Nuestras noches en silencio

Capítulo 4: Desconexión (Parte 1)

La penumbra de la noche comenzó a tragarse el paisaje del Lago de Yojoa con una lentitud casi mística. Desde el asiento del copiloto, contemplé cómo las aguas, que horas antes brillaban con un gris pacífico, se transformaban en un espejo oscuro y profundo, salpicado únicamente por los reflejos distantes de las luces de los restaurantes en la orilla. El viento que entraba por la rendija de la ventana ya no era el vaho sofocante e implacable de San Pedro Sula; era un aire frío, montañoso, que me erizaba la piel de los brazos pero que, al mismo tiempo, me limpiaba por dentro.

Giré la cabeza ligeramente para observar a Ren. El perfil de su rostro estaba iluminado por el tenue resplandor del tablero del carro. Se le veía más relajado; la tensión rígida que siempre cargaba en la mandíbula desde que comenzó su calvario con el desempleo parecía haberse disipado un poco bajo el influjo de la naturaleza y el pescado frito que habíamos compartido. Verlo así, manejando en silencio pero con una sutil paz en los ojos, me generó un vuelco de ternura en el pecho.

Mi mente, por primera vez en meses, voló lejos de las facturas, del ruido del bulevar y de las llamadas insistentes. Pensé en mi bolso, donde el teléfono celular descansaba completamente apagado. Sabía que haber ignorado al Sr. Sterling tendría un costo altísimo el lunes por la mañana; probablemente me esperaría una reprimenda monumental o, en el peor de los casos, el despido. Sin embargo, al mirar la mano de Ren sobre la palanca de cambios, me di cuenta de que no me importaba. Él había estado dispuesto a sangrar en su orgullo por mí, y yo acababa de rebelarme contra mi mayor fuente de ansiedad por él.

Una idea comenzó a gestarse en mi mente, una punzada de deseo y gratitud que me encendió las mejillas en la oscuridad. Quería recompensarlo. Quería demostrarle que, a pesar de las camas frías y los silencios sepulcrales que habían arrastrado nuestro matrimonio al borde del abismo, yo seguía siendo su esposa. Seguía amándolo. Esta noche, en el hotel, quería borrar con mi piel cada una de las dudas que el desempleo le había sembrado en la cabeza. Quería que volviéramos a ser los jóvenes que se entregaban sin pensar en el mañana, antes de que el mundo adulto nos llenara de cicatrices.

Ren desvió el vehículo de la carretera principal, adentrándose en el estacionamiento del Hotel La Naturaleza. El lugar nos recibió envuelto en una sinfonía de grillos y el crujir de las hojas bajo las llantas. Las cabañas y habitaciones, rodeadas de una densa vegetación que cobraba formas misteriosas bajo la luz de los faroles, prometían el escondite perfecto para nuestra escapada.

—Llegamos —dijo Ren, apagando el motor y dedicándome una sonrisa suave—. Mañana podemos levantarnos temprano para ir a las Cuevas de Taulabé antes de emprender el regreso. ¿Te parece bien, mi amor?

—Me parece perfecto —respondí, forzando una voz clara que ocultara el acelerado ritmo de mi corazón, que ya latía con una anticipación puramente íntima.

Caminamos abrazados hacia la recepción y, tras un breve trámite, nos entregaron la llave de nuestra habitación. Mientras avanzábamos por los senderos iluminados del hotel, el aire de la noche se sentía denso, cargado con la promesa de algo que desesperadamente necesitábamos recuperar. Ren abrió la puerta de la habitación y se hizo a un lado para dejarme pasar. Al cruzar el umbral y escuchar el eco del pestillo cerrándose a nuestras espaldas, me giré hacia él, decidida a dejar los miedos en el suelo junto con nuestras maletas.




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