El motor del auto finalmente se apagó, dejando que el silencio de la madrugada envolviera el habitáculo. Eran casi las seis de la mañana cuando Ren estacionó frente a la casa. A su lado, Lyra permanecía con la mirada perdida en el tablero, con los ojos enrojecidos y la respiración lenta, como si el simple hecho de mantenerse despierta requiriera un esfuerzo sobrehumano.
El informe de viabilidad estaba terminado y enviado al correo de Sterling, pero el precio físico había sido alto.
—Llegamos, Lyra —dijo Ren con suavidad, rompiendo la quietud del auto.
Ella parpadeó despacio, arrastrando las palabras por el cansancio. —No sé cómo voy a enfrentar la junta de las diez, Ren... Siento que si cierro los ojos, no me voy a volver a levantar.
—No pienses en la junta todavía. Ahora tu única prioridad es descansar un par de horas —respondió él, bajándose del auto para rodearlo y abrirle la puerta.
Al cruzar la puerta de la casa, el ambiente familiar y cálido los recibió, marcando una distancia abismal con las frías luces de Sterling & Co. Lyra caminó como una autómata hacia la cocina, arrastrando los pies, con la clara intención de prepararse un café cargado para forzar a su cuerpo a seguir funcionando. Sin embargo, sus manos temblaron tanto al sostener la cafetera que casi la deja caer.
Antes de que el metal tocara el suelo, una mano firme y cálida se interpuso. Ren tomó la cafetera con suavidad, apartándola, y usó su otra mano para sostener los hombros de Lyra, obligándola a detenerse.
—Dije que no, Lyra. Ya basta por hoy.