¿ Nos Casamos? Soy un tío en apuros

Capítulo 12

Joseph.

 

—No me apasiona jugar fútbol, no lo disfruto del todo, lo hago para complacer a mi padre. —le confesé a esta chica con quien he descubierto que me gusta hablar a escondidas.

 

No es alguien en quien me fijaría, ni con quien pudiese pasearme tomado de la mano por la secundaria, pero es muy linda, sus ojos tan azules en contraste con los míos tan oscuros me dan paz, me siento cómodo a su lado, no siento la presión de ser el más popular y a quien todo le debe salir a la perfección y eso no me gusta del todo.

 

Con ella me pasa igual que con Gael, puedo ser yo mismo con ambos dejando a un lado mi papel de capitán del equipo, de chico rudo al que nada ni nadie le importa. Disfruto de mi fama con las chicas, aunque a veces quisiera ser simplemente un estudiante más sin el estrés de sentirme juzgado en cada paso que daba.

 

—¿Lo has hablado con él?, quizás te entienda. —lancé mi balón hacia arriba jugando con él percatándome que como siempre ella mantenía la cabeza agachada al tiempo que rompía la grama del jardín.

 

Siempre me cuestionaba venir aquí, parecía un adolescente con problemas de personalidad, ella es linda, me gusta cuando hablamos, pero es gorda y nerd por eso sigo sin comprender porqué razón continúo viniendo, me frustra juzgarme tanto.

 

—Sé que me entendería, es solo que no quiero defraudarlo, mi padre ha hecho mucho por nosotros. —el primer timbre sonó y deprisa se puso de pie.

 

—¿Sales primero tú o lo hago yo? —preguntó, tomando las tiras de su bolso con fuerza, siempre se ponía nerviosa cuando el tiempo acababa y nos tocaba volver.

 

Hoy Gael no había venido, sabía que estaría sola en su refugio y no pude evitar venir para hacerle compañía. Eso formaba parte de las cosas que no entendía, se supone que no debía importarme si estaba sola o no.

 

La notaba nerviosa mirando hacia los lados, odiaba esto, pero eran las reglas de la secundaria, fueran justas o no. Jamás podría descubrirse nuestra amistad o mi reputación se iría al retrete.

 

Eso era lo que pensaba mientras me le acercaba cada vez más por alguna razón que desconocía, simplemente quería estar cerca de su dulce olor.

 

—Eres preciosa Emma, tus ojos y tu sonrisa son capaces de iluminar un día gris. —pronuncié alzando su cara y no mentía.

 

Sus ojos y su sonrisa me hacían venir aquí cada día para disfrutar de su compañía, cosa que estaba mal, muy mal.

 

—No mientas, todos se burlan de mí porque soy fea. —detestaba saber que tenía razón, jamás he sido motivo de burlas, no sé cómo se siente, pero soy un chico de diecisiete, no puedo cambiar el mundo.

 

—No lo eres, solo debes perder peso. —aunque pensé que lo dije sin ánimos de herirla parece que no lo logré porque sus ojos se empañaron de lágrimas que nunca cayeron.

 

—No es fácil perder peso. —musitó casi sin voz.

 

—Si quieres te ayudo, podríamos entrenar en las tardes en la casa de Gael. —sus ojos se abrieron por la sorpresa y aunque dudó aceptó.

 

Lo que nunca imaginé fue que esa amable, pero terrible propuesta iba a ser el peor error de mi vida, uno que me llevó a convertirme en el canalla que más la dañó.

 

—¡Tío, tío, tíííooo! —sacudí la cabeza volviendo al presente mirando a Lily por el espejo retrovisor.

 

Manejaba en automático, mi cabeza estaba en otro mundo, o mejor dicho, me había dejado llevar por los recuerdos de muchos años atrás, unos que había enterrado, al menos eso creía.

 

—Discúlpame, princesa. No te escuché, estaba concentrado. —me excusé estando ya a una cuadra de la escuela.

 

—¿En quién pensabas? —indagó jugando con su muñeca, no recordaba que Sophi haya sido tan curiosa como ella.

 

—Asuntos del trabajo. —respondí al estacionarme. —Llegamos, al salir de clases vendré a recogerte. —le expliqué antes de bajarme del auto para ayudarla a salir.

 

Había comprado por iniciativa propia una silla de carro para niños de su edad, descubriendo que las hacían hasta cumplir los diez, esto era todo un mundo nuevo para mí. En mi época bastaba con que mi padre nos ordenara mantenernos sentados para evitar el peligro, como solía decirle a los accidentes de tránsito.

 

Mi vida cambiaba más cada día y asombrosamente me gustaba. La parte de atrás de mi auto ya no estaba llena de carpetas o de ropa de gimnasio, en su lugar estaba la señora osa, Penny la muñeca y Cuchito, que no era más que un cómodo cojín en forma de pez que usaba si se dormía.




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