Emma.
Esa mañana no quise desayunar, la noche anterior no había cenado así que mi estómago sonaba porque me estaba muriendo de hambre. En el almuerzo había comido muy poco y comenzaba a sentirme mal, sin embargo debía aguantar.
Tenía que dejar de comer, no podía seguir siendo la gorda del instituto, el problema era que se me hacía muy difícil, no era fácil lograrlo, pero debía hacerlo si quería parecerme alguna vez a Valery Taylor, la porrista y la chica más bella de toda la secundaria. Ella sí era perfecta, cómo no serlo si era la más popular, la que todos siempre miraban, incluso él, Joseph, mi príncipe azul, mi imposible y ahora mi amigo.
Suspiro y sonrío emocionada ante esa extraña emoción que me produce ser su amiga. Muerdo mi labio y bajo la cabeza para ocultar mi alegría y también mi sonrisa, así nadie notará como estoy y a su vez no notarán que existo. No tengo fuerzas para escuchar los insultos de nadie. Acomodo mejor mi mochila y apresuro el paso directo a mi escondite, mi sitio seguro, aquel donde me encuentro con mis amigos.
Aún no puedo creer que él lo sea, que me haya ofrecido su amistad y me trate tan bonito, debo rebajar, debo lograrlo, por él lo haré.
—¡Ay! ¿Es que no ves por donde caminas? —escucho la voz chillona de una de las porristas que comparte salón conmigo en las clases de matemáticas.
—El problema no es que no vea, el problema es que no cabe. —dice con burla la reina del colegio Valery Taylor. —Eres tan gorda que no entras en el pasillo ¿no te da pena? Pareces una carpa de circo. —moví mi cabeza varias veces afirmando porque sí, me daba mucha pena, sentía vergüenza de verme en un espejo.
—No te le acerques Val, te puede manchar con su grasa. —las risas comenzaron al igual que las burlas mientras yo solo corría, sintiendo que mis pulmones quemaban por la falta de ejercicio.
—¡Mírala como corre, parece un pingüino barrigón! —escuché decir detrás de un coro de risas.
Mis ojos estaban empañados por las lágrimas, no me sentía bien, el aire me faltaba, pero corrí sin detenerme a pesar de las burlas sobre mi apariencia. Corrí y corrí hasta chocar con un muro sólido que no era otro que el profesor Steven de Educación Física.
—¿Estás bien? —como pude negué viendo borroso hasta que sentí un mareo y todo se oscureció porque me desmayé.
Despierto sudada y alterada por aquel mal sueño que tuve. Desde que volví a ver al descerebrado de Joseph no he dejado de tener recuerdos y pesadillas sobre esa nefasta época de mi vida.
Su presencia solo me trajo más problemas, aunque no puedo ser tan dura, conocí a Lily, ella es lo único bueno que tiene ese rufián malvado, mala gente, cabeza hueca, mujeriego, feo, aunque no, feo no es el muy granuja.
Siento algo en mis pies y sonrío cuando escucho un ronroneo, seguido de un lamido en mi mano.
—Buenos días, Teodora. —la saludo recibiendo sus tiernas caricias al frotarse contra la piel de mis brazo.
Mi hermosa minina es mi única compañía, era de mi madre y la cuido lo mejor que puedo. Su presencia me ha servido para no sentirme tan sola.
Después de holgazanear cinco minutos más en mi deliciosa cama decido que es tiempo de levantarme, me espera un día largo, pero productivo, eso me tiene muy entusiasmada. Se trata de una cliente con mucho dinero, quiere un pedido grande para su celebración y según mis cálculos podría terminar de pagarle a la sargento los meses que le debo con ese pago, ya que solo pude darle un pequeño adelanto que no logró contentarla, aunque hasta hoy no sé si esa señora esté de buen ánimo algún día de su vida.
Luego de tomar una refrescante ducha, preparo unos deliciosos panqueques para desayunar y aparto unos para llevarle a Richard quien se sintió muy feliz cuando le di aquellos ponquecitos de zanahoria que horneé con mi dulce traviesa, a quien muero por volver a ver.
Me arreglo con ropa deportiva, me hago una coleta alta, le dejo agua y comida a Teodora luego de limpiarle su caja de arena, para así poder partir a mi pastelería cargada de energía y buen ánimo, uno que duró solo dos pisos ya que al llegar al piso uno y tocarle la puerta a Richard vi que la querida señora Carrie, la sargento del edificio estaba allí.
—Querida Emma, buenos días muchacha. —saludó cortésmente el señor Richard.
—Buen día, Richard. Ando apurada, ya me voy a trabajar, pero quise venir a dejarte estos panqueques con miel y mermelada casera de fresas que hice ayer, está divina, te traje también un potecito aparte con más de ella para cuando quieras comer. —comenté feliz por mi gran día, entregándole la bolsita con las cosas.
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Editado: 12.08.2023