Nuestras noches en silencio

Prologo: Silencios que pesan

El segundero del reloj de pared parecía resonar con una fuerza ensordecedora, marcando el compás de una cuenta regresiva que nadie quería terminar. La mesa del comedor, usualmente un punto de encuentro y risas, se sentía ahora como un abismo insalvable que nos dividía.

Cenábamos en un mutismo sepulcral, roto únicamente por el tintineo metálico de los cubiertos chocando contra la porcelana. Frente a mí, Lyra jugando con la comida, manteniendo la mirada fija en su plato como si en él pudiera encontrar las respuestas al desastre que se nos venía encima.

Cuando la llave finalmente giró en la cerradura esa tarde, no hubo alivio en mi pecho; solo una punzada de ansiedad que me obligó a enderezar la espalda de golpe. Sabía lo que significaba ese sonido. Sabía lo que venía después. El crujido de la madera al abrirse dio paso a su silueta, arrastrando los pies, cargando un peso invisible que amenazaba con romperla en cualquier momento.

—Ya estoy aquí... —susurró ella, con una voz tan frágil y desprovista de vida que se me encogió el corazón.

No me miró. Dejó sus llaves sobre la mesa con un chasquido seco y caminó directo hacia el baño. Pocos segundos después, el eco del agua corriendo contra los azulejos llenó la casa, un sonido que se había convertido en nuestra dolorosa rutina de cada noche.

Mientras el agua caía, me quedé sentado en la penumbra de la sala, apretando los puños sobre mis rodillas. La impotencia era un nudo asfixiante en mi garganta. Yo era su esposo, el hombre que prometió cuidarla, y ahora mismo no era más que un espectador en su tormenta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.