—No es ningún asunto doméstico, Sr. Sterling —intervino Ren, manteniendo la voz firme y la mirada fija en el hombre—. Vine a asegurarme de que mi esposa regrese a casa a salvo. Ya es medianoche.
Sterling soltó una risa seca, despectiva, sin molestarse en mirar a Ren a los ojos.
—En esta firma no medimos el tiempo con el reloj, sino con los resultados —dijo, dirigiendo su atención exclusivamente a Lyra, cuyo rostro se había quedado completamente pálido—. Lyra, si tu... acompañante te distrae de tus obligaciones gerenciales, tal vez debamos reconsiderar si estás calificada para manejar la presión de Sterling & Co. El reporte de viabilidad tiene que estar en mi escritorio a primera hora de la mañana, o asumiré que no te interesa el puesto.
Dicho esto, el hombre dio media vuelta y regresó a su oficina, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el piso vacío.
El silencio que quedó fue sofocante. Lyra se llevó las manos a la cabeza, al borde de las lágrimas, fijando la vista en la pantalla que parpadeaba con filas interminables de datos financieros.
—Tengo que terminarlo —susurró con la voz quebrada—. Ren, por favor, vete. Si te quedas aquí solo vas a empeorar las cosas con él.
Ren sintió una mezcla de impotencia y rabia quemándole el pecho. Sabía que armar un escándalo ahí mismo solo perjudicará el empleo por el que su esposa tanto se había sacrificado. Con cuidado, se agachó a su altura, le quitó suavemente la pluma de las manos temblorosas y la obligó a mirarlo.
—No voy a dejarte sola. Si tienes que terminar esa basura para salvar tu puesto, lo vamos a hacer juntos. Pero en cuanto el sol salga, nos vamos de aquí.
Lyra asintió levemente, agotada, permitiendo que la presencia silenciosa y protectora de Ren fuera el único pilar que la mantuviera en pie durante el resto de la madrugada.