Nothing is easy [editando]

CAPITULO 4

Lucas B.

¿Cuál es el miedo de perderlo todo si nunca has tenido nada?

Las letras han sido mi única compañía desde que tengo uso de razón, las que me han acompañado desde que mi familia se puso insoportable.

En mi colegio, nunca nos hicieron leer “la ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa; “cien años de soledad” de Gabriel García Márquez; “Paco Yunque” de César Vallejo ; ni mucho menos “los gallinazos sin pluma” de Julio Ramón Ribeyro.

Los vine a conocer ahora de adulto, que he tenido que empaparme un poco del tema, porque al ser de habla hispana, siempre se me pregunta que es lo que leía de pequeño y se me aconsejó que mencionara autores conocidos por el público mayoritario, Nadie quiere saber que el hijo de un millonario que estudió en colegios de elite, no leía lo que las escuelas públicas hacen leer a sus estudiantes o, mejor dicho, lo que el ministerio de educación quieren que lean sus retoños.

No me importaba lo que pasaba debajo de mí, no me importaba lo que sucedía a la clase obrera, porque eso no me afectaba a mí, pero cuando tuve que abrirme paso a este nuevo mundo, tuve que estudiar a mi público, tuve que saber quiénes me leían. Quienes me amaban.

A mi padre nunca le gustó lo que elegí, nunca vio con buenos ojos el que yo me inclinara más por la literatura, él quería que me enfocara en el negocio familiar, en ser su sucesor.

Al inicio no me recriminó, ni siquiera opinó sobre mi primer lanzamiento o la decisión que tomé, pero si hubo problemas cuando comencé a cumplir más años y no tomaba interés por el negocio, el mismo que tenía Leonardo. Todo lo que le decía mi padre obedecía, siempre quería ser perfecto, quería ocultar su imperfección, quería ser un Bustamante, pero nunca lo iba ser, nunca.

Irónica es la vida, porque el hijo que no llevaba su sangre era el que más se parecía a él; pero, aunque intente de mil formas imitarlo, nunca sería reconocido por mí, nunca lo reconocería como mi familia.

Abro mi laptop y escribo lo primero que se me viene, sin temor, sin miedo, escribo lo visceral que estaba sintiendo este momento.

“Días y noches, semanas o meses,
todo es igual cuando tú no estás,
te busco todos los días,
pero te has escondido de mí,
la oscuridad me absorbe
intento acercarme a la claridad,
pero todo se dificulta.
Trato de buscarte, pero tú no estás”

Siempre escuché que la mayoría duerme para no sentir, para dejar de pensar, pero yo no podía dormir, porque hasta en mis sueños aparecía el infierno que viví en la cárcel.

Miro la hora, eran las 2:43 am. me había despertado por una pesadilla, había pasado una semana desde que había salido, pero en ni un día podía conciliar el sueño de largo, me despertaba por pesadillas o por el presentimiento de que algo me iba a pasar, si lograba dormir un poco sin tener pesadillas, me despertaba en alerta, algo que aprendía adentro, sobre todo porque tenía que cuidar mis pertenencias o si no me lo robaban.

“Te extraño, te extraño tanto que podría morir,
te amo, te amo tanto que te daría la vida misma.
el mundo y su maldad me enloquece,
eres lo único bueno que he podido encontrar
en este mundo tan banal.
tu delicadeza, me corona,
tu dulce voz me envuelve con dulzura,

me acaricia sueve la piel,
que podría enloquecer.
Voltea a mirarme,
por última vez.”

La mañana llegó y con él el sueño, mis ojos se cerraron y no tuve en cuenta que me había quedado dormido sobre el teclado de la laptop, quizás por eso comencé a soñar cosas sin sentido.

Me despierto al sentir la tensión en el cuello, veo la hora y casi eran la unca de la tarde. Me doy una ducha larga y pido comida por delivery, y con ello se me vino el recuerdo de cuando cocinaba o intentaba cocinar con Clara, la complicidad de nosotros dos en esa casa lejos de la sociedad y el mundo, solo los dos.

Tenía que buscar la manera de encontrarme con ella, la forma de hablar, de solucionar todo y que regrese a mí.

-Estoy yendo a tu casa.

Es lo primero que escucho al responder la llamada. Era mi madre. No espera respuesta, solo corta la llamada después de avisar que vendría, algo que no me sorprende, pero que me irrita e incómoda.

Mis planes son cambiados rotundamente, pero hago que averigüen donde estaba exactamente clara, tenía que irla a ver.

El timbre suena y abro, después de unos minutos no escucho los tacones característicos de mi madre, me acerco a dar el encuentro y mi estomago se revuelve al ver de quien era,

-Hermanito – saluda Leonardo, se sienta sobre el mueble, abre las piernas y desabrocha un botón de su traje.

-Lárgate de mi casa. – fuerzo mi mandíbula y puedo escuchar mis dientes.

-Vengo en son de paz – levanta las manos y la sonrisa que tenía en rostro me sacaba de sus cacillas.

-Estaba esperando a…

-Si, si, ella me envió, por eso estoy acá.

Me siento en otro mueble, pero individual. Apoyo mis codos en mis piernas y entrelazo los dedos de mis manos.

-Di lo que tengas que decir y lárgate.

-Eres tan inmaduro – niega – Dice madre que pidas perdón y le digas a papá que quieres trabajar en la empresa.

-Ok, si eso es todo, puedes irte.

Señalo con mi mano la salida.

-Tampoco me agrada la idea. -lo miro-, pero tengo que acatar lo que me piden, no te digo que obedezcas, pero si puedes desaparecer de Lima, así como te fuiste a esconder como un cobarde detrás de las faldas de una mujer embarazada.



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En el texto hay: mentiras, embarazo, decepción

Editado: 02.04.2026

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