El amanecer del domingo en el Hotel La Naturaleza no trajo el alivio que esperábamos. El desayuno transcurrió entre murmullos apagados y sonrisas forzadas que intentaban camuflar la herida abierta de la noche anterior. La frustración flotaba en el aire; esa dolorosa "desconexión" entre lo que sentíamos y lo que nuestros cuerpos manifestaban nos había dejado exhaustos. Guardamos las maletas en el carro en silencio y pagamos la cuenta, listos para encarar la última parada de nuestra fallida escapada antes de regresar a la realidad de San Pedro Sula.
Condujimos unos minutos hacia el sur hasta llegar a nuestro destino: Las Cuevas de Taulabé. El día estaba nublado, y el aire fresco de la zona central de Honduras chocaba contra nuestros rostros mientras caminábamos hacia la entrada de la formación rocosa. Pensé que adentrarnos en un destino turístico nos distraería, pero la geografía del lugar terminó convirtiéndose en un espejo cruel de nuestro propio matrimonio.
Al cruzar la entrada y descender por los senderos acondicionados, la luz del sol desapareció por completo, sustituida por la iluminación artificial instalada a lo largo del recorrido. Caminar bajo la tierra, rodeados por imponentes estalactitas y estalagmitas que habían tardado miles de años en formarse a base de goteos lentos y constantes, se sentía extrañamente familiar. Las cuevas eran hermosas, imponentes, pero también eran oscuras, frías y confinadas.
—Mira esa formación de allá —señaló Ren con voz baja, intentando romper la pesadez del ambiente—. Parece un ala de ángel.
—Sí, es impresionante —respondí, intentando sonar entusiasta.
Le tendí la mano y él la tomó, pero el contacto se sintió distante, desprovisto de la electricidad del día anterior en el Lago de Yojoa. Mientras caminábamos más profundo en la penumbra de la cueva, no pude evitar el monólogo interno: nuestro matrimonio se había convertido en eso. Una estructura subterránea, fría, donde las deudas, el desempleo de Ren y mi propio agotamiento se habían ido acumulando gota a gota, año tras año, hasta petrificarse en barreras de piedra insalvables. Estábamos atrapados en la oscuridad de nuestras propias inseguridades, buscando desesperadamente una salida hacia la superficie.
Pasamos cerca de una hora recorriendo los pasajes de piedra, escuchando el eco de nuestros propios pasos y el goteo constante del agua filtrándose desde la superficie. El aire húmedo y denso dentro de la cueva me oprimía el pecho de la misma forma en que lo hacía la oficina del Sr. Sterling. La iluminación artificial de la cueva me recordaba a los fríos fluorescentes de mi cubículo, recordándome a cada segundo el teléfono apagado que guardaba en el bolso. El Sr. Sterling, la oficina, la amenaza del desempleo... todo seguía allí afuera, esperando pacientemente a que saliéramos de la tierra.
Cuando finalmente regresamos a la boca de la cueva y la luz natural del día nos cegó momentáneamente, ambos respiramos hondo. Habíamos terminado el recorrido, pero el peso emocional seguía intacto.
Ren caminó hacia el vehículo y abrió la puerta del copiloto para mí, dedicándome una mirada cargada de una madurez triste pero comprensiva.
—Es hora de volver a San Pedro —dijo, con una media sonrisa que intentaba transmitir consuelo.
Asentí, subiendo al auto. Mientras Ren encendía el motor y enfilaba el rumbo de regreso hacia el norte, por la carretera CA-5, supe que el viaje de paz había terminado. La desconexión seguía allí, sin resolverse, y mañana el lunes caería sobre nosotros con toda su furia laboral. Sin embargo, al mirar de reojo a mi esposo concentrado en el volante, me prometí a mí misma que, aunque tuviéramos que atravesar la noche más oscura en San Pedro Sula, no dejaría de luchar por romper la piedra que nos separaba y encontrar la corriente que nos devolviera la luz.