El interior de la habitación del Hotel La Naturaleza se sentía cálido, iluminado apenas por la luz tenue de las lámparas de noche. El sonido sutil de los grillos y el viento entre los árboles se filtraba por las rendijas, creando una atmósfera perfecta, casi idílica. Dejé mi bolso sobre la mesa de madera y me giré para mirar a Ren. Él ya se había quitado los zapatos y me observaba con una mezcla de cansancio y una timidez que me partió el alma. Parecía un niño esperando permiso para estar seguro en su propio espacio.
Me acerqué a él lentamente, decidida a cumplir la promesa silenciosa que me había hecho en el carro. Me senté a su lado en el borde de la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo nuestro peso. Sin decir una palabra, levanté las manos y acaricié sus mejillas. Su barba de un par de días raspaba mis palmas, un recordatorio físico de su realidad, de su presencia. Ren cerró los ojos, inclinándose hacia mi toque con un suspiro tembloroso que delataba cuánta falta le hacía una muestra de afecto genuina.
—Te extrañaba tanto —murmuré, acercándome hasta que nuestras frentes se tocaron.
—Y yo a ti, Lyra. No tienes idea de cuánto —respondió, y sus manos viajaron tímidas hacia mi cintura.
Mi mente dio la orden de avanzar. "Es ahora", me dije. Quería besarlo con la misma pasión de nuestros primeros años, quería que hiciéramos el amor y borrar el fantasma del desempleo, del Sr. Sterling y del maldito dinero. Ren captó la señal y me besó. Fue un beso suave al principio, que luego buscó una urgencia desesperada por recuperar el tiempo perdido. Sus manos subieron por mi espalda, delineando mis hombros, y se posicionó suavemente sobre mí en la cama.
Y justo ahí, en el momento en que la pasión debía tomar el control, ocurrió la catástrofe.
Fue como si una descarga de agua congelada me recorriera la espina dorsal. En el segundo en que el peso de su cuerpo presionó el mío, mi mente se disoció por completo. De repente, ya no estaba en el Hotel La Naturaleza. Mi cerebro, saboteado por meses de estrés crónico y ansiedad acumulada en San Pedro Sula, interpretó la cercanía y la intensidad no como amor, sino como una amenaza. La imagen del mensaje del Sr. Sterling parpadeó en mi mente. El pánico de perder el empleo, el peso de las cuentas de la ENEE, el miedo al lunes... todo cayó sobre mí como un derrumbe.
Intenté luchar. "Por favor, reacciona", le rogué a mi propio cuerpo. Quería sentir el calor de Ren, quería derretirme en sus brazos. Pero mis músculos no obedecieron. Mis hombros se tensaron, volviéndose rígidos como el mármol; mis manos, en lugar de atraerlo, se apoyaron firmes en su pecho, creando una distancia instintiva. Mi respiración se volvió corta, errática, atrapada en la garganta.
Ren, con esa sensibilidad que siempre lo había caracterizado, se detuvo de inmediato. Separó sus labios de los míos y me miró a los ojos. En la penumbra de la habitación, vi cómo la confusión en su rostro se transformaba rápidamente en una dolorosa realización. Pensó que lo estaba rechazando a él. Pensó que el asco o la apatía me gobernaban.
—¿Lyra? ¿Estás bien? —preguntó, y su voz sonó tan pequeña que me rompió el corazón.
—Yo... lo siento, Ren. De verdad lo siento —las lágrimas que había estado reteniendo finalmente desbordaron mis ojos, empapando mis sienes—. Mi mente quiere, te lo juro que quiere... pero no puedo. Me siento congelada. No eres tú, es solo que... no puedo apagar la cabeza.
Ren se apartó despacio, sentándose en el lado opuesto de la cama. El silencio que se instaló entre nosotros ya no era el de la complicidad del lago; era un silencio pesado, frustrante y profundamente triste. Él no se enojó, simplemente bajó la mirada, cargando con la culpa equivocada de un fracaso que era enteramente de mi cuerpo marchito. Nos acostamos dándonos la espalda, separados por un abismo invisible, esperando que la noche se tragara nuestra impotencia antes de que amaneciera el domingo.