo buscando una esposa ficticia para mí. O seguimos siendo muy inmaduros o somos tremendamente estúpidos. Agarré mi balón de fútbol americano, ese que atesoraba con gran cariño porque me traía buenos recuerdos de la secundaria, pero que sobre todo me recordaba a mis padres, esos que también perdí. Tenerlo en mis manos me relajaba, era como un cable a tierra.

 

—¡Eso es! —gritó estremeciendo el escritorio con su palmada, elevando a su vez los latidos de mi corazón por el susto que me dio.

 

—¿Qué cosa?, ¿de qué hablas?

 

—El balón, la secundaria. Ahí todas te amaban y gracias al cielo muy pocas te odiaban. Esa es la lista que haremos, saldrás con todas, desde Alice Adams hasta Emma Williams.  —fruncí el ceño consciente de que había perdido a mi amigo.




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