Nuestra canción

Capítulo 1

Nunca imaginé que mi vida pudiera cambiar en menos de diez minutos.

Mucho menos que lo hiciera dentro de una oficina con paredes de cristal, mientras una mujer que apenas conocía me miraba como si estuviera leyendo una lista de compras.

—Naia, siéntate, por favor.

Me quedé de pie frente al escritorio.

Algo en su tono no me gustó.

La directora de Recursos Humanos señaló la silla frente a ella.

Me senté lentamente.

—¿Ha ocurrido algo?

La mujer entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Sí.

Esperé.

—La empresa ha decidido prescindir de tus servicios.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Estaba segura de que había escuchado mal.

—¿Perdón?

—Tu puesto quedará eliminado a partir de hoy.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Pero... ¿por qué?

—Es una decisión administrativa.

—¿Administrativa?

Solté una pequeña risa nerviosa.

—Llevo cuatro años trabajando aquí.

—Lo sé.

—He trabajado horas extras. He venido fines de semana. He terminado proyectos que ni siquiera me correspondían.

—Lo sabemos, Naia.

—Entonces no entiendo.

La mujer evitó mi mirada durante unos segundos.

Aquello dolió más que cualquier explicación.

—No hay nada personal.

Claro.

Nunca había nada personal cuando alguien destruía tu estabilidad con una frase.

Miré mis manos.

—¿Cuándo termina mi contrato?

—Hoy.

Levanté la cabeza.

—¿Hoy?

—Sí.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y mi indemnización?

Hubo un silencio incómodo.

—La documentación correspondiente estará disponible para que la revises.

Eso no era una respuesta.

Lo sabía.

Ella también.

Me levanté lentamente.

—Entiendo.

Mentira.

No entendía absolutamente nada.

Tomé mi bolso y salí de la oficina.

Cada paso por aquel pasillo se sintió diferente.

Las mismas paredes.

Los mismos escritorios.

Las mismas personas.

Pero de repente ya no pertenecía allí.

Una compañera levantó la mirada cuando pasé.

—¿Naia?

Intenté sonreír.

—Estoy bien.

No me preguntó nada más.

Quizá porque mi cara decía lo contrario.

Llegué a mi escritorio y comencé a guardar mis cosas.

Una taza.

Una libreta.

Un pequeño cactus que llevaba dos años sobreviviendo gracias a mis olvidos.

Una fotografía.

Y una vida entera que cabía en una caja de cartón.

Antes de irme, miré mi escritorio por última vez.

Había pasado tantas noches allí que prácticamente conocía cada pequeño detalle.

Y ahora...

Ya no era mío.

Salí del edificio con la caja entre los brazos.

Afuera, la ciudad seguía exactamente igual.

Los coches continuaban pasando.

Las personas caminaban deprisa.

Los restaurantes estaban llenos.

Alguien reía cerca de la entrada del metro.

El mundo no se había detenido.

Solo el mío.

---

Llegué a casa poco después de las siete.

Dejé la caja en el suelo.

Me quité los zapatos.

Y me quedé mirando la pared.

No sabía qué hacer.

No tenía ganas de cocinar.

No tenía ganas de llamar a nadie.

Ni siquiera quería llorar.

Pero las lágrimas comenzaron a caer de todos modos.

Me senté en el suelo.

—¿Qué voy a hacer ahora?

La pregunta quedó flotando en el apartamento vacío.

No hubo respuesta.

Miré el reloj.

7:43 p. m.

Entonces recordé el parque.

El único lugar al que iba cuando necesitaba escapar.

Me puse una chaqueta y salí nuevamente.

---

El Parque de las Luces estaba mucho más tranquilo de noche.

Las pequeñas bombillas colgadas entre los árboles comenzaban a encenderse una tras otra.

Amarillas.

Suaves.

Hermosas.

Caminé por el sendero sin prisa.

Finalmente llegué al banco donde solía sentarme.

Me senté.

Respiré profundamente.

Y entonces dejé de fingir que estaba bien.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Genial —murmuré—. Definitivamente, este es el peor día de mi vida.

—He tenido días peores.

Me sobresalté.

Giré la cabeza.

Un hombre estaba sentado en el otro extremo del banco.

Llevaba una gorra negra, una mascarilla y una chaqueta oscura.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

—¿Cuánto tiempo llevas sentado?

—Unos minutos.

—¿Y estabas escuchando?

—Solo la parte del peor día de tu vida.

Me limpié las mejillas.

—Qué vergüenza.

—No tienes por qué avergonzarte.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien está llorando delante de un desconocido.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Tienes razón.

Por alguna razón, su voz me resultó familiar.

—¿También tuviste un mal día?

—Una mala semana.

Lo miré.

—¿Trabajo?

—Algo así.

—¿Te despidieron?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Se quedó mirando las luces.

—A veces también puedes perder algo aunque sigas teniéndolo.

No entendí del todo.

Pero no pregunté.

Había algo en él que me hacía pensar que tampoco quería hablar demasiado de su vida.

—A mí me despidieron hoy.

Él me miró.

—Lo siento.

—Después de cuatro años.

—Eso debe doler.

—Más de lo que pensé.

Bajé la mirada.

—Lo peor es que no sé qué voy a hacer mañana.

—Quizá mañana no tengas que saberlo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que hoy fue horrible. Puedes permitirte no tener todas las respuestas esta noche.

Me quedé callada.

Era extraño.

No sabía quién era aquel hombre.

Y, sin embargo, sus palabras me estaban ayudando más que cualquier consejo que hubiera recibido durante el día.

—¿Siempre das consejos así?

—No.

—¿Entonces?

Sonrió debajo de la mascarilla.




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