Christopher
Ella deja una carpeta café en el escritorio y lo arrastra hasta que queda justo frente a mí. La miro y luego la tomo en mis manos.
—La líder aprobó tu participación a las Novatadas.
Enarco una ceja y vuelvo a dejar la carpeta en el escritorio, muy cerca de sus manos.
—Creo haber dejado en claro que no quería participar.
Su mirada permanece intacta, sus manos unidas en el escritorio y sus cabellos ni siquiera se mueven con la brisa de la mañana que entra por la ventana.
—Es una condición, a no ser que te retractes de volver a cursar aquí.
—Eso nunca.
Tomo otra vez la carpeta y me levanto. No voy a echar a perder mi vida otra vez.
No esta vez.
...
Los cánticos de los superiores reciben a los estudiantes que pasan por un arco de “Bienvenido a la vida universitaria”, panderetas, aplausos, sonrisas, son algunas de las cosas que hacen al verlos llegar.
Dado que la oficina de la Decana queda en el lado contrario —y para no pasar por ese lugar— me escabullo entre los superiores para que no se den cuenta que no voy por donde los demás. Si llegan a darse cuenta, me harán volver y entrar por ahí aunque sea en contra de mi voluntad, justo cómo están haciendo con un par de chicos a los cuales regañan y empujan para que pasen; y los que esperan del otro lado les colocan orejitas de gatitos en la cabeza.
Mejor ahorrarme tal humillación.
Miro a los lados al salir por el camino principal. Las carpas en forma de casitas improvisadas muestran los diferentes clubes extracurriculares a los que podemos anotarnos para sumar nota. Algunos estudiantes se detienen a ver y éstos les explican de lo que trata, cuántos puntos sumarían si se unen, los trofeos que han ganado, los eventos a los que planean unirse y más.
Levanto la cabeza y comienzo a buscar el nombre del lugar donde se supone que nos darán un pronombre y una línea de número con el cual se dirigirán a nosotros y será más fácil conocernos. No busco mucho porque un enorme cartel donde hay varias filas en un solo estand con varios superiores escribiendo rápido en una credencial que entregan al dueño me lo dice.
Me acerco a una de las filas donde termina con una chica de dos trenzas y lentes muy cerca de la nariz. Detrás de mí va siguiendo la fila.
—... Una verdadera locura—dice alguien.
En serio no pensaba prestarle atención a su conversación, pero...
—Rompieron todas mis medias.
—Eso no es nada, puedes comprar más—sisea otra—. ¿Sabes lo que me costó sacarme la pintura del cabello? Aún tengo un poco en las raíces.
¿De qué medias rotas y pintura en el cabello hablan? ¿Pasó algo en la noche?
Miro al frente y doy varios pasos cuando la fila adelanta, más mis oídos siguen muy de cerca la plática de ambas chicas, hasta que me da por voltear apenas cuando escucho que un chico se les une.
—A nosotros nos hecharon pegamento en las zapatillas y a algunos les pusieron globitos con agua—suelta una risa muy baja; tal parece que lo toma como una broma y no como algo fuera de lugar. Levanta una pierna hacia ellas—. Tuve que venir en sapos porque seguían mojadas.
Ambas chicas hacen muecas al escucharlo, más él y sus amigos ríen. A los segundos lo jalan cuando su fila avanza con la rapidez que habla y atiende el chico sentado en frente.
Si eso fue lo que les hicieron la primera noche, no me imagino cómo será el resto del cuatrimestre.
—¿Nombre?
Pregunta la chica de cabellos en un enorme moño sujeto con un bolígrafo cuando es mi turno, sin mirarme y con el marcador oscuro en una mano.
—Christopher Bishop.
Ella asiente y comienza a escribir, pero detiene sus movimientos cuando el chico con la camisa abierta hasta su abdomen sentado del lado izquierdo se balancea en su silla para decirle algo que no logro escuchar debido a que tapa el oído ajeno con una mano.
Cuando él se aleja tratando de ocultar una risa, ella borra lo que estaba escribiendo en la parte baja y simplemente deja los cuatro números que comienzan con cero para volver a escribir y, recién cuando se levanta para ponérmelo por el cuello y salgo de la fila es que caigo en cuenta del porqué causaba risa.
Intento volver al leerlo, pero dos chicos que se les dió por hacer de ‘guardias’ justo en ese momento, me detienen y me empujan para que vaya al otro stand donde yacen varias cajas encima de la mesa y dos chicas de sonrisas agradables esperan paciente a que llegue a la fuerza.
—Oh—dice la del lado izquierdo, ocultando una risa—. ¿Talle?
—XL—Digo y ellas asienten.
Escarban en las cajas y vuelven a verme cuando encuentran lo que buscaban.
La misma extiende una mano hacia mi mientras la otra chica me mira y escribe en una libreta.
—Bienvenido.
—Gracias—me alejo, golpeando la pared de mi boca con la lengua. No pueden ser tan jodidos.
¿O sí?
Y, al parecer sí, porque alguien con muchos globos pasa por enfrente, golpeándome la cabeza.
Me detengo a exhalar, hasta que escucho a alguien decir por el enorme megáfono que quedan diez minutos y que mejor pasemos a cambiarnos, a menos que seamos nosotros quienes queramos que los superiores nos esperen.
Me apresuro hacia los baños y, para mi mala suerte termino chocando con alguien que trata de entrar por la puerta al mismo tiempo.
Él se queja frotándose el brazo. Al darse la vuelta, me mira con las cejas fruncidas y los labios abultados, su piel roja quizás por haber corrido.
—¿Qué pasa contigo? Pudiste haberme dado el paso, de todos modos ibas a poder entrar después, ¿sabes?
—Tú también pudiste haberme cedido el paso.
Ambos nos quedamos en silencio, mirándonos. Y, volvemos a chocar al intentar pasar juntos, otra vez.
Él se aparta, hace un sonido con la garganta, se toma de los pelos y blanquea los ojos.
—Pasa, de lo contrario estaremos aquí toda la mañana.