La mañana del sábado avanzaba con una pereza inusual. Aunque Lyra había logrado recuperar algo de energía, Ren notaba que sus ojos seguían desviándose con ansiedad hacia el teléfono de la empresa, como si esperara que una bomba estallara en cualquier momento. La sombra de la oficina seguía flotando sobre ellos, espesa y asfixiante.
A eso de la una de la tarde, Ren entró a la habitación con una determinación inquebrantable en la mirada. Llevaba las llaves del auto en la mano y una de sus chaquetas favoritas.
—Cámbiate de ropa, Lyra. Vamos a salir.
Ella parpadeó, sorprendida por la firmeza de su tono.
—¿Salir? Ren, no puedo... Tengo que dejar listo el borrador del presupuesto por si acaso, y si Sterling escribe—
—No me importa Sterling —la interrumpió él con suavidad, pero con una autoridad que no admitía réplicas—. Hoy no hay presupuestos, no hay correos y no hay oficina. Nos vamos a esa pequeña cafetería del centro que tanto te gusta. Solo tú y yo. Es una exigencia, no una pregunta.
Lyra se quedó muda, mirando a su esposo. Por lo general, Ren era el epítome de la paciencia y la tranquilidad, pero ver esa faceta tan decidida y posesiva con su tiempo a solas provocó un vuelco en su estómago. No era un reclamo; era un salvavidas.
Tras unos segundos de duda, la resistencia de Lyra se desmoronó por completo. Una pequeña sonrisa, la primera en días, asomó en la comisura de sus labios.
—Está bien —cedió ella, levantándose de la cama—. Dame diez minutos.
Ren asintió, viéndola caminar hacia el armario. La batalla contra la rutina y el abuso laboral apenas comenzaba, pero esa tarde, el territorio les pertenecía a ellos.