Alonso.
El tema preferido con mis amigos siempre es el de mi vida.
Creen que porque tengo hija y novia todo es aburrido, que nunca hay nada nuevo que contar, solo estrés por cuidar a una niña e intentar mantener a una mujer que solo puede dar dolores de cabeza.
Si ellos entendieran que ellas le dan color y alegría a mi vida, no dirían tantas estupideces.
Amo a Adara con todo mi ser, no solo porque es una excelente madre, sino porque es una persona hermosa que estaría para cualquiera que lo necesitara.
Desde pequeño soñaba con tener una familia con la mujer indicada para mí; no tenía en claro cómo me veía en el futuro, solo sabía que tenía que ser con alguien especial.
Nunca esperé que todo fuera tan rápido; en un momento nuestra vida dio un giro de ciento ochenta grados, convirtiéndonos en padres a una edad muy temprana.
Claro que tuve miedo, pero para mí era más importante que Adara no cayera; llevaba a un bebé que cuidar y haría todo lo posible para que se sintiera bien.
Aurora se convirtió en una de las personas fundamentales de mi vida sin conocerla; esa pequeña llegó en el momento menos indicado, pero fue amada en el caparazón que se encontraba su madre y por mí.
Mi relación con Adara no comenzó de la mejor manera, pero no dudo que todo se ha estado acomodando con el tiempo.
No tengo dudas de lo que siente por mí; me duele que no se exprese de la manera que yo quisiera.
Sé que necesitamos trabajar más en la relación; no la quiero ahogar con preguntas que sé que se sentiría incómoda al responder, pero me inquieta no saber cómo se sigue sintiendo. ¿Todo está bien? ¿Sí quiere ayuda? O necesita ayuda.
No las va a contestar, lo sé, siempre hago las mismas preguntas en la misma época, siempre dice que está bien, cuando yo sé que no lo está.
Todo eso nos sigue atormentando, porque, como ella, a veces tampoco puedo dormir imaginándome si todo fuera diferente, pero si todo fuera diferente, mi pequeña hoy no estaría aquí.
En mi pecho a veces se instala ese malestar de culpabilidad de aquella época, más cuando la encontraba tirada en una esquina de su habitación abrazada a sus piernas llorando.
Soy culpable de lo sucedido; aunque ella diga lo contrario, sé que lo soy.
Intento ser fuerte por ellas; me parte el alma cada vez que entra a mi habitación con la misma cara de terror.
Piensa que tiene que agradecerme muchas cosas; puede ser que algunas sean ciertas, pero no creo que tenga que estar agradecida con casi nada que tenga que ver conmigo.
Estoy cansado, no de ellas, sino de mí; no sé cómo callar en las noches a esa voz insoportable que me dice que estoy haciendo todo mal. Intento dar mi mejor versión porque se lo merecen.
Las promesas se cumplen y es lo que voy a hacer; prometí que las sacaría algún día de esta casa, estoy a nada de lograrlo, no me puedo rendir ahora que he llegado tan lejos.
Creía que querer quedarse era una decisión difícil, pero una vez que esa familia comienza a hablar de ti a tus espaldas, insultando al mejor regalo que te ha dado la vida, entiendes que ya has elegido sin saberlo.
Nunca en la vida me arrepentiría de elegir a Adara y Aurora porque son lo más hermoso que tengo; nunca las dejaría por nada en el mundo.
—¡Papi! —grita Aurora alargando la última vocal.
Paso mis manos por mi cabello para despeinarlo.
—¿Dime costalito?
Doy la vuelta para dejar de darle la espalda.
—¿Ya estás listo? —achina sus ojos sonriendo.
—Sí, mi costalito.
Esos ojos azules iguales que los míos me hipnotizan desde que nos dimos cuenta de que ese sería el color permanente de sus ojitos.
Aurora da medios giros, haciendo que su vestido blanco se abulte por el aire que entra al girar.
—Papi, papi, ¿puedes ir a buscar a mamá? —detiene sus giros para alzar la mirada.
Me acerco un poco más a ella doblando mis rodillas para que no alce tanto su cuello.
—Puedo irla a buscar, pero, ¿por qué no la buscas tú? —interrogó.
Presiona sus labios moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No te puedo decir, papá, voy a hacer algo importante, nos vemos después.
Con su risa, que es contagiosa, me deja solo en la habitación. Mi pequeña siempre me hace recordar a su madre cuando hace cosas así.
Adara siempre tenía cosas que hacer, muy pocas veces me decía qué había hecho, pero siempre que la queríamos encontrar, estaba en el jardín escondida pensando, dibujando, cantando o bailando, lo mismo que ahora hace nuestra hija.
No comprendo del todo por qué la mayoría de las personas dicen que Costalito se parece a mí, si lo único que tenemos en común son nuestros ojos, aunque antes de que ella naciera deseaba que sus ojos fueran marrones para tener una miniversión de su madre.
Muchas veces, para no decir casi siempre, entro a la habitación de Adara sin tocar antes, pero siempre intento que se percate antes de mi presencia para no asustarla.
Así que cuando no recibo respuesta de su parte al tocar la puerta, entro como si ya me dieran permiso para entrar. La veo perdida en sus pensamientos mirando a la nada desde su ventana.
Odio con toda mi alma verla así. Porque sé en qué está pensando y nunca es nada bueno.
—Adara —susurré despacio.
Sus hombros se tensan un momento, pero a los segundos se relajan y giran su cabeza encima de su hombro.
Aunque me mira, sé que no lo hace; no está en sus cinco sentidos en este momento. Lo único que me reconforta es que reconoció mi voz, lo que me da el permiso de acercarme sin que llegue a asustarse.
Cuanto más me acerco, la examino buscando cualquier cosa que me diga que me tengo que detener, pero sus ojos no se ven rojos por llorar como otras veces, solo está ida.
Vuelve a girar su cabeza para seguir viendo a la ventana; al estar a su espalda, paso uno de mis brazos hacia ella, esperando una reacción negativa de su parte. Al no ser rechazado, la envuelvo en un abrazo atrayéndola a mi pecho.