IVAN
Siempre pensé que la primera vez que algo pasa es un accidente. La segunda, una coincidencia. La tercera es una advertencia para dejar de mentirte.
Yo iba por la tercera.
Chille en el metro por culpa de un libro. Otra vez.
No fue un llanto digno. Fue de esos que vienen con hipos y la nariz roja.
Por suerte, en el metro nadie hace preguntas. Otra razón por la que sigue siendo mi medio de transporte favorito.
La primera es que no hay guita para carro.
Todo parte del sueño Americano en New York.
Estar un lunes por la tarde con el cerebro frito por las clases de teoría musical, ahora debía recoger mi dignidad y mis ojos hinchados para ir a buscar otro libro que me rompiera de nuevo.
Ya casi era una costumbre.
Mis pies tomaron el camino de siempre hasta el centro.
Mi destino tenía nombre.
Encuentra tu estrella.
los libros son más accesibles al ser de segunda mano, además el dueño me cae muy bien.
Pero más que eso, es mi lugar. El único sitio donde puedo ser completamente yo mismo sin explicaciones, sin que nadie me juzgue por llorar con finales felices o por subrayar frases cursis que me parten el alma.
Mi librería favorita, la que olía igual que siempre. A madera vieja e incienso. Si algún día dejaba de oler así probablemente me daría un infarto.
—¡Ivan! Segunda vez esta semana ¿terminaste el libro que te di ayer? —me preguntó el señor Gómez, a los 55 años y pudiendo ser un loquito del centro o un viejito amargado, es alguien que adora su trabajo, viste un suéter color tierra y siempre tiene un libro en mano.
—Sip, llore, vengo a devolverlo y a sacar otro que me destruya aún más ¿alguna recomendación? —Le di el libro, el señor Gómez ni pestaño, supongo que después de ser mi traficante de libros personal ya no le extraña nada.
—Tengo un buen libro tiene elementos históricos, se trata de dos hermanos que van en un tour por Europa, el problema es que uno de ellos se vuelve cada vez más clasista y el otro se enamora de un chico
Alcé una ceja. La ficción histórica nunca había sido realmente lo mío. Prefería historias contemporáneas, cosas con las que pudiera identificarme directamente.
Chicos enamorándose en cafeterías, no en bailes de la aristocracia europea del siglo XIX. Pero el señor Gómez tenía un talento especial para saber exactamente qué necesitaba leer, incluso cuando yo mismo no lo sabía.
—Nunca eh sido muy fanático de la ficción historica pero si me lo recomiendas lo leeré —admití, resignándome a confiar en su criterio como siempre lo hacia.
Busqué por los pasillos, conocía la librería de memoria después de años de visitas semanales. Romance contemporáneo estaba en la sección izquierda, fantasía romántica en el fondo, y ficción histórica... ahí, en el segundo estante junto a la ventana que daba a la calle.
Tenía unas manchas de café, probablemente por algún lector anterior que había disfrutado el libro en el desayuno, nada que impidiera la lectura, de hecho esas imperfecciones lo volvían más interesante.
Los libros de segunda mano siempre me habían parecido más honestos que los nuevos. Tenían historia. Alguien los había amado antes que yo, había doblado esquinas, derramado bebidas, subrayado frases que le importaban. Era como heredar un secreto.
Volví al mostrador donde el señor Gomez me estaba esperando.
—Ojalá lo disfrutes, son nueve dólares
Saqué un billete de diez de mi billetera, esa que Emma, mi mejor amiga en todo el mundo, me había regalado el año pasado con una tarjeta de cumpleaños que decía "Pobretón pero con estilo." El señor Gómez me devolvió el cambio con una sonrisa.
—Gracias, señor Gómez. Nos vemos en unos días.
—Aquí estaré, como siempre —Salí de la librería con mi nueva adquisición. Tenía un libro nuevo, unas horas libres antes de mi turno en la cafetería, y la sensación de que tal vez, solo tal vez, este año no sería tan ordinaria como las demás.
No tenía idea de cuánta razón tenía.
ALEXANDER
Calculé que llevaba casi doce horas fuera de casa.
Cuatro en la escuela.
Tres en el restaurante.
Una caminando bajo el sol.
Mi cuerpo ya había dejado de protestar.
Simplemente estaba funcionando por inercia.
No era el tipo de cansancio que se arregla con una siesta o una taza de café. Era ese agotamiento que se filtra en tus huesos después de demasiadas horas en la cocina de un restaurante, demasiadas discusiones con tu padre sobre "responsabilidad" y "compromiso," y demasiado poco tiempo para simplemente respirar.
Hoy había sido particularmente brutal. Mi clase de Técnicas Avanzadas de Pastelería había durado cuatro horas, mis manos todavía olían a mantequilla y azúcar glass, y luego había tenido que correr al restaurante para el servicio de la tarde. Tres horas más de pie, preparando platos que mi padre había perfeccionado hace veinte años y que yo tenía que replicar exactamente, sin innovación, sin creatividad, sin espacio para experimentar.
Esa tarde, cuando intenté agregarle un toque de cardamomo a la crema pastelera, algo que había aprendido en clase esa misma mañana, mi padre lo probó, hizo una mueca, y lo tiró todo al fregadero sin decir una palabra. No gritó. Nunca gritaba. Solo negó con la cabeza y dijo "Receta de la casa, Alexander", como si esas tres palabras explicaran por qué veinte años de su sabor tenían que ser también los míos para siempre.
No era un villano de telenovela. No me odiaba. Solo era inflexible, tradicional, dueño de una receta que yo tenía que seguir al pie de la letra sin espacio para mi propio sabor.
Normalmente tomaba el autobús o, cuando tenía suerte, mi padre me dejaba usar el auto familiar. Pero hoy el autobús estaba retrasado y mi padre necesitaba el auto para una reunión con proveedores. Así que estaba caminando a casa bajo el sol implacable de septiembre, con mi mochila llena de libros de texto de gastronomía que pesaban como piedras y mi uniforme del restaurante manchado de salsa y sudor.